Pipope goloso en el mercado de San Juan

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Esta semana salgo de Puebla para recomendarles una excursión culinaria que les va a encantar. En el centro de la Ciudad de México se encuentra el Mercado de San Juan. Cuentan las malas lenguas que antes era un mercado común y corriente y que de pronto unos de los locatarios comenzó a traer ingredientes exóticos que eran prácticamente imposibles de comprar en México. Así suceden las cosas.

Mi amigo el Nawal y su novia, me hicieron un tour inimaginable.

-¿Quiénes carne de cocodrilo?

-Es cosa de ir un rato, echarnos unas tapas y un vinito.

-¿En un mercado? –les pregunté y ellos seguramente se rieron por mi poco cosmopolitismo.

Y como fue, llegamos al mercado y comenzaron a aparecerse seres de otro mundo, como los cerdos que dibujó Miyazaki en el Viaje de Chihiro, pavos que podrían alcanzar el tamo de un humano, cabritos, gusanos, huevesillos, carne de cocodrilo y quién sabe qué cosas más. Estuvimos dando varias vueltas al mercado en busca de las tapas conocidas que se alojaban en la Cremería y Salchichonería “La Jersey”, con 35 años de experiencias y atendida por la familia Castro. Después de mucho circular, llegamos a los locales 161 y 147.

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Ahí había una especie de tapanco muy bien acondicionado en donde una chica muy amable nos recibió con una botella de vino. Calma, calma, ellos te sirven dos o tres veces en lo que esperas tus tapas, no es precisamente para emborracharse.

Después de ver las múltiples de opciones, me decidí por el lomo embuchado. No tenía la más mínima idea de qué me iba a comer, pero el nombre me hacía guiños. Su precio estimado es de $70. Esperamos unos veinte minutos, pero tampoco crean que se vuelve aburrido. La chica te sirve un vinito más y desde arriba del tapanco se puede observar todo el mercado. Realmente es un lugar fantástico, en donde de distintos colores y sabores convive alrededor de la comida.

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Quiero decirles que la idea de mis amigos era “picar” algo en el mercado para después irnos a un lugar a comer. Ajá, sí, cómo no. Llegaron las tapas y comenzó la experiencia. De entrada les digo que nunca había visto un lugar en donde las prepararan tan bien, desde la cantidad y el sabor. Soñar con ir a otro lado a comer ya era demasiado. Pero la cosa no se queda ahí. Para acompañar las tapas, había unos frasquitos extraños de salsa de chiltepín con distintas frutas. Yo me fui por la de mandarina, que tanto me gustó que hasta me compré una para llevármela a mi casa. Las caras de mis amigos y la mía, expresaban la sorpresa de ¡Qué bárbaro! ¡Re buenas!


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Y bueno, ya para terminar ¡el postre! Jamás había visto un postre tan sencillo y tan exquisito. Sólo se trata de un pedazo de bolillo con queso capresse, miel y un pedacito de nuez. Déjenme decirles que lo más rico del mundo; bueno, exagero, exagero, pero la verdad el lugar es súper recomendable. Quizá se tarden un poco por la cantidad de gente, pero la verdad es que vale mucho la pena el viaje.

Después de haber comido como rey, me hice la pregunta: ¿Por qué en Puebla no tenemos algo así? La dejo al aire.

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Escríbeme: yosoy@ricardocartas.com

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