Édgar Fernández

La vida es una jodida broma

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A mis hermanos muertos en la playa

En noviembre se cumplen dos años de la muerte de mis amigos. Hoy, intentaba hallar entre los documentos perdidos el diploma que me dio la Universidad del Estado de México por mi ponencia “La inmortalidad en Jorge Luis Borges”. Todo hallé, desde las cartas de Aleyda, hasta los análisis clínicos que me hice el verano pasado. En todo momento hay que andar rascando como gusanos en el polvo, siempre en busca de algo. En el camino de mi desesperada expedición, encontré un sobre de papel reciclado que decía con letra muy pequeña “después de todo, la vida es una jodida broma”… me llenó de rabia encontrarlo ahí donde el papel está fuera de la memoria, a un paso de ser basura.

19/11/99 Carta para el Cartas o Despedida ultracostumbrista:

En la arena nunca quedarán los restos de la sangre. Lo haré por ustedes, los libraré de la costumbre. Ya sabes, viví en casas encimadas del norte por más de quince años y mi padre siempre me dijo que era igual de puto que mi abuelo, tú sabes que siempre lo fui. Su único argumento para llamarme de ese modo era mi afición por verme en los espejos. Él no comprendía nada; yo sólo quería encontrar mi belleza, algo que me diera vida. En ese caso, mi madre era más puta que yo; no era aficionada a los espejos, pero a los hombres sí. Todo esto era una jodida broma, yo sólo me miraba en los espejos y ella sí que era una puta que se arrastraba con todo y velo de buena cristiana.

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Lo haré por ustedes, sólo por ustedes, siempre hace falta algo para hacer que todo vibre. Algún día tendremos que dejar de ser los gusanos que escarbamos en el polvo. Escribí una noveleta sobre mi viaje a un pueblo de Hidalgo. Dicen que estoy atormentado desde que aquel señor de bata oriental me obligó a desnudarme en su recámara; quizá era muy niño para darme cuenta del daño. Escribo y escribo y mi cuerpo cada día es más débil. Los poetas de la ciudad me llaman ultracostumbrista. ¿Qué es eso? Ellos dicen que mis cuentos y novelas tienen el mismo propósito de Fernández de Lizardi, nunca pensé que me pudieran comparar con él; pero bueno, ellos son los poetas. Mi paisaje es dislocado, una nueva lógica de la naturaleza está llenando mis hojas. Yo sólo escribo.

La semana pasada conocí al abuelo; éste es un hombre que cumplió cincuenta años de andar en las danzoneadas; yo aproveché la oportunidad para tomarme varias fotos con él, algún día me sentiré orgulloso de tener esa foto, ya verás. Su esposa era igual a Tongolele, toda vestida con traje de fantasía y un mechón blanco en la cabeza. Me platicó que se había casado a los doce años, que su hijo más grande tenía cincuenta y que uno de sus nietos se parecía mucho a mí.

Tengo suerte de estar solo, sé que necesito a la gente, pero nunca más allá, nunca dentro de mi vida. En poco tiempo acabaré la carrera, pero lo acepto, estoy deprimido desde que regresamos del viaje?a La Habana. Oye, todo lo que me platicaste fue mentira. ¿Dónde está todo lo que se dice de la isla? La revolución se está yendo por la nariz de Pedrito, ese yonki comunista de La Habana del Este que me presentaste, y que según se había quedado en la Isla por amor a ella. Ahora sólo respira polvo blanco, pero lo entiendo, aquí también se usa para sobrevivir.

Te escribo para despedirme: me voy a la playa; sólo quiero pedirte un favor: préstame algo de dinero, llevo lo necesario para sobrevivir, pero no tengo ni un solo peso para regresar; lo que puedas prestarme, en verdad, te lo devolveré con mucho agradecimiento. ¿Ya sabes cuál es el número de mi cuenta?

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Me enteré de que te vas a Toluca, ¿cómo puedes cambiar el paraíso del Pacífico por esa ciudad de nieve? Ya te imagino sentado en la sala de conferencias de la Universidad del Estado de México, oyendo alguna frustrada idea sobre la literatura latinoamericana: bla, bla, bla. ¿Crees que algún día tendremos literatura? Me dijeron por ahí que llevas una ponencia sobre la inmortalidad en Jorge Luis Borges. La inmortalidad es un buen tema. Ojalá te puedas tomar algunas fotos, siempre es bueno tener recuerdos, dicen que las personas nunca mueren cuando alguien les roba un instante de vida con la cámara.

Me llevo a Domingo, él sí sabe vivir, nos vamos a la playa, ya no queremos saber nada de nada. Mi número de cuenta es la 6064786601, no se te vaya a olvidar. ¿Oye, cuánto tiempo durará la huella de sangre en la arena?

Atte. Ulises, el Chico de Guanabacoa

P.D. Dice Domingo que te cuides de las hemorroides que causan las bancas universitarias.

La carta sembró en mí una terrible amargura. ¿Cómo me había llegado? ¿Y cómo es posible que casi dos años después la encontrara? El dinero nunca lo envié. Ellos murieron el veinte de noviembre de 1999. Nadie sabe lo que pasó, simplemente se fueron y sus cuerpos aparecieron una semana después flotando sobre el mar del pacífico.

En los primeros días de su desaparición, la mayoría de los amigos suponían que estarían recorriendo el sureste con algunas mujeres extranjeras. Los papás de mis amigos eran los únicos que estaban preocupados. Me hablaban dos veces al día para saber si se habían comunicado conmigo, pero nada, permanecían en silencio.

Ismael y yo tomábamos café todas las tardes, nos hacíamos preguntas sobre esos dos locos: ¿En dónde se habrán metido? Ismael hizo una broma: “mira, a mí no me importa dónde puedan estar esos dos cabrones, y menos si están vivos o muertos; que me regresen mi cámara que me pidieron prestada y ya”. Reímos durante varios minutos, queríamos olvidar nuestra preocupación.

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Pasaban los días, y la gente no hallaba bromas ni pretextos para cubrir la angustia. Ahí fue donde la creatividad de los estudiantes se hizo presente, con las tesis sesudas sobre la desaparición: a) seguro se fueron de autostop por algunas carreteras angostas del país; b) ay no, lo más seguro es que hayan vendido su cuerpo a la esposa del gobernador; c) cómo creen, a mí se me hace que fue el cansancio de la cotidianidad, simplemente huyeron de todos sin avisarle a nadie.

El papá de Domingo me habló muy desesperado: “me voy a buscarlos a la playa esa donde fueron”. El señor salió de madrugada en su camioneta Nissan blanca de doble cabina, dejando tres espacios, con la esperanza de encontrar a su hijo, a su amigo, y a otro posible.

La noticia no tardó en llegar. No recuerdo qué libro estaba leyendo cuando sonó el teléfono: “Ya los encontraron, están muertos”. Algo me hacía suponer que ya lo estaban desde días atrás. Pero cuando esa voz me lo comunicó, corrí a los brazos de mi madre y lloré. Me acordé de la broma que me había hecho Rodrigo un día antes, haciendo una paráfrasis del chiste más absurdo que hacía Ulises: “¿Qué le dijo Lucía Méndez a Verónica Castro?, pues nada, porque no se hablan”. Sólo él se reía de tan soberana estupidez. Desde su celular Rodrigo inventó la segunda parte: “¿Qué le dijo el Chico de Guanabacoa al Cartas?, pues nada, porque ya está muerto”.

Después de dar el pésame a los familiares, todos los amigos fuimos al café de la plaza victoria. Fumamos y bebimos café hasta la medianoche.

Entre los amigos ya nadie se soportaba, estábamos hartos los unos de los otros. Las pláticas de los autores de fin de siglo, que antes eran nuestra gran pasión, estaban convertidas en trinchera de lamentaciones y reclamos. Me quedé solo. Ismael huyó a los Estados Unidos dejando la carrera en Leyes inconclusa, Rafael se enamoró y, aunque estudiábamos en edificios contiguos y vivíamos a unas cuantas calles, muy pocas veces lo veía. Israel se fue al Distrito Federal a estudiar algunos seminarios sobre ingeniería en audio, y yo estaba solo, platicando con los fantasmas en la meza de la plaza victoria.

Comencé a escribir y me hice novio de Aleyda. Me miraba a los ojos mientras la tierra caía sobre el féretro del chico de Guanabacoa. ¿Algún día dejaremos de rascar en el polvo?como gusanos? El papá de Domingo me hablaba a la casa para que me animara a escribir algo sobre su hijo. Yo le decía que sí, pero le intentaba explicar que ese no era un buen momento para hacerlo. Para escribir algo sobre los muertos había que extrañarlos.

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No quería pensar en el suicidio, ni en el asesinato. Sus cuerpos, después de estar toda una semana navegando como maderos en el mar, habían hecho que todas las pruebas se disolvieran. El padre los reconoció porque Domingo se había roto, durante su adolescencia, la muñeca, y al Chico de Guanabacoa, por sus pelos en el pecho, pero nada más. Todo es- taba velado.

La vida me comenzaba a tratar un poco bien. Conseguí un trabajo mediano impartiendo algunas clases en una preparatoria; aproveché el momento para salir de mi casa a la se- mana siguiente. Compartí el departamento con un francés llamado Jean. Era el clásico europeo que se creía con la calidad moral de hacerles ver los errores a los ciudadanos tercermundistas. Hablaba perfectamente el español y platicábamos horas enteras sobre el movimiento zapatista. En la cocina se hallaba un mapa enorme de la República Mexicana, y con tachuelas él iba marcando los puntos ya conocidos. Nunca le había puesto mucha atención. Un día me paré con la cabeza hecha bomba por las cervezas de una noche antes. Preparé un café y veía el enorme mapa. El francés conocía más lugares que yo, y eso que tengo más de veinte años de ser mexicano. Una tachuela amarilla señalaba las playas del pacífico, en especial las que se encuentran en el estado de Oaxaca. Jean llegó con una bolsa de pan dulce y pregunté:

—¿Ya recorriste todo el Pacífico, Jean?

—Sí, la mayoría ¿Por qué?

??—Por nada. ¿Y zipolite?

—Sí, estuve más de un mes por ahí.

—Allí murieron unos amigos.

—¿Cuándo?

—En noviembre.

—¿Eran tus amigos? Sí, escuché algo sobre la muerte de unos muchachos.

—¿Sabes algo?

—Sólo que los habían matado a puñaladas.

Una jodida broma, repetía. ¿Por qué habrá titulado así la carta? En buena hora decidió hacer de las letras símbolos. Nunca supe responder la pregunta sobre la presencia de la sangre en la arena. Casi dos años después miro la pequeña letra de mi amigo y quiero pensar que todo está bajo el polvo.

No guardo ninguna fotografía de mis amigos; ellos están muertos, creo que siempre lo estuvieron. Mientras tanto, sigo buscando mi diploma, el que me dieron por hablar sobre la inmortalidad en Borges.