Primer capítulo de mi novela: Los gorilas en el Otzo

¿Cómo explicarles? La verdad es que había llegado a esta etapa de mi vida completamente limpio, sin mucho de qué arrepentirme. Había pisado la cárcel un par de veces como cualquier persona, mi paso por la universidad fue tranquilo, es más, hasta podríamos tacharlo de afortunado. Meses después de haberme graduado encontré una buena plaza en la Universidad. Mis alumnos me querían y las mujeres nunca me hacían falta. Yo sabía que esto no iba a durar toda la vida, tarde o temprano vendrían los malos tiempos; algo completamente inevitable. Y la verdad es que estaba consciente; todo podría caerse, un ataque de los gringos, chinos lo que sea. A nada le tenía miedo. Alto, eso es improbable, todo el mundo tiene aunque sea un solo miedo; el mío era la reproducción, no cualquiera sino la mía. Ahora entiendo muy bien lo que dijo Borges: “La paternidad y los espejos son abominables, porque multiplican el número de hombres”. La terrible versión de nuestras pesadillas está destinada a convertirse en realidades. Así que no fue nada raro que esa mañana temblara en la ciudad. Sabía que algo así tenía que suceder. Una noche antes había regresado el viejo sueño en donde aparecía junto a mi padre, orinando completamente desnudos en uno de esos balnearios públicos que ya no existen.
El temblor llenó de pánico a la ciudad, pero sólo destruyó tres edificios de Perla: la catedral, el palacio de gobierno y un conjunto de edificios departamentales. De ese conjunto, el único que se salvó fue el más pequeño, donde yo vivía desde un par de años. ¿A eso le podemos llamar suerte? Quizá. Si mi departamento aún estaba en pie era señal de que había una cuenta pendiente. El sueño no podía fallar.
En una ciudad como ésta, en donde nunca pasa nada, el sismo fue todo un acontecimiento. No dudaba en lo más mínimo que con los restos de los edificios se hicieran souvenirs y hasta una edición limitada de playeras con las imágenes de los edificios caídos. Para los periodistas el temblor representaba la oportunidad perfecta para llevar a las rotativas una buena historia para sentirse, por fin, un poco periodistas. Era un hecho que todos mis colegas, desde los de la nota roja hasta la madame de los horóscopos escribirían sobre lo mismo. Así que decidí no tomarlo como tema de nota. Quizá escribiría sobre la renuncia del director técnico del equipo local de futbol. No estaría nada mal. Cuando sucedió estaba caminando rumbo a mi departamento; regresaba de la Facultad de Medicina en donde daba un taller de periodismo. Lógicamente tenía pocos alumnos; sólo tres, dos mujeres y un hombre. Aunque regularmente sólo asistían las dos mujeres, Nadia y Luisa, jovencitas extremadamente inteligentes que no tenían claro el porqué estaban estudiando medicina. El ejército llegó inmediatamente. Rodeó toda la cuadra en donde estaba mi departamento. Intenté convencerlos para que me dejaran pasar por un poco de ropa, quizá el jabón y la pasta de dientes. Fue inútil. Sólo uno se dignó a responderme que no estaban para bromas, que el edificio podría sucumbir en cualquier momento. Los teléfonos y el transporte estaban suspendidos, así que no tenía de otra más que esperar. Lo bueno era que llevaba un libro de Óscar Alarcón y dinero suficiente para pasarme la tarde en un café.
Y fue precisamente ahí donde me encontré de nuevo con Silvia, una abogada que durante un tiempo dio clases en la Facultad de Leyes. Nunca fuimos amigos, pero compartíamos la mala costumbre de fumar.
Coincidíamos frecuentemente en el jardín a la hora de los recesos. Nos hacíamos compañía, cruzábamos un par de palabras siempre quejándonos sobre el odio que nos tenían a los fumadores, pero nada más, nunca fuimos más allá. Así que cuando la vi, me dio gusto. De inmediato le hice señas para que se sentara conmigo. Me advirtió que sólo estaba de paso, que tenía que regresar a su casa, pero que todas las calles estaban hechas un caos. La ciudad estaba dividida en dos escenarios. El primero era el de la peste, el de la conmoción, donde todo era ruido de ambulancias, paramédicos corriendo por todos lados en busca de los heridos, militares cercando la ciudad con cintas amarillas que le hacían recordar a la gente el peligro de acercarse a los edificios. En ese escenario todo el mundo andaba pálido y con miedo. El segundo era una pequeña mesa de café en donde estábamos Silvia y yo, fumando, bebiendo e ignorando todo lo que sucedía alrededor. Después de todo no creo que haya tenido tanta prisa. Aburridos del ruido, la convencí para que fuéramos al Wherever a tomar unas cervezas. El lugar era magnífico, una barra inmensa, perfectamente diseñada, con colchón para los codos y un canal especial por donde desfilaban acostadas las botellas de extremo a extremo del bar. Era un movimiento casi mágico que el señor Rolando dominaba perfectamente. Nunca me cansé de observar su natural maestría; pero lo mejor de todo era el crédito a los parroquianos.
Silvia y yo no dejamos de platicar, de descubrir a nuestros amigos en común, de bailar y brindar. Realmente fue una muy buena noche a pesar de haber sido un mal día. Terminamos a las cinco de la mañana. Le insistí que podía irme caminando hacia mi departamento, pero ella no aceptó. Me dijo que le quedaba de paso. Además, como ya le había contado que mi departamento había sido afectado por el temblor, me hizo ver que quizá los soldados aún estarían resguardando el edificio. Ni siquiera pudimos acercarnos, ahora estaba cerrada toda la manzana. El ejército había entrado a todos los edificios a revisar detenidamente cada uno de los espacios con el argumento de “guardar por la seguridad de la población”, aunque en realidad andaba en la búsqueda. Creo que no tenía muy claro qué, pero algo tendría que encontrar. El sismo había sido como una especie de sacudida para las madrigueras de las ratas. Ahora ya tenían el pretexto para ir por ellas y aplastarlas. Ni hablar ?dijo ella?. Tendrás que quedarte en mi casa. En el momento en que le iba a preguntar si no había algún problema, de inmediato atajó diciendo que no me preocupara, que vivía sola y que había una recámara extra para mí. Desde hace tiempo he tratado de evitar este tipo de encuentros casuales. Durante muchos años fue una especie de práctica deportiva extrema, pero las consecuencias terminaron quitándole todo el dulce. Las aventuras terminaban siendo terribles enfrentamientos. Sin darme cuenta mis peripecias me llevaba de un lado a otro de manera automática, como las botellas del Wherever que corrían por el canal de la barra.
Cuando no podía evitarlos, siempre buscaba la manera de pasar la noche en un lugar neutral, un motel por ejemplo, con eso ya tenía una gran ventaja. Por un lado si ya no quería volver a ver a esa mujer sólo había que abandonarla en la cama. Jamás sabría mi dirección, ni escondería alguna prenda para espantar a otra mujer que pudiera llegar a mi departamento. Lo que sí es realmente preocupante es que te lleven a su casa; ese es el terreno total de la incertidumbre; todo puede pasar: la llegada del marido, padre, novio u amigo con algún sable de ninja buscando quien le pague los platos rotos. Sin duda es el peor de los escenarios posibles. Pero en esta ocasión algo me decía que las cosas iban a ser distintas; a pesar de que sabía que una cuenta estaba pendiente. Además no tenía otra opción. Mi casa estaba por derrumbarse y no tenía ni un peso pasa pasar la noche en algún hotel. Quizá la casa de un amigo, pero a estas horas iba a ser difícil que alguien me recibiera. De haber sabido en qué iba a acabar todo hasta la calle hubiera sido una excelente opción. No nos acostamos esa noche. Cumplió su palabra. Fumamos el último cigarro de la jornada y cada quien se encerró en su recámara. Mi departamento se quedó clausurado cerca de un mes. Los soldados me dejaron sacar algunas cosas en lo que revisaban detenidamente el edificio. Mientras tanto ya llevaba cerca de treinta días compartiendo cama con Silvia sin entender el porqué. Ni siquiera la consideraba una mujer atractiva o interesante. No le interesaba nada, salvo las leyes, el tabaco y el alcohol. Y los días se iban sumando, más y más hasta que me di cuenta que ya estaba a punto de cumplir un año viviendo con ella. Silvia quizá fue la mujer más generosa que he conocido en mi vida. Me abrió las puertas de su casa siendo todo un desconocido, pero las cosas no funcionaron. Empezamos a tener problemas por su forma de beber. Era increíble ver la capacidad de autodestrucción de esa mujer. Bebía diario hasta quedar prácticamente inconsciente. La casa siempre estaba llena de amigos sin importar el día y la hora. Otras veces llegaba llorando porque la policía la estaba persiguiendo por algunos negocios turbios que había hecho con sus colegas. Era una mujer amable, pero siempre llena de mentiras, de misterios que después de un año no pude comprender.
Cuando le dije que nos teníamos que separar empezó la tormenta. Prometió que iba a dejar la bebida y que se iba a dedicar a resolver todos los pendientes que la traían azorada. Acepté sabiendo que nada de eso iba a suceder. Bastó a que llegara una pequeña crisis para que Silvia continuara con su burbujeante vida en el alcohol. La situación fue realmente extraordinaria. Después de desayunar Silvia sacó el auto para irse a su trabajo. Minutos después recibí una llamada en donde me decía que al auto se le encendía un foco rojo. No se necesitaba ser un especialista para saber que algo malo estaba pasando, así le que recomendé que lo llevara de inmediato al mecánico. Creo que así lo hizo. La falla del auto le sirvió de pretexto para faltar a su trabajo y sentirse con el derecho de mandar todo al carajo. Cada hora me llamaba para darme informes de lo que estaba sucediendo. Al parecer, estuvo a punto de desvielarse.
?Van a tener que meterle medio motor ?me dijo?. Necesito conseguir treinta mil pesos en este momento. ¿Tú tienes algo? Creo que es responsabilidad tuya, tú eres el hombre. ¿No le pudiste revisar el aceite? Yo no puedo hacer todo. Ven al taller y de aquí ya nos vamos.
Cuando llegué a la dirección que ella me había dado sólo encontré un enorme portón negro que permanecía cerrado. Toqué sin que nadie se asomara. Le hablé por teléfono y sólo así fue como se abrió. Dos mecánicos fueron los que abrieron el portón para que pudiera entrar.
?¿Buscas a Silvia? ?preguntó uno de ellos mientras intentaba aguantarse la risa. Cuando entré lo primero que vi fue el auto negro con el cofre abierto y un tipo gordo dándole los últimos trapazos.
?¿Así que tú eres el que ni siquiera sabe revisarle el aceite a un auto?
?¿Dónde está Silvia? ?le pregunté sin hacer el menor caso a su comentario.
?Está allá dentro, durmiendo. ?¿Durmiendo? ?Sí, se tomó unas cervezas con los muchachos y terminó dormida. Pero mira, te voy a recomendar algo, las viejas piensan que los autos sólo andan con gasolina, tú tienes que estar al pendiente de que todo esté en orden. Porque mira, qué necesidad hay de que tengas que ponerle medio motor a un coche del año. Yo ya no lo hubiera hecho pero ella insistió en que se lo metiéramos, costara lo que costase. Aunque la verdad te va a salir barato. Tu vieja le cayó bien a los muchachos, muy bien de hecho ?dijo el gordo sonriendo, lleno de sudor, mientras cerraba el cofre del auto?. ¡Silvia! Ya llegaron por ti. Silvia salió de inmediato, fumando como siempre, tambaleándose un poco y con los zapatos en la mano. Se subió al auto sin decir una sola palabra. Cuando llegamos al departamento sólo se desnudó para irse a dormir.
?¿No vas a decir nada? ?le pregunté mientras me desataba las agujetas.
?No puedo hacer todo yo sola.
?¿A qué te refieres?
?Perdón, yo no quería beber, ya te lo había prometido.
Apagué la luz para cerrar todo tipo de diálogo. Intenté dormir, pero esa frase me perseguía: “No puedo hacer todo yo sola”. La entendía, pero no me resignaba a comprenderla. De pronto me soñé frente al espejo del baño, lavándome los dientes con el cepillo eléctrico que me había regalado Silvia. El sonido era inconfundible, el masaje que daba a mis encías de fumador irremediable. Desperté sonriendo, pensando en lo absurdo de mi sueño. Sin embargo el sonido aún estaba presente, aquí en la realidad, junto a mí, dentro de la vagina clara de Silvia que recibía las vibraciones de su dildo fabricado en China sin la menor pena. Sus ojos en blanco eran una especie de homenaje a la intensidad del orgasmo ebrio. Me vestí y jamás regresé a su casa hasta que me llamó para avisarme que estaba embarazada. No creí en sus palabras, pero pronto llegó con las pruebas a mi departamento. La convencí de que abortara a cambio de intentarlo otra vez. Desde luego, yo ya sabía que eso iba a ser un fracaso, pero sin duda era el costo que tenía que pagar por librarme una vez más de la paternidad. Días después de haberlo tirado me acompañó a comprar un auto. Esa noche volvimos al Wherever para celebrar y la pasamos en mi departamento. Nos volvimos a ver esporádicamente, cuando inventaba algún pretexto, alguna propuesta de trabajo, la supuesta muerte de su madre y otras. Regresé a mi departamento a pesar de las advertencias del ejército. Fui el único inquilino que decidió quedarse, todos los demás huyeron. El departamento había quedado cubierto de polvo y con algunas grietas. Mejor lugar no había para un hombre como yo. Era cosa de tiempo para que todo se cayera.

2 Comments

  • José Luis Huergo
    Posted November 1, 2012 3:53 am 0Likes

    Empecé a leer con gusto, a la cuarta parte del texto me estaba aburriendo, a la tercera parte, empecé a brincarme renglones, buscando que pasara algo, a la mitad, de plano, me fui a grandes saltos hasta el final.
    Y nunca pasó nada, demasiada reflexión y ninguna acción.

  • Iván
    Posted November 1, 2012 5:38 am 0Likes

    Mi estimado cartas…
    No había tenido la oportunidad de leer los trabajos que has realizado y dtoy realmente sorprendido de la forma en que lo haces y en que atraes al lector a seguir leyendo, espero que lo termines pronto y podamos obtenerlo en librerías tradicionales o virtuales. Enhorabuena!!!!!

    Saludos

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