Mano mala

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Había pocas probabilidades para que un policía los sorprendiera. Eso pensaron ellos. Ella apenas tenía diez y seis y él un año más. Tener sexo en un auto era un pendiente para ambos. Roberto dudó un poco en hacerle la propuesta. El auto desde hace días olía mal y ella acababa de sufrir un accidente. Había caído de las escaleras y se había roto un brazo. Para las acrobacias que se tenían que hacer dentro de un auto compacto, un brazo roto significaba molestias, pero nada que pudiera interrumpir el acto. Ambos acordaron que el domingo sería un magnífico día. Cuando los padres están metidos en los compromisos familiares y religiosos. Además, la mitad de la policía estaba fuera de servicio.

Se estacionaron. La calle era tranquila y muy oscura. De pronto apareció un hombre gordo con una sierra eléctrica dispuesto a cortas todos los huesos que se encontrara. Eso fue lo que se imaginó Roberto, aunque después reconoció que no había mejor lugar. Había recorrido toda la ciudad para dar con el lugar perfecto. La minifalda iba en ella, mostrando lo mejor, las delgadas piernas que sólo las chicas de diez y seis saben lucir, frescas como alitas de pollo en salsa BBQ. Esto lo pensó el narrador, ustedes disculpen.

A pesar de su edad y su aparente ingenuidad, Lolita ya era conocida en la prepa por sus intensos romances con varios chicos, profesores y uno que otro intendente. Roberto sabía muy bien con quién se iba a enfrentar. Él a pesar de ser del círculo de chicos rudos no había tenido una experiencia sexual completa. Así lo había confesado en una clase en donde unas chicas le preguntaron si era virgen y él contestó que a la mitad. No mintió, el tipo era muy honesto.

Creo que eso es lo que más le gustaba a Lolita, saber que ella le enseñaría uno que otro secreto. Lo llevaría de la mano como a un niño ciego.

Se estacionaron. Roberto cambió la música con movimientos nerviosos mientras ella sonreía. Se miraron. Roberto no dejaba de mover sus piernas. Su nerviosismo era monumental. Bastó el movimiento de la mano buena de Lolita para que todo iniciara. La mano buena comenzó a desplazarse por la pierna de Roberto hasta llegar al bultito que poco a poco iba creciendo hasta convertirse en una carpa de circo de tres pistas. Roberto cerró los ojos y rezó un padre nuestro en silencio. Ni siquiera en las finales de fútbol americano había sentido tanto nerviosismo.

Y el rito comenzó. La ropa fue cayendo. Piloto automático. No hace falta mayor descripción para el orden de las acciones. Todo fue fluyendo según el guión previo. La mano mala intentaba interrumpir, pero la mano buena corregía. Y aunque el coche no dejó de oler mal, la temperatura iba subiendo hasta dejar empañado los cristales. Bueno, pero creo que ya nos adelantamos mucho. Quiero decirles que para que un buen acto sexual sea memorable. Ella, la buena (buenísima) tenía que hacer el papel mustia, de chica santa. ¿Me entiendes? Entonces debe de usar “la frase”, cuando el animal furioso de Roberto intente agarrarle cualquiera de sus partecitas: “Ay, me lastimas”, obviamente esto debe estar acompañado de una retirada (aunque ella esté como olla express). Entonces el muchacho tiene que acudir a la ternura, irá poco a poco hacia ella, tomándole el cabello, besando sus hombros, recorriendo la orilla de su oreja con la lengua. Ella le responderá con besos y en forma de susurro tendría que decirle: “Cógeme”. Dentro de Roberto se escuchan unas trompetas anunciando la salida para una carrera de caballos. Y la bestia se suelta, cabalga hacia el fino cuerpo de Lolita que estaba convertida en una liebre, en una trucha que se resbalaba ante las manos del pobre y sediento Roberto.

¿Una luciérnaga? ¿La señal de Dios? No. Nada de eso. Era una luz artificial que se iba acercando sin que ellos se dieran cuenta por obvias razones.

Desde luego. Era un inoportuno policía. Que además de inoportuno ni siquiera tuvo la decencia de esperar a que los muchachos terminaran de hacer sus tareas propias de su edad. Con la misma lámpara empezó a tocar en la ventana. Roberto desempañó el cristal y de pronto sintió cómo un calambre acababa con su experiencia excitante. Ella no pudo contener su furia. Se puso su tanguita (siempre hay que guardar el pudor) y la blusa, ustedes saben,  la educación se muestra hasta en esos momentos. Abrió la puerta para increpar al mal educado ¿policía? Cuando le cayó el veinte de inmediato cambió su furia por una sonrisa de esas que tenía espléndidamente ensayada.

¿Diga oficial, ¿le puedo ayudar en algo?

El policía, que en ese momento ya estaba convertido en perro de ley  sonrió, mientras se escuchaban los gritos de Roberto que no podía aguantar el dolor que le producía el calambre.

¿Usted dirá oficial para que soy buena.

¿Se pueden imaginar esa escena? La chica más sexy a disposición de un policía. Sin embargo, al uniformado le llamó la atención la mano enyesada de la chica. Quizá hubiera pasado por alto ese detalle si no es porque el goteo de sangre era tan continuo que si seguía así pronto la chica sexy se desangraría. Lo primero que pensó el poli es que de tan caliente que estaba la muchachita ni cuenta se había dado. Pero según los cursos de primeros auxilias era prácticamente imposible que alguien pudiera perder esa cantidad de sangre sin que tuviera por lo menos un desmayo, a menos que se trata de una película de zombis. Sin embargo, no dejaba de ser hombre de carne, huesos y hormonas.

¿Se encuentra usted bien, señorita? -le preguntó el policía con la decencia de un colega inglés.

Ella iba a contestar que muy bien, que él mismo juzgara. Pero en ese momento se dio cuenta de la sangre que le estaba saliendo. Se volteó para recargarse en el auto y comenzó a llorar. El policía se sorprendió. De pronto le entró el sentimiento paternal. Él había perdido a una de sus hijas cuando era una niña. Se vio como el padre de Lolita y fue hacia ella para darle un abrazo de consuelo.

Sintió su cuerpo frío. Era normal, casi estaba desnuda y la noche era fresca. Imaginó a su hija corriendo feliz en el jardín, con la sonrisa que había heredado de su madre. El policía cerró los ojos mientras olía el cabello de Lolita. Ella se volteó aún sollozando. Él quiso decirle que todo iba a estar bien. Pero la mano mala se liberó del yeso y fue directo a los testículos del policía. Ella seguía llorando, no tenía el control de esa mano y no lo soltó hasta desprenderlos. Roberto veía todo desde la ventanilla. Lolita mostró lo que tenía en sus manos sin dejar de llorar. El aguerrido jugador de futbol americano no tuvo de otra que desmayarse.

Nada impidió que la noche romántica culminara. Ni el cuerpo del policía y mucho menos los restos de los genitales.

Roberto se presentó como si nada a la escuela. Lo único raro es que no volvió a jugar americano y hacía todo lo posible por ir al baño solo sin que nadie pudiera verlo. Ella por su parte se volvió más aplicada, siempre alzaba la mano cuando los maestros le preguntaban algo. A veces lloraba. Uno que otro notaba que del bendaje blanco salía sangre. Pero nadie decía nada, preferían terminar vivos la preparatoria.

1 Comment

  • Mano mala
    Posted September 15, 2012 1:58 am 0Likes

    Maricones, al cabo ni los necesitaban.

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