Las bicis y las drogas

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Ciclista

Creo que hoy presencié algo así como mi día de la bicicleta, como lo que vivió Albert Hofmann un 19 de abril. Ahí les va:

Arranco. Mañana fresca y muchos charcos, pero para los que andamos en bici simplemente es el mejor escenario para pedalear. Todo iba tranquilo, de hecho muy tranquilo hasta que llegué a San Baltazar, la colonia donde viví gran parte de mi vida y donde está la casa de mis papás y muchos amigos. Siempre paso por San Baltazar por la zona que se le conoce como la Coyotera, sin duda una de las zonas más rudas de la ciudad; eso es lo que dicen, pero lo que en verdad sí me causa miedo son los perros que de pronto te salen, pero ya saben, haces como que le avientas una piedra y asunto cerrado.

¡Ah caray! -me dije.

Si bien, no era la primera vez que me llegaba el petatazo por aquellas calles, me sacaba mucho de onda que avanzaba cuadra tras cuadra y el olor continuaba.

¿Pues qué pasó? ¿De qué tamaño tuvo que haber sido la pachanga para que huela tanto a mota?

Se los juro, pasé un par de calles más, crucé el circuito interior, pasé otro par de calles más y el olor a mota seguía.  ¿Tan cabrón ya se puso esto? -pensaba mientras comenzaba a carcajearme sin razón alguna. ¡Qué bonita mañana, caray!

En la esquina de la avenida Cue Merlo me emparejé con un ciclista chaparrito, flaco que mataba una hacha con maestría. Le dio el último jalón y expresó con toda elegancia: Ayyyy mamador, pinche mota regañona. El hombre me sonrió y después se orilló al hospital que quedaba de paso. Desamarró su cajón y se metió a dar bola. En el camino me puse a charlar con Hoffmann. Es un buen tipo, sobre todo cuando habla de sus elefantes rosas.

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Escríbeme: yosoy@ricardocartas.com

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