La vida sexual de los noventeros y todo lo demás

Cualquiera que haya tenido la oportunidad de echarse unas cervezas con Juan Carlos Hidalgo ¿Quién de aquí lo ha hecho? ¿Me pueden decir? Bueno, pues cualquier que haya tenido esa suerte, me puede dar la razón. No conozco a otra persona que sepa más de música que él. Juan Carlos Hidalgo está enfermo de música. Baila poco, pero cuando quiere dictar cátedra de rock, se convierte en una locomotora turbulenta que nombra un sin fin de bandas y músicos que me obligan, para mi próxima aventura con Juan Carlos a llevarme una grabadora y una libreta para apuntar los nombres. Siempre es lo mismo con este muchacho. Y siempre me llevo mucha tarea a mi casa.
Fue en Puebla, después de haber presentado su novela Rutas para entrar y salir del nirvana, cuando me comentó sobre su novela de PJ Harvey. Ahí fue donde comenzó otra historia. Como siempre de ofrecido, le dije que me la diera para proponerla en Fomento Editorial de la BUAP, tardó un poco, pero finalmente ya la tenemos en nuestras manos.
Como buen noventero Juan Carlos Hidalgo en compañía con Ilallalí Hernández retoman a un personaje que proyecta la atmósfera de una década iluminada por la decadencia. Cada apartado, cada línea nos ilustra sobre la vida que de una u otra forma tuvimos la oportunidad de vivir y padecer. Los noventeros, vimos “el fin de las ideologías”, el surgimiento de globalización, el deshecho del sistema político mexicano y el renacimiento indígena de los Zapatistas. Fue una década oxímoron, los símbolos habían cambiado su dirección, los sueños de la razón se habían convertido en pesadillas.
Ante ese contexto, los jóvenes que cruzaron por esa década, no tuvieron de otra que arrojarse a la vida, experimentaron con lo que pudieron, consumieron las sustancias que nos conectaban con la espiritualidad que las generaciones anteriores les habían arrebatado.
Quizá para muchos lectores La vida sexual de PJ Harvey pueda ser una lectura epidérmica, pero en realidad, debajo de todo el catálogo de marcas y superficialidades, se encuentra un hambre por la búsqueda, un hambre por sentir la carne de la cotidianidad y la espiritualidad.
Cuando tengan oportunidad de leer la novela, se darán cuenta que los personajes son unos niños aventureros desprovistos de malicia, siempre víctimas del desorden familiar:
“-Toda la culpa es tuya: tus amantes, tus ausencias.
-Es tu hija también. Si dejaras tus reuniones, el spa, tu vodka y tus pastillas, tal vez le dedicarías al menos un poco de tiempo.”
Siempre víctimas de un modelo económico que los penetra:
“Mujeres con escotes o faldas cortas que no lucen bien, les falta estilo, demasiado áspero. Pobres”
Hombres vestidos como oficinistas (trajes con lamparones, corbatas escandalosas). De seguro tienen el pelo grasoso y mal aliento”
Los personajes son siempre víctimas de sus propios instintos y de las voces que les reclaman:
“-Así no se comporta una señorita decente. Eso tiene otro nombre.
-No bailo con nadie que no vista marcas italianas ¿es Armani?”
Lacan decía que de lo que se habla es el síntoma, lo contario a lo que se desea y PJ Harvey lo sabía. Todo el discurso de soberbia, de clasismo, de superficialidad típica de los noventas no es otra cosa que una petición, una rabiosa búsqueda por la vida. Juan Carlos y Ilallaí descifraron de muy bien los mensajes de esa década. Nos dejan muy en claro que debajo de toda esa mierda superficial viene una verdad.
PJ decía: Todas las mujeres saben que los vagabundos cogen mejor que los hombres de provecho”.

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