Malditos conejos rosas

MalditosConejitos

Sabía que todo iba a cambiar después de subirme a esa báscula. Noventa y nueve kilos para un hombre mediano era motivo de preocupación: colitis, estrés, tabaquismo, desvelo, tragos cada tercer día, hipertensión, taquicardia, diabetes, infartos y por si fuera poco una esposa medio deportista, vegetariana, adicta a la ropa deportiva y al sexo.

Cuando nos casamos las cosas eran distintas. Yo era un muchacho flaco, con una breve panza que no representaba ningún signo negativo; con decirles que hasta nos servía como vínculo amoroso. Cuando mi esposa y yo teníamos algún desaguisado, sólo bastaba ir a la cama para que sus manos comenzaran a acariciar mi barriga, con un movimiento circular que iba borrando todos los restos de enojo.

Salimos del consultorio. Edna subió el volumen del radio mientras hacía todo lo posible para no verme. No era posible que me hubiera convertido a partir del basculazo en el hombre más asqueroso del mundo. Ayer mismo tenía este peso y si bien no era el mejor ejemplar masculino, era un buen tipo.

-No pensé que estuvieras tan mal.

-No es nada del otro mundo, son sólo unos kilitos de más.

-¿Kilitos de más? Por Dios, estás hecho un cerdo a punto de morir por un infarto ¿eso se te hace poco?

-Lo acepto mi amor, me he descuidado un poco, pero creo que estás exagerando.

Cenamos fruta y yogurt sin sabor, con algunas cosas que flotaban.

-Ya ve a dormir que mañana tendrás que empezar una nueva vida.

Y las pesadillas llegaron. De pronto ya estaba parado antes de que amaneciera, con la misma música que utilizaba Rocky Balboa cuando salía en las noches a entrenar junto con su perrito. Desde luego, no podía faltar la playera de mamado, sin mangas, cinta en la frente para detener el sudor y un short cortísimo muy parecido a los que usaban los futbolistas en el mundial de España 82. Eso no era lo peor. Lo fatal fue ver a Edna con su traje de noche, pero no crean que me refiero a esos negligés que acostumbraba usar cuando la cosa se ponía cachorra, ni mucho menos a los elegantes vestidos que usaba cuando íbamos a las bodas, ¡no!, para nada, en verdad era un traje de noche, una especie de bata de franelita con algunos conejos rosas en miniatura que llenaban toda su ropa, desde los tobillos hasta su cuello, pero realmente lo peor fue verla gorda, tan gorda como yo.

Encendí el Renault 72 que mi padre me había regalado cuando salí de la preparatoria. Fui el primero de toda mi generación en tener auto, en realidad era un auto de todos. Todas las novias de mis amigos “perdieron” en los asientos traseros de mi Renault. Las primeras fiestas, los primeros encuentros con la policía; en este auto llevábamos los instrumentos de nuestra banda, con la que soñábamos hacernos famosos y bañarnos con diez mujeres mientras bebíamos todo el whisky del mundo.

Al llegar al parque me sentí como el hombre romántico que mira fijamente la montaña antes de conquistarla. Calenté como lo hacen los profesionales mientras veía cómo llegaban las hordas de deportistas a romper sus propios récords. Todos me saludaban con mucha familiaridad siendo que era mi primer día. Sólo hubo una rubia que se dirigió a mí, bueno, en realidad se dirigió a mi panza:

-De todos los que salgan de ahí, me puedes apartar el pintito.

-Pintito te voy a dejar el…

Comencé a trotar muy despacio en lo que mis músculos se comenzaban a acostumbrar al movimiento. Sentir el aire frío. Era una sensación que ya había experimentado en varias ocasiones, sobre todo cuando salía de las borracheras justo cuando estaba amaneciendo. Eso era todo un suceso entre los amigos, era como una especie de mala hora en que todo podía suceder. Si en el regreso te alcanzaba la luz, había que tener cuidado.

Prendí mi Ipod y comencé a correr. Ustedes sabrán que noventa y cinco kilos no es precisamente algo sencillo de mover. En verdad que esta panza es como un monumento a lo hediondo, o lo inhumano.

Lo peor de las pesadillas es que pueden ser tan reales, tan prolongadas que de ninguna manera tienes el control sobre ellas.

Con esta panza no se podía hacer gran cosa; sin embargo, una aparición hizo que mi recorrido tuviera un poco de sentido. Era una mujer negra, bellísima, despojada de la pesadez de los demás deportistas, que corría lentamente sobre la pista de tartán como si flotara, como si el viento del otoño fuera quien la empujara. Aunque ella iba muy lento, para mí fue un reto total mantenerla a la vista, ya ni siquiera alcanzarla. Pero eso no podía quedarse así, de ninguna manera, aún y con esta panza tenía que ponerme frente a ella, mirarla y por qué no, quizá hasta invitarla a un exquisito y nutritivo desayuno.

Pero de lo que estaba seguro es que nunca la iba a alcanzar por las buenas. Así que comencé a estudiar la geografía del parque. Digo, cualquier gordo como yo siempre se las arregla para ganar a pesar de tener una panza como la mía. Para evitar desgastes innecesarios la verdad me pinto solo. Descubrí oportunamente que en medio del parque había un corredor que lo atravesaba. Aunque no estaba permitido el paso, no era una situación que no se pudiera arreglar de forma civilizada. Hablé con el guardia mientras se soltaba las carcajadas. Soy infalible para esos tratos. Me abrió sin ningún problema, pero que el parque no se hacía responsable por cualquier cosa que me llegara a pasar. No es cualquier cosa, me decía el guardia, este corredor es como una especia de hangar 46, se va a encontrar de todo, músculo de todo tipo.

Imaginé a la negra corriendo. Calculé el tiempo y de plano dejé al guardia con la palabra en la boca. Van a ver todos esos atletas de alto rendimiento, les voy a enseñar lo que realmente es Pro y no sus chingaderas.

Corría como bólido por un puente muy pequeño, una especie de capricho arquitectónico. Jamás pude imaginar que  exactamente abajo estuvieran haciendo los estiramientos los distintos equipos de volibol playero. Están de acuerdo que una vista de arriba hacia abajo a cualquiera le hace perder la razón o por lo menos hacer pública expresiones medio guarras, como fue mi caso.

-Mucha pinche carne y yo tan chimuelo…

Bastó que una sola mujer me escuchara para que de inmediato todas se pusieran en alerta: un extraño panzón estaba en los terrenos de las profesionales.

-Sobre de él muchachas ?gritó una de ellas.

Y como la verdad estaba de muy buen humor con tanta mujer hermosa, les contesté con toda la desfachatez del mundo:

-¡Ni digan eso, porque menos me voy!

Con paso yogui comencé a correr escapando de las mujeres más hermosas que había visto en mi vida, claro, después de mi negrita linda que en este momento le estaba dando la vuelta a la pista.

A pesar de mi panza no bajé el ritmo y a las muy profesionales se les complicaba atraparme. El puente estaba a punto de terminar cuando un chiflido arriero se hizo presente haciendo que las deportistas en calzones chiquitos se detuvieran riéndose. No bajé la velocidad, pero a penas unos metros más adelante ya me estaba esperando todo el equipo femenil de King Boxing. ¿Cuántas? No sé, por lo menos unas cincuenta estaban ahí bien formaditas esperando al intruso con panza que venía a mancharles con su manteca el aire limpio de los profesionales.

No tenía salida, creo que nunca más iba a ver a mi negrita de frente hasta que me acordé que estaba en un sueño. Así que me convencí de tener la capacidad de vencer una a una de las karatecas boxeadoras. ¡Ya!, ¡ya!, a puro panzaso limpio. La katas que me enseñó mi vecino que se creía Bruce Lee, fueron suficientes para dar de baja a estas chicas profesionales. Al saltar el último golpe solté un grito medio charro que hasta yo me sentí avergonzado, pero bueno, en los terrenos del inconsciente uno nunca puede mandar.

Miré el reloj y a penas tenía un par de minutos para poder cruzar todo el corredor de los Pros.

Los arqueros me disparaban como si yo fuera el blanco de máximo puntaje, sabía que no era muy buena idea salir con estos colores en el primer día de ejercicio. La lluvia de flechas no es por nada, pero la verdad me pelaban los dientes, como en la películas de 300, me hice conchita para que no me hicieran nada.

Spring total, esquivé a un grupo de futbolistas, beisbolistas, al grupo seleccionado de ciclistas de la tercera edad: ¡Apúrenle condenados abuelitos! Y ya cuando estaba a punto de salir de este túnel ¡no! Lo único que me faltaba: ¡El trenecito! Repleto de niños que me saludaban con sus caras de demonios.

Mi negrita pasó como alma que se lleva el diablo y el tren todavía estaba pasando. Así que tal y como hombre biónico tomé breve distancia y ¡vuela! Tremendo salto con el cual por fin ya estaba del otro lado. Cuando pisé el tartán de inmediato localicé mi objetivo que estaba a unos trescientos metros. Sí. Tiempo estimado de vuelo. Tres minutos. Es correcto. ¡Como Iron Man! O lo que sea, pero salí hecho la mocha en busca de la mujer. Hacía más chica la distancia, ya la podía sentir entre mis brazos, desnuda entre los árboles del parque sin que no nos importaran los escuadrones de corredores, los voladores de Papantla, la selección de ajedrez, nada importaría, pero justo cuando estuve junto a ella, un extraño cosquilleo me despertó. Alcé las sábanas y a manotazos me deshice de todos los conejitos rosas que se habían escapado de la sexy pijama de mi mujer.

2 Comments

  • Pilin
    Posted December 13, 2011 6:42 am 0Likes

    HAHAHA chinga tu madre puto masoquista jajaj .l.

  • Albertto Rosales
    Posted September 10, 2013 6:44 am 0Likes

    La pesadilla inició desde mucho antes, diría yo desde que sus sueños se tornaron ensueños.
    Nunca imaginé que Totoro, tuviera esos refinamientos sadomasoquistas.

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