Bueno, en realidad ganamos 2-0, pero les tengo que contar una triste historia. Hoy, en pleno día de Reyes, donde muchos niños son felices decidí darme un regalo especial. Desde hace mucho tiempo tenía antojo de una buena cemita de estadio. Así que hice toda la planeación estratégica. Desayuné muy tarde pero bien: una cecina con tlayoyos. El suficiente combustible para aguantar hasta las 4 de la tarde. Sí, ese quería que fuera mi regalo, comerme con ganas una cemitona mientras veía a mis Lobos.

Me quedé en mi departamento luchando contra mi tesis y cuando dieron las 3:30 me fui al estadio pensando en mi cemita. Llegué al palco de Radio BUAP para ver que todo estuviera en orden y de ahí me bajé a las gradas para encontrar a mi compadre Churromán para echar una chela y desde luego la cemita en cuestión. Sin embargo, para mi sorpresa las chelas como que se hacían del rogar, pero finalmente llegaron. Le pregunté al Don de las chelas por las cemitas y me dijo:

-No joven, ya no hay cemitas, hubo hace rato, pero ya se acabaron.

-¿Qué?

-Así como lo oye

En verdad no lo podía creer ¡se habían acabado las cemitas! Después vinieron los goles de Lobos y se me pasó un rato el hambre. Pero después me invadió una tristeza absoluta. Sin cemita hasta la victoria más contundente sabe agridulce. Me compré unas palomitas que me dejaron los dedos rojos y salí del estadio. Afortunadamente en la salida me encontré a una chica que estaba dando una promoción de dos cemitas por 50. La tuve que comprar y en el camino la comí con tanto amor que hasta parecía que estaba besando a una linda princesa.

Ganamos, sí, eso es maravilloso, pero todo hubiera sido perfecto si lo hubiera celebrado con mi deseo. Para la otra llevaré mi torta de jamón: aunque sea.

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