Domingo sangriento presenta: El viaje a la farmacia

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Prácticamente pasé toda la noche en vela. Mi hija enfermó por una infección en el estómago. Estaba durmiendo junto a ella cuando despertó aterrorizada por aquella sensación que rompía todos sus límites de dolor. No sólo ella experimentaba límites, el dolor de ver a tu hija enferma es un asunto muy fuerte que ni el hombre más frío puede pasar por alto. Mayra estaba peor que yo, ella estaba completamente desesperada, el vómito no cedió durante un largo periodo y era eminente la presencia de una infección. Por suerte ese día no había bebido, aunque un mareo extraño se iba apoderando de mi. Salí de la casa en busca del medicamento. La farmacia estaba a unas cuadras, así que decidí ir caminando sin darle mucha importancia que fueran las tres de la mañana y que abría la posibilidad de que pudiera pasarme todo. Caminé por la acera, fijándome en los detalles de la calle, las leyendas de las paredes. Todo estaba en completa quietud hasta que un coche grande y negro comenzó a avanzar hacia mi. Por un momento pensé que era mi última imagen antes de la muerte. El auto pasó. Un hombre con gafas iba manejando y ni si quiera se tomó la molestia de voltearme a ver. Sonreí. El ritmo cardiaco se reestablecía cuando escuché un ruido como si alguien se hubiera caído justo a unos pasos detrás de mi. No estaba seguro si voltear era lo más conveniente. Pensé en el hombre de las gafas, en mi hija esperando su medicina. Sabía que no era conveniente pero finalmente lo hice. No pude creer lo que estaba viendo. Era ella, Leticia, la rubia vecina con la cual nunca pude llegar más allá del saludo. Estaba tirada en el piso sobando uno de sus tobillos. ¿Estás bien? —le pregunté fríamente. No podía olvidar las muecas que ella se esforzaba en proyectarme cada vez que me acercaba. Sin embargo, hoy sonrió y me contestó amablemente que no me preocupara. La ayudé a pararse. Me dijo que iba a la farmacia por unos cigarros. Desde luego que estaba mintiendo, pero no quise entrar en detalle. Le dije que yo también iba para allá, que mi hija estaba enferma. Ella se pondrá bien —me dijo muy segura, pero ten cuidado con esas infecciones, quizá después tenga problemas. Leticia en la madrugada era otra, mucho más bella y amable. Antes de entrar a la farmacia se lo confesé. Ella fingió no haber escuchado, pero sus ojos se llenaron de lágrimas. Entramos juntos a la farmacia,las encargadas nos veían extraño, hasta sentí la sensación de que nos veían con miedo, como si los fuéramos a asaltar en cualquier momento. Pagué y salimos. Leticia me tomó del brazo, caminamos sin hablar hasta su casa. No pude contenerme, la besé largo y amorosamente, recordando aquellos años cuando aún estaba viva, hace diez años apenas. Muy de vez en cuando se aparece; yo siempre aprovecho cuando la veo. Regresé a mi casa y mi niña ya estaba jugando con su caballo rosa como si nada hubiera pasado.

 

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