Autora: Mariana Enriquez

Ilustración: Helia Toledo

Editorial: Páginas de espuma

Primera edición: 2019

ISBN: 978-84-8393-654-2

Las vacaciones me producen insomnio y hoy no fue la excepción. Al dar las 3:30 de la mañana desperté con mucha sed y el sueño nunca pudo regresar. No me molesté, leí en un libro de Emmanuel Carrère que esos despertares son como una oportunidad para tener una experiencia extraordinaria. Y sí, busqué algo que leer en mi cuenta de BookMate y me encontré con esta breve novela de Mariana Enriquez que no sólo me mantuvo despierto hasta las 5 de la mañana, si no que me envolvió en un estado de éxtasis, de emoción que sólo una buena lectura te puede dar. Se agradece muchísimo que las editoriales se arriesguen a publicar pequeñas historias sin miedo a perder presencia en las librerías debido a su corta extensión.

Aquí les dejo como siempre mis subrayados del libro y espero que con eso se animen a leer esta oscura historia.

Los nombres de nuestro fin del mundo eran crisis energética, hiperinflación, bicicleta financiera, obediencia debida, peste rosa. (10)

 

A los 15 años, cuando una chica no tiene futuro toma el sol con todo el cuerpo cubierto de Coca-Cola y a la piel pegoteada se acercan las moscas. (11)

 

Mis padres quisieron tirar el libro a la basura una vez. No había bastante muerte ya, acaso, decían, hablaban de la dictadura y los torturadores; no entendían que a Virginia y a mí nos gustan otro tipo de infierno, un infierno irreal y ruidoso, uno de máscaras y motosierras, de pentagramas pintados con sangre en la pared y cabezas guardadas en la heladera. (21-22)

Era aburrido ese verano del apocalipsis y no se terminaba nunca. (26)

 

Después de que Carrasco mató a su mujer y a su hija, le pedimos a una vecina católica que nos enseñara el Padre Nuestro. Rezamos en la escalera. Yo lloré porque, pensaba, con nuestra obsesión por los asesinos habíamos atraído a la muerte, aunque Carrasco no era un serial. Lloré sobre todo por la nena y su jumper verde, que le quedaba largo, seguramente porque era algunos talles más grande y, cuando lo compraron, habrían querido ahorrar y que le durara por algunos años.

Yo no la vi colgada la ventana. Con el tiempo, tanta gente juraba haberla visto, muy quieta, la cara contra el edificio, y las piernas separadas en el aire, que se volvió un chiste ese falso “yo fui testigo”. Con certeza la vio el hermano de Pity, que estaba despierto porque su hermano agonizaba y él tenía insomnio. Salió a fumar al balcón, vivía en el edificio frente al nuestro, justo sobre su kiosko. Levantó la cabeza y ahí estaba la nena, ahorcada con una sábana, colgando de la ventana. (46-47)

La nena ya estaba muerta cuando su padre la colgó. La había apuñalado varias veces con un cuchillo distinto al que había usado con su madre -uno pequeño, de cocina, común, doméstico- y la dejó desangrarse en el piso del comedor. Después la ató a la ventana de la habitación, como si se tratara de una bandera o una muñeca. La ató de una manera compleja, con un nudo que pasaba bajo sus axilas y se cerraba sobre el cuello. Estuvo colgada así, durante la noche poco más de una hora. De no ser por el cigarrillo y la angustia del hermano de Pity, hubiera amanecido muerta y colgando, con el pelo color chocolate ardiendo bajo el sol.  (49-59)

 

 

 

 

Leave a comment