Ayer tuve que salir por comida. Regularmente yo siempre compro comida en las tiendas que están por mi casa, pero ahora tenía que abastecer a la mamá de mi hija. La gran mayoría de los clientes, de la gente que iba a comprar, iba con tapabocas, algunos lo tenían mal puesto, algunos lucían modelos muy coquetones, pero en general todos cumpliendo, hasta los ñores que cuidan los autos y los vendedores de cubrebocas.

Regularmente miro a las personas sin mucha atención, sólo una mirada y ya; sin embargo, hubo una señora que me encontré que resumió un poco el sentir de la gente mayor. Ella estaba sentada en una jardinera enorme, pintada de amarillo en donde desde hace años vive un árbol de jacaranda enorme. La posición de la señora me habló de su cansancio, no podría decirles cuántos años tenía, pero sus canas, su mirada, la curva de su espalda me decía que ya estaba harta. Después de tantos años de dificultades ahora tenía que terminar su vida así. Ella me habló con su mirada y se estaba despidiendo.

Compré lo que tenía escrito en la lista y no dejé de pensar ni un minuto en esa señora, en todas las señoras, en los hombres que desde que tuvieron razón no dejaron de partirse el lomo para comer, para sacar a sus hijos adelante y hoy ni siquiera pueden luchar, salir a la calle para buscar un poco de dinero.

Transité por el circuito y en misma calle miré a un valedor, de esos flacos por tanta droga intentando robarle la bicicleta a un ñor. Quizá habían bebido, quizá discutieron, quizá sólo en la bici y el valedor lo quiso venadear para después vender la bicicleta. Siguiente esquina, donde regularmente estaba lleno de gente que se iba a trabajar, chicas y chicos escuchando música, esperando el bus. Ya no había nada de eso. Ahora sólo había dos tipos fumando piedra, discutiendo enfurecidos.

Regresé a mi departamento y me fui a regar mi árbol de limón.

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