Los suplicantes, de Ricardo Cartas, por: Patricia Gutiérrez-Otero y Javier Sicilia

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Intensa prosa, tumultuosa, con frecuencia caótica, a veces descuidada, que, como medusa, atrapa: la belleza no es pura, está vida, como la verdad. En Los suplicantes (BUAP. Colección Asteriscos, 2008, 199 pp.)
Ricardo Cartas, joven escritor nacido en el año de gracia de 1978, autor de La noche de Karmatrón y Tus zapatillas suenan a sexo, e integrante del movimiento ultracostumbrista, nos ofrece una novela corta que promete mucho. Además de cautivar la atención del lector, quien debe sortear el “no saber” en que el autor lo suspende con gran maestría y con múltiples guiños, y de evitar cerrar el libro a causa de, para algunos, la crudeza del mundo que devela y en la que, al inicio, Ricardo parece regodearse, Los suplicantes nos confrontan con la realidad del poder meternos de lleno en sus entrañas: desde el poder físico y sexual hasta el más terrible: el poder que se busca, se recibe, se actúa, y envuelve como una gran telaraña.
                Perla –aliteración de la ciudad a la que posiblemente se refiere, sin dejar de ser un lugar de ficción-, es una ciudad de ángeles y apóstoles y mafias y prostitutas y seres a los que el poder atrae y avasalla. Es un lugar emblemático de la corrupción. Eso, el autor no nos lo dice en las primeras páginas ni en las de en medio, quizá él mismo no lo descubre hasta el final. Las escenas son fuertes y huelen mal, los personajes, Bizuras, el Máster, Ninón, Julio/julia, los otros, se bosquejan al hilo de la narración: nunca se muestran totalmente. En esta novela un halo de pesimismo indica que todo es pantano del que nadie sale, ni siquiera el Bizuras. Los diálogos a veces confusos, como con frecuencia lo es, son inquietantes. Las situaciones de un bajo mundo que queremos  ignorar no son irreales: nos plantan ante algo que permanece en lo obscuro, como la ciudad en la que se vive una doble moral: Perla (de los ángeles).
               En realidad, la novela nos sorprendió por su factura imperfecta y real: lealtad a ella misma y a lo que los personajes viven; por el sobresalto de un capítulo a otro, la rapidez y el misterio de la narración (“la posibilidad de que todo lo que había pensado de los apóstoles pudiera desmoronarse”): por la profundidad de su crítica ante un estado de cosas, ante una realidad que se impone es esa ciudad aparentemente angelical: “había mucha mierda que les quemaba por dentro”; por su crítica política (en el correcto sentido del término) ante un mundo de poder en que, parafraseando a RIUS, coexisten en el mismo ser los súper y los agachados: “Un suplicante no se conserva en el poder solo, siempre necesita que alguien esté dando órdenes arriba, es un eterno juego de ajedrez, nosotros movemos las piezas, pero alguien nos mueve a nosotros […], un juego de titiriteros” (frase que no puede dejar de hacernos pensar en el caso de gober-precioso/kuri/Nacif/Calderón). Todo esto, en un ritmo vehemente, nos permite decir que es Los suplicantes vale mucho la pena ser comparada y leída. Es el grito crudo de un hombre ante una situación sin salida: “Quieres decir que hemos tirado nuestra vida a la mierda por mentiras”.
                Felicidades a Ricardo Cartas por su calidad, valor y honestidad.
                Además, opinamos que se respeten los Acuerdos de San Andrés, se libere a los prisioneros de opinión, se limite el entrometimiento de las transnacionales en México, se investigue el crimen contra niños y mujeres en el país, se detenga la guerra sucia en Chiapas, se discuta a fondo el problema del Petróleo.

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