Domingo sangriento: El Cristo del buen morir.

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Los días extraños los puedes identificar desde el primer instante. Las señales aunque cotidianas siempre salen a la luz. El gas se acabó mientras me bañaba y alguien me advirtió ¿Vas a ir a dar taller en Tehuacán? ¿Habrá en periodo vacacional? Tráfico, por un instante estuve a punto de regresar, pero al final estaba en el museo regional de Tehuacán a las 4:10 pm. La biblioteca estaba cerrada. Estaba nervioso, llevo muchos días sin fumar y eso me convierte en un energúmeno. Me fui a una banca y vi a uno de mis alumnos llegar. Me tranquilizó saber que no me había equivocado de día. Después llegaron un par más de alumnos. Platicamos y esperamos a que abrieran la biblioteca. Los minutos pasaban tan lentos que de plano les ofrecí empezar el taller en las bancas del parque. Sólo una de mis alumnos llevaba texto. Un cuento policiaco clásico, una familia asesinada por un sobrino envidioso que se quiere quedar con todo el dinero de la familia. Le dije que iba bien. Las historias con sangre siempre tienen más posibilidades de éxito.

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Nos despedimos y yo aproveché el tiempo para ir al Museo Regional. Tengo un año y medio yendo a Tehuacán y nunca había tenido oportunidad de entrar. En la entrada no había nadie. Esperé. Aquí siempre se tiene que esperar y como no había nadie, me metí. Los museos regionales, regularmente, me dan mucha flojera, pero ahora tenía un ánimo distinto. Me pareció genial. Sorprendente cada una de las piezas y la importancia que tiene Tehuacán. Gocé como nunca, sin prisas y sin gente. El museo tiene dos salas y unos cuantos pasillos con objetos sin importancia. Justo cuando salí de la sala principal escuché el portazo, el cierre de una gran puerta. Me espantó el ruido, pero después el silencio me tranquilizó. Continué caminando.

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Moría por un cigarro, quise tomar un atajo en el interior del museo para salir y comprar algo de tabaco. Los pasillos eran oscuros y ahí fue donde encontré una especie de bodega con algunas esculturas de cartón de hombres muertos. Algunos carteles decían: “Cristo del buen morir: En San Gabriel Chilac existen personas que se les llama Temacahuani, quienes se encargan de encaminar a un moribundo hacia el más allá (la eternidad) “Ouh Kin Makahua”. Este CRISTO lo empleó un Temacahuani hace más de un siglo llamado Timoteo Séptimo”. Tomé unas fotos y cuando di la vuelta por fin alguien se hizo presente. Era una chica alta y morena. No estaba nada mal y sonreí. Ella se quedó seria, no hizo ninguna expresión, sólo tomó un Cristo enorme de madera y comenzó a caminar. Fue un acto instintivo seguirla. Me llevó por un pasillo lleno de animales disecados y por fin la salida. Abrió el portón y me ofreció el Cristo. Ni siquiera lo toqué. No me podía llevar un objeto como esos a mi casa. Salí del museo y pensé en ella, en preguntarle por qué me estaba dando el Cristo. Cuando regresé el portón estaba cerrado y un cartel que decía. “Cerrado por remodelación. La apertura será en el mes de septiembre”.

 

 

 

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