Miré el boleto por unos minutos ¿Bronco? ¿Aún existen? Y bueno, ustedes ya saben que siempre me dejo vencer por el morbo; además creo que por lo menos me sé una decena de canciones que cantaba en mis borracheras de adolescente: Libros tontos, ¡Oro, tú me cambiaste por oro!, Con zapatos de tacón, El sheriff de chocolate, pffff, chulada de soundtrack.

Salí de mi casa una hora antes, por momentos pensé que el concierto podría estar a reventar, el mercado de la nostalgia cada día ataca con mayor fuerza, pero al llegar no había prácticamente nada de raza, unos cuantos autos, vendedores de sombreros al estilo Guadalupe, eloteros y punto.

Fui al concierto con mi camarada Churromán. Entregamos nuestros boletos, nos aplicaron la famosa báscula y ya estábamos adentro.

-¿Por dónde, señorita?

-Segundo nivel, usted camine hasta el fondo y suba todas las escaleras.

Era la primera vez que iba al Acrópolis. Creo que no está nada mal, es enorme, pero qué pedo con sus escaleras y ¡no servía el elevador! Afortunadamente uno tiene condición pero vi a mucha gente sacando el pulmón por los rincones. Click To Tweet

Todo el mundo decía que se sentía mareado, pero nos teníamos que aguantar, ni modo, es la cruz de los fans.

Minutos después unas señoras muy güeras se sentaron debajo de nosotros. Muy decentes y todo, pero a los minutos llegó un señor muy bonachón con su amiga-esposa (no sé) y reclamaron que ese era su lugar. Llegó el acomodador y efectivamente las güerotas habían sido las gandallas; pero entonces sucedió algo extraño, en lugar de decirles, sáquense por ay güeras gandallas, parece que les dieron la opción de bajarse al ruedo a pesar de haber pagado ¡el tercer nivel! Ni modo, suerte tienen las güeras gandallas.

La gente comenzó a llegar, quizá estuvo a un 90% del lleno total, pero el concierto empezó una hora y cuarto después. Hicieron las llamadas y empezaron con Adoro. El grupo salió vestido con los trajes tradicionales del la bande en un color entre verde y azul. Imposible olvidarlo.

El respetable se prendió. Se armó el bailongo y la cantadera. Ahí me di cuenta que solamente me sé algunas partes de muy pocas canciones; sin embargo me divertí mucho. Ese Guadalupe, Lupito como le gritaban tiene ángel con la gente a pesar de no tener una voz medianamente buena, todo un tronco para el baile, pero con una magia tremenda.

Junto a mi estaba sentada una pareja joven con una bebé de meses. Al principio los papás estaban serios, quizá hasta preocupados por el atrevimiento (piensen en las escaleras: ¡no jodan, denles un premio!). Pero después, todo se les olvidó, bueno, a ella se le olvidó, aventó al chamaco con el papá y comenzó a gritar como loca: ¡Lupe, lupe, hazme el segundo! ¡Lupe, lupito, quiero un hijo contigo!

Pero no todo fue felicidad. Aunque no lo crean, unas filas abajo había un muchachito que se ve que fue ahuevo porque estaba súper jetón. ¿Se acuerdan del señor bonachón al cual le habían birlado sus asientos? Bueno, pues resulta que cada vez que alguien gritaba, el señor de inmediato se paraba a decir: ¡No chinguen, no grinten tan fuerte que vas a despertar a este güey! Desde luego, no faltaron los madrazos y un gran cierre con la rola ¡Ya llegó, ya llegó, ya llegó Sergio el bailador!

Salimos contentos del concierto. Dudé en comprarme mi sombrero. No era para tanto. Me fui.

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