La Cantante Desafinada de René Avilés Fabila

René Avilés Fabila es un autor imprescindible para la literatura mexicana del siglo XX. Es una pieza clave para entender cómo se ha desarrollado la cultura en nuestro país.
No es gratuito que Jorge Volpi nombre en su tesis doctoral: “La imaginación y el poder” como un acontecimiento de ruptura la publicación de la primera novela de René: Los juegos.
Eran los años 60 y la generación de René cuestionaba la herencia proveniente de la generación anterior. Los Juegos significó el primer cuestionamiento satírico de la mafia instalada en la cultura mexicana desde aquéllos años. La novela fue publicada por el autor. Detalle que los puristas vieron con desprecio, pero que significó un acto simbólico: ir a contra de la oleada del stablishment que siempre termina acabando con las mejores mentes de las generaciones, parafraseando a Allen Ginsberg.
Al parecer fue una buena decisión. René ha visto en estos cincuenta años como escritor la caída de muchos relatos sociales que se pensaron inmortales: la desapareció de la URSS, la metamorfosis monstruosa de la revolución cubana, la metamorfosis doblemente monstruosa de los líderes de la izquierda en magnates demagogos y amos de la opinión pública. René ha sido testigo de la peor masacre acometida por el estado contra sus jóvenes, contra su futuro cercano. Y aunque el país para muchos puede estar mucho peor que en aquellos años, René Avilés Fabila no pierde el sentido del humor. Se ríe de sí mismo, bromea, suelta buenos jabs desde sus columnas.
No hay mejor forma de celebrar 50, casi 51 años de escritor que con un libro nuevo: La cantante desafinada, editado por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.
La literatura de René Avilés Fabila tiene como constante la renovación: novela política, crónica, minificciones, cuentos, relatos amorosos, memorias.
En este caso, La cantante desafinada es una colección de cuentos que siguen la ruta de Tantadel y La Canción de Odette y de sus relatos amorosos. La variante en este libro es su oscuridad. La mayor parte de los textos, son cuentos que tienen como centro a las mujeres encantadoramente humanas. No son las mujeres de ensueño sino de pesadillas, pero que al fin y al cabo son las que más se impregnan en la memoria. Son imperfectas, mentirosas, con dobles morales y personalidades múltiples, complejas.
Si no me equivoco la novela breve en La cantante desafinada, es la primera vez que René se acerca desde la perspectiva con rasgos góticos a la literatura. La rareza que bordea a los personajes y a la atmósfera de la historia es una característica planteada no de forma tradicional. En el propio texto se define: “Rara. En el fondo era una familia común, católica, de sentimientos nacionalistas, con los mismos valores tradicionales y fastidiosos que los demás. Su única diferencia radicaba en la ausencia de amistades”.
Las referencias a Edgar Allan Poe son visibles, pero enriquecidas con el dibujo complejo de sus personajes:
“No dejaba de ser grotesca aquella figura alta y delgada, decadente, sujetando una bolsa repleta de partituras, deambular por entre el coro dando el tono con un silbato, mientras un tipo muy gordo vestido con casimires corrientes y una corbata mal anudada esperaba impaciente y enérgico para difundir sin batuta a estudiantes universitarios de escaso talento”.
La fealdad, la extrañeza, la falta de “sentimientos” bajo la mirada de René en lugar de conmovernos, logra de manera magistral la satirización, el humor tan ausente en la literatura mexicana que siempre ha padecido de un dramatismo enfermizo al estilo de películas de doña Sara García. Si fijamos bien nuestra lectura, La cantante desafinada es un texto que va en contra del ramplón listado de “valores familiares mexicanos”:
“La soledad se intensificó, pero a ninguna de las dos les molestaba, disfrutaban el aislamiento. Sus conversaciones eran, como de costumbre, raquíticas, pero llenas de grotesca intensidad: -Mamá cuando te mueras, voy a suicidarme. Nada me gusta, todo me aburre.
Esther miraba a su hija y parecía no darle importancia al aviso. Se había hecho callada. Cuando escuchó la advertencia de su hija por tercera o cuarta vez, prefirió preguntar por el único bien inmueble que poseían: -¿Y la casa, quién se quedará con ella? Ylia estuvo pensativa un largo momento. –Nadie, que se pudra todo y que se derrumbe de vieja”.
Otro ejemplo buenísimo sobre su humor es el siguiente:
“Un día Esther se encontró sin poder caminar, las piernas le fallaban, no obedecían a las órdenes que su mente les daba. Necesitaba llegar al baño. Le fue fácil llamar a Ylia.
-¡Hijita, ven, por favor, ayúdame, no puedo mover las piernas!
Desde la sala lleg{o la indignada voz de Ylia:
-¡Mamá, por favor no me chingues, estoy ocupada!”
Y lo más contundente:
“-Creo que nací para cumplir un designio muy peculiar: contribuir a la muerte de mi padre y a matar a mi madre: ambos eran detestables”

Después de 50 años de trayectoria literaria, no se observa ni un asomo de agotamiento ni de repetición, René nos sigue manteniendo al filo de la butaca, como los buenos vinos y los buenos novelistas, ustedes ya saben. Salud.

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