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Un cuento de Juan Carlos Hidalgo: Mezcal con soda y otros tóxicos (donde salgo soy como personaje)

Hidalgo

Existen cosas imposibles de forzar; especialmente el nacimiento de una canción. En ocasiones aunque la música esté casi acabada, la letra se escabulle. En otros momentos por más que la banda improvise durante largo rato no aparecen las estructuras correctas, los acordes, los riffs. No se le puede presionar, obligar a surgir. Ni siquiera con el estudio ya rentado y con el tiempo establecido previamente. Cuando eso sucede —y no ha sido pocas vecesMarc sabe que lo mejor es poner tierra de por medio. A veces horas, un día o hasta una semana completa. Tiene que alejarse, olvidar que estaba componiendo. Poner la mente en blanco una vez más.

Clínica ALCLA. Pabellón C. Habitación H

El tiempo allí no era lineal. Todo era curvo… cíclico; un loop eterno con escasas variaciones de cuando en cuando. Él se veía parado junto al Obelisco. Miraba pasar un tráfico intenso. Un torrente multicolor de fibra de vidrio y metal. Tenía puesto un chubasquero color mostaza. En la mano izquierda sostenía un megáfono. Miraba una y otra vez su reloj. Esperó a que dieran las seis de la tarde en punto. Encendió el aparato. Subió el volumen al máximo y dijo: Esperé este instante y no lo dejaré deslizar en recuerdos quietos ni en balas rasantes que matan”.

Cervecería La Polar. Coyoacán, DF

Desde que quedaron de verse vía Facebook en la cervecería y se presentaron, Marc supo que podía confiar en alguien a quien llamaban Churromán. El orden de las cosas parecía haberse invertido. La idea era que a él lo entrevistaran, pero un apodo como ese desbordó varias preguntas. En el inter pidieron un par de tarros campechanos de cerveza. Marc estaba seguro de que debía de tratarse de un fumador consumado y gran forjador para merecer el mote de Churromán. No podían dejar de reírse una vez que el joven le explicó que no es que fumara mucho ni que fuera un experto. El nombre venía de cuando sus amigos de la preparatoria habían descubierto que trabajaba media jornada en una churrería de sus tíos.De inmediato brotó aquello de El hombre de los churrosChurromán debía protegerles en calidad de un superhéroe fumado y proveerles materia prima, pero no lo hacía, tan sólo sobrevivió el apodo. En el ambiente del periodismo también era celebrado tal calificativo, que le servía para abrir muchas puertas.

Luego se pusieron a intercambiar preguntas y respuestas más en forma. Había venido desde Puebla para hablar con el cantante de Dorian. No era común que un grupo español escogiera México para grabar sus discos. Más bien podía pensarse lo contrario, que España despertara la ilusión de los mexicanos. La conversación fluyó de maravilla. Parecía que se conocían desde hace mucho.

Churroman le desveló parte de la historia poblana y Marc terminó por no guardarse los problemas que tuvo para terminar la composición de nuevos temas. Las cervezas se multiplicaron. Al momento de considerar el regreso a su ciudad, El Churro como también le decían reveló, como si fuera un chiste, la existencia de una Mezcalería en Puebla que se llamaba igual que el barrio en el que se habían reunido. La Mezcalería Coyoacán era propiedad de un buen amigo suyo y en ella servían más de 70 variedades de la bebida. A Marc le atraían las coincidencias; a su manera era un tanto supersticioso. Llenaba su entorno de cábalas casi tanto como los futbolistas.

Preguntó por el tiempo que tardarían en moverse para allá. Saber que hacían poco más de dos horas se convirtió en el anzuelo definitivo. Apenas pasaban de las 5 de la tarde. Churroman le dijo que lo más pesado era llegar a la terminal Tapo, pero podían tomar un taxi que los llevaría en unos 45 minutos desde el centro de Coyoacán. Pagaron y buscaron un auto de alquiler.

Después de comprar los boletos, Churroman telefoneó a su amigo Ricardo Cartas para saber si estaba libre la Casa del escritor, una especie de albergue que les facilitaban cuando algún autor presentaba un libro en la ciudad. Cartas dijo que preguntaría y quedaron de verse en la Mezcalería. Dijo también que llevaría una de sus novelas para regalársela al músico.

Leer el siglo XIX para reactivar el XXI

carreto1Ya tiene un buen de tiempo que no escribo en el Blog. Ustedes disculparán pero entre el trabajo en radiobuap.com y el doctorado y otras ondas más en las que ando metido, el sale siempre perdiendo es mi Blog. Hace unos minutos acabé de leer un largo poema de Rosa Carreto, una de las pocas escritoras mexicanas del siglo XIX. ¿Pocas? No sé si sean pocas, pero siempre son desconocidas. Es increíble es falocentrismo que existe en la literatura. ¿No están de acuerdo? Entonces díganme el nombre de 10 escritoras mexicanas sin pensarle mucho. Si usted nombró a las 10 (seguramente es estudiante de  letras) pues felicidades, pero la verdad es que muy pocos lectores ponen suficiente atención en las escritoras y bueno, ya ni hablemos de las del XIX.

Quizá para muchos la literatura mexicana del XIX no sea precisamente la más emocionante; en lo personal, lo poco que he leído me divierte mucho y me encanta imaginar los límites, los valores que guiaban a los decimonónicos. Pero bueno, ya vamos a a Rosa Carreto.

Lo primero que me gustó es el título del poema “El coscomate” (Tradición de Puebla). Sí, eso me encantó porque de inmediato mi cerebro ultracostumbrista dijo: ¡Aquí puede haber un pretexto para hacer una historia muy Ultra, Ultracostumbrista! Y sí, la historia que nos cuenta Rosa Carreto, es el amor entre Elvira y Alfonso. Ella toda virtud “más blanca que el marfil” ¿puede existir eso? y él pues ya saben, guapo entre los guapos y valiente entre los valientes. Su amor se ve acechado por la presencia de Ferriz, cuate de Alfonso. Ferriz es un enfermo jugador que todo pierde y que no le quedó de otra que pedirle a su buen amigo que lo hospede. Elvira no le gusta la idea y A Ferriz le encantan la esposa de su amigo, así que cuando Alfonso tiene que salir de su casa por unos  días para recoger una lanita, Ferriz comienza a afilar los colmillos. ¡Ahora sí se me hace! Y pues no, resulta que Elvira dijo: ¡Nanay! ¡No hay cacao! y Ferriz bastante ¿cómo decirlo? Pues enojado, juró que se las iba a pagar.

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