No me canso. Aún sigo trabajando mi libro sobre las novelas del 68. Estoy estacionado desde hace meses en la sección de José Agustín. Quiero hacer un análisis sobre su novela Arma Blanca y de paso de algunas de sus novelas escritas en los 70 bajo la perspectiva de lo político. Hice unas notas, escribo sobre los contextos, discursos ocultos y públicos, pero me hacía falta un acercamiento sobre lo político. Así que le hablé a Israel Covarrubias y de inmediato me recomendó a Pierre Rosanvallon. Y vaya sorpresa, como anillo al dedo. Así que les comparto mis subrayados y un video que me encontré por ahí. ¡Provecho!

Libro: Rosanvallon, Pierre. Por una historia conceptual de lo político. Buenos Aires. FCE. 2003. FCE. Impreso.

ISBN: 950-557-545-9

Lo político, tal como lo entiendo, corresponde a la vez a un campo y a un trabajo. Como campo, designa un lugar donde se entrelazan los múltiples hilos de la vida de los hombres y las mujeres, aquello que brinda un marco tanto a sus discursos como a sus acciones. Remite al hecho de la existencia de una “sociedad” que aparece ante los ojos de sus miembros formando una totalidad provista de sentido. (15-16)

Al hablar sustantivamente de lo político, califico también de esta manera a una modalidad de existencia de la vida comunitaria y a una forma de la acción colectiva que se diferencia implícitamente del ejercicio de la política. Referirse a lo político y no a la política es hablar del poder y de la ley, del Estado y de la nación, de la igualdad y de la justicia, de la identidad y de la diferencia, de la ciudadanía y de la civilidad, en suma, de todo aquello que constituye a la polis más allá del campo inmediato de la competencia partidaria por el ejercicio del poder, de la acción gubernamental del día a día y de la vida ordinaria de las instituciones. ( 19-20)

El pueblo es un amo indisociablemente imperioso e inaprensable. Es un “nosotros” o un “se” cuya figuración está siempre en disputa. Su definición constituye un problema al mismo tiempo que un desafío. En sugundo lugar, una tensión entre el número y la razón, entre la ciencia y la opinión, pues el régimen moderno instituye la igualdad política a través del sufragio universal al mismo tiempo que plantea su voluntad de construir un poder racional cuya objetividad implica la despersonalización. En tercer lugar, incertidumbre sobre las formas adecuadas del poder social, pues la soberanía popular trata de expresarse a través de instituciones representativas que no logran encontrar la manera de llevarla a la práctica. (23-24)

La historia no consiste solamente en apreciar el peso de las herencias, en “esclarecer” simplemente el presente a partir del pasado, sino que intenta hacer revivir la sucesión de presentes tomándolos como otras experiencias que informan sobre la nuestra. Se trata de reconstruir la manera como los individuos y los grupos han elaborado su comprensión de las situaciones, de enfrentar los rechazos y las adhesiones a partir de los cuales han formulado sus objetivos, de volver a trazar de algún modo la manera como su visión del mundo acotado y organizado el campo de sus acciones. El objetivo de esta historia, para decir las cosas de otra manera, es seguir el hilo de las experiencias y de los tanteos, de los conflictos y la controversias, a través de los cuales la polis ha buscando encontrar su forma legítima. (25-26)

La historia de lo político incorpora, obviamente, esos diferentes aportes. Con todo lo que puede acarrear de batallas subalternas, rivalidades entre personas, confusiones intelectuales, cálculos de corto alcance, la actividad política sricto sensu es, en efecto, aquello que limita y permite en la práctica la realización de lo político. (30)

Imprime claramente a la historia de las ideas la preocupación por incorporar el conjunto de elementos que componen ese objeto complejo que es una cultura política: el modo de lectura de los grandes textos teóricos, la recepción de las obras literarias, el análisis de la prensa y de los movimientos de opinión, el destino de los panfletos, la construcción de los discursos de circunstancias, la presencia de las imágenes, la impronta de los ritos e, incluso, el rastro efímero de las canciones. Pensar lo político y hacer la historia viviente de las representaciones de la vida en común se superpone en este enfoque. (48)

Los tiempos de la democracia aparecen así suceptibles de un doble desfase: demasiado inmediatos para una preocupación de largo plazo, demasiado lentos para la gestión de lo urgente. En ambos casos, queda cuestionada la pertinencia de la idea de voluntad general. (55)

El novelista y el poeta son a su singular manera agrimensores de ambigüedades y descifradores de silencios. Permanecen abiertos a las contradicciones del mundo y jamás permiten que el concepto escape a la carnadura de lo real. La historia de lo político, al igual que la literatura, trabaja junto a ella en los intersticios de las ciencias sociales. Comparten un movimiento constante de desciframiento. No podría además olvidar el papel ocupado por la escritura en tantos historiadores del siglo XIX, siendo Michelet quien supo decir mucho mejor a través de su lenguaje y su estilo aquello que los documentos apenas podían explicar. (60-61)

 

 

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