Asesinos

Luis Reséndiz nos recomienda Mindhunter

Siempre es un placer escuchar las recomendaciones de Luis Reséndiz. En su columna de esta semana en #DeEsoSeTrata nos recomendó Mindhunter una serie que no me dejó dormir este fin de semana. ¿Por qué nos gustan tanto las series de asesinos? No lo sé, pero si ustedes quieran pasar horas y horas viendo una buena historia, pues denle play a esta.  Dale click a la imagen y escucha el podcast en donde Luis nos hace la recomendación.

 

 

Cazadora Verde

muertem

El tipo me encanta, son de esos hombres tan enfermos que desde la primera palabra que escuchas su locura te penetra. Esa es la palabra precisa: “penetra” -me decía mientras la atacaba una especie de orgasmo. Y hoy te puedo decir que estoy llena de su locura -concluyó.
La escuché detenidamente mientras observaba el reloj del celular. Me ponía de malas perder tanto tiempo en la crónica de mi amiga como si no tuviera pendientes.
Ella seguía en el éxtasis. Los ojos se le iban para atrás cuando me explicaba la función de cada uno de los fármacos que el tipo se metía. La morbosidad es algo que nunca he podido evitar, así que permanecí en punto muerto, escuchando y fumando.
A pesar de saber vida y obra del santo en cuestión, no podía imaginármelo. Por un momento lo prefiguraba al estilo de Carlos Monsiváis. No sé, siempre que escuchaba la palabra loco lo primero que se me venía a la mente era la cara de Monsiváis vestido de Santa Clos todo ebrio como en la película de los Caifanes, pero después algo sucedía con la imagen, simplemente, se evaporaba.
Llegamos a la media noche. Prendí el último cigarro y me despedí. Ella se quedó con ganas. Después de media noche las reglas siempre cambian. Intentó persuadirme para que iniciáramos las rondas pero me negué tajantemente. Ya había aprendido lo suficiente sobre las consecuencias de siempre decir que sí.
Acostumbraba regresar a la casa caminando, sin importarme que estuvieran aquellos por ahí. Y mientras caminaba no dejaba de pensar en la emoción que experimentaba mi amiga por aquel loco. ¿Yo había sido capaz de provocar algo así en alguna mujer? Sinceramente, no lo creo.
Durante todo el trayecto hacia mi casa sentí que alguien me seguía. Nunca había experimentado esa sensación pero a partir de esa noche se hizo cotidiana. Volteaba a cada instante y nada. Seguramente el loco de mi amiga ya estaba haciendo lo suyo en mi cerebro.
Despertar a las cuatro de la mañana es un martirio. Y la cosa pinta peor cuando hay que trabajar en el rastro donde diariamente mato cincuenta reces. En el lugar se matan más, pero esas son las que me tocan por día. Yo sólo las mato, ni las pelo, ni hago la carne. No soy carnicero, sólo las mato. Utilizo un método distinto para cada día de la semana y así llevo a penas tres años. Dicen que estos animales sienten lo mismo que un ser humano cuando son atacados. Tienen sistema nervioso y sufren cuando les encajas el cuchillo en la yugular, cuando los inyectas, cuando los dejas nadar un rato y les arrojas los cables pelones de la luz hasta que dejan de retorcerse. Yo por eso las miro de frente. No hay nada peor que tu asesino no te de la cara. Los he visto, muchos se las dan de buenos matarifes y cuando disparan voltean a ver el cielo para ver si Dios los perdona. Yo por eso los miro a los ojos.
Todas las tardes iba al Chedraui a comprar algo para la comida del día. Nunca pude acostumbrarme a comprar el mandado por semana. Ir a los supermercados era una especie de terapia que invariablemente me servía para despejar la sangre que veía por la madrugada mientras mataba las reces.
Ahí fue donde lo vi por primera vez. Un tipo larguirucho con una mata que le llegaba a las nalgas, lentes circulares, enormes y pasados de moda. A pesar de estar en primavera el tipo venía con un suéter de rombos negros y amarillos, cazadora verde y con una mochila pequeña sobre la espalda que le hacía verse más allá de lo ridículo. Me preguntaba si un tipo como ese podría ser el amado de mi amiga.
Lo seguí a discreción. Fue a la sección de orgánicos. Ahí se tardó cuarenta minutos escogiendo sus verduras. Su facha lo delataba, era otro vegetariano enfermo que pensaba en hacerle un poco de bien al miserable planeta. No compró más, sólo vegetales.
El tipo pagó con monedas. Fue contando una a una hasta lograr reunir la cantidad para pagar. Metió todo a su mochila sin usar una sola bolsa de plástico. Clásico. No era la primera vez que veía algo así.
Lo que sí no fue muy normal es que el tipo caminó directamente al Mc Donalds. Sin pedir nada se sentó en una de las mesas que daban hacia los juegos de los niños. Ahí sacó una zanahoria y comenzó a morderla. Los guardias intentaron sacarlo, pero él se resistió. No supe qué fue lo que les dijo pero ellos se retiraron tranquilamente. De su mochila sacó una libreta donde empezó a hacer unos dibujos. Sólo estuvo una media hora. Después se fue caminando.
Durante una semana continué siguiendo al tipo raro y nunca cambió en nada su cotidianidad. Siempre llegaba a la misma hora al Chedraui, escogía sus verduras y después iba al Mc Donalds a comer su zanahoria. Lo único que cambió es que los guardias del lugar se acercaban a saludarlo cada día con mayor familiaridad.
Quise buscar a mi amiga para comentarle sobre el tipo raro. Seguramente ella se enamoraría inmediatamente y hasta iría por él al Mc Donalds para llevarlo a su casa y mantenerlo por seis meses con tal de que la embarrara un poco de su locura.
Al llegar a su trabajo, me dijeron que tenía una semana sin presentarse. Sus compañeros me pidieron, en el caso de verla, que se reportara de inmediato porque estaban a punto de suspender su paga y después darían de baja su contrato. Eso sí me sorprendió, mi amiga era capaz de todo menos de abandonar su trabajo. La lista de locos era larga.
Durante los siguientes días continué con la sensación de que alguien me seguía, sobre todo en las madrugadas cuando me iba al trabajo. Y aún estando ahí, mientras mataba a las reces, sentía la mirada quemante de alguien observándome.
Esa tarde estaba decidido a cruzar palabra con el loco del Mc Donalds. Le diría que su cazadora verde ya es muy vieja y que le presentaría a una amiga que lo amaría por siempre. No sé qué pueda pensar un loco de una propuesta así, quizá sólo sonría y me deje hablando en el camino, quizá hunda su puñal en mi cuerpo. Todos los locos saben en qué momento sacarlo y despachar al de enfrente.
Caminé directo al Chedraui, a la sección de las verduras. Miré mi reloj y era la hora exacta en la que el tipo siempre estaba ahí. No es la primera vez que me pasa cuando sigo a un loco de este tipo. Siempre que fallaban a su cotidianidad era la señal de que algo tenía que pasar. Era cosa de tiempo.
Lo intenté buscar en el Mac Donalds, pero en su lugar vi a mi amiga con un semblante de no haber dormido en días, con el cabello lleno de grasa y con la cazadora verde. Apenas podía sostener el vaso de café.
Pasé frente a ella pero su mirada estaba clavada en el vaso como si todo el bullicio no existiera. En ese momento me sentí enfurecido, no podía ser que alguien se me hubiera adelantado. ¿Quién presentó a mi amiga con ese orate antes que yo?
Me senté en una mesa exactamente atrás de ella. Miraba a los niños jugar dentro de la alberca de pelotas de colores. Pero de un momento a otro esos niños que parecían estar en el éxtasis de la felicidad comenzaron a llorar intentando salir corriendo de la alberca como si hubieran visto al demonio. Los papás no entendían qué era lo que estaba pasando. Los guardias acudieron inmediatamente. Ayudaron a todos los niños a salir hasta que uno de ellos confesó haber visto la cabeza de un hombre debajo de la alberca. Los policías dudaron en ir, pero no tuvieron de otra. Después salió otro niño de apenas cuatro años, seguramente los demás edad le habían impedido salir con tanto alboroto. Sin embargo, el niño estaba tranquilo. Sus padres fueron hacia él, notando que en la bolsa de la sudadera se marcaba una mancha de sangre. El papá lo revisó inmediatamente sacando de la pequeña bolsa un pedazo de zanahoria y el dedo anular que obviamente lucía un anillo que yo había visto en otra mano. Y el pánico se desató.
Los guardias no tuvieron de otra. Con sus obesos cuerpos se metieron a la alberca hasta llegar al fondo. Todavía mucha gente estaba ahí, esperando a que aparecieran las demás partes del loco. Estaban a la espera de la imagen final.
Mi amiga no dejaba de observar su café. Y la imagen llegó. El policía más gordo salió como pudo de la alberca, sosteniendo la cabeza del loco. Toda la gente comenzó a gritar. Mi amiga alzó la mirada y sonrió. Tapó su café y lo intentó meter a una de las bolsas de la cazadora.
Fue hacia mí:
-Vamos, te invito un café en mi departamento.
Nunca he negado la invitación de una amiga. Le dije que se veía muy mal con esa cazadora verde. Caminamos hacia el departamento comiendo una zanahoria. Antes me confesó que se moría de ganas por ver en llamas el Mac Donalds. Yo le respondí que eso lo dejara para un loco, que no era conveniente que tuviera esos pensamientos tan de mal gusto.