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Una pequeña mordida, cuento cemitero de Daniel Mocencahua

A veces los citaba en la biblioteca, pero en otras ocasiones aprovechaba la hora y usaba una mesa en la cafetería para recibir a uno o dos alumnos y desayunar antes, o después si es que no le arruinaban el apetito. Sobre todo, cuando era un estudiante que daba mucha lata. Como Juan, que ahora mismo llegaba para revisar su examen final. Era de esos tipos que, aunque tuviera diez empezaba a envolverte para que le subieras a once, aunque fuera imposible. Como la vez que no había entregado todas las tareas y la nota apenas rozaba el aprobatorio. Y estaba seguro de que había hecho trampa de algún modo, pero no logró encontrar el truco. Inclusive le quitó el celular durante el examen final.

Por eso era importante que el encuentro fuera en la cafetería, para que hubiera gente: testigos por si el muchacho quería hacer alguna cosa.

—¡Buenos días maestro Gerardo!, digo, doctor Gerardo— A Gerardo el tono le sonaba un poco a burla, pero era tan disimulada que no podía decir nada.

Contestó el saludo y sacó el examen para que el chico lo revisara.

No logra el diez como siempre quiere, pero no deja de buscar una negociación, algo que Gerardo ha visto durante años en su actividad de profesor. Y Juan también tiene bastante carrera en esto de negociar con los maestros.

—Está bien — dice Juan, aceptaré la nota aprobatoria

—Eso suena como si me hicieras un favor

—No, maestro, digo, doctor. No se crea. Pero ya sabe que unas décimas me ayudarían en mi promedio.

Sonriendo y sin empacho puso una bolsa en la mesa.

—Y para que vea lo bien que me cae le voy a convidar una de las cemitas que me hizo mi abuelita para comer hoy.

Gerardo tiene poco de haber venido a Puebla, consiguió trabajo en esta universidad y la verdad es que la comida es una de sus debilidades. Ha comido tacos árabes, pero la han recomendado que coma las cemitas del Carmen y es uno de sus pendientes. Sin embargo, no está seguro de aceptar la ofrenda de paz.