Ricardo Cartas

Ricardo Cartas y la literatura contestaria

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Hace unos meses escribí una breve minificción: “La metamorfosis” de Kafka y el Estado. Decía lo siguiente: “Kafka parecía distante del zoon politikón. Bien leída su asombrosa literatura revela multitud de metáforas y parábolas políticas y sociales. Al concluir la lectura política de su célebre relato “La metamorfosis”, podemos extraer una moraleja: Una de las más eficaces máquinas destructivas del espíritu se llama trabajo de oficina, mientras que no existe peor autoritarismo que el de la familia, pequeño Leviatán que se transforma en un monstruo opresor: el Estado.”

Y hace algunos años, luego de leer El animal moribundo de Philip Roth, concluí que el matrimonio es una cárcel de alta seguridad. El colmo es que la idea viene de más lejos. Para el revolucionario francés Jules Vallés, en una obra memorable, El niño, escrita antes de la Comuna de París, son las escuelas los claustros que estremecen las almas de los pequeños y de los jóvenes.

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Ahora Ricardo Cartas, un notable narrador, de muchas maneras conectado con la generación a lo que pertenezco, la de José Agustín, Gustavo Sainz, Parménides García Saldaña, al que la tonta de Margo Glantz, a falta de algo más penetrante, calificó como de “La Onda”, escribe y publica en la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco, una novela fascinante y divertida, amena: Bilopayoo Funk En ella sus personajes se mueven justo por las estrechas dimensiones, cerradas culturalmente, de una aldea y la trastocan. Son personajes irreverentes, que detestan palabras como prohibir, buenos herederos de las corrientes libertarias y en verdad democráticas y autogestionarias del 68, nacido en París y que velozmente recorrió el mundo.

Hoy, para colmo, las utopías se esfumaron, nos agobia el neoliberalismo y la frivolidad y la estupidez se han globalizado. Los sueños se esfumaron o se refugiaron en el imaginario literario y musical grueso.

Algún personaje de la farándula con sentido del humor, dijo hace poco que cómo iba a ser la Ciudad de México, una capital de izquierda, como insisten sus autoridades desde hace años, si hasta las vueltas a la izquierda están prohibidas en avenidas y calles de todos tamaños.

Si yo quería ver lo que al principio señalé, lo hallo en la novela de Cartas. Es algo que bien podríamos llamarle como Forman: Atrapados sin salida. Jóvenes acosados y hasta detestados por brujas y seres fantasmales que viven en el medievo. Pero si temáticamente me seduce, lo que más me llama la atención es su cuidada prosa, la estructura de la novela. Cuando la obra fue presentada en la Feria de Minería en la Ciudad de México, los presentadores llegamos a la conclusión de que la gran aportación es la forma en que Cartas narra sus historias. La velocidad literaria y las descripciones irónicas, siempre salpicadas de buen humor nos llevan por laberintos que producen risa o ganas de llorar ante tanta idiotez.

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Los muchachos que Ricardo Cartas nos presenta son audaces, pero el peso de la sociedad los abruma. La lucha que dan es ancestral. Nunca hemos pasado de una generación a otra sin romper valores, paradigmas y reglas. Desde que conozco a Cartas lo he visto como un escritor que con elegancia y una sonrisa siempre, destruye rejas y se salta barreras. A pesar de las diferencias de edad, nos entendemos porque ambos hemos perseguido lo mismo: la libertad, yo fracasé, me falta ser un “burócrata decente”, dudo que él llegue a serlo. En sus letras iniciales está la semilla de una gran rebeldía que no tiene fin. Hace las cosas a su muy especial manera, pero pisotea valores y lo peor es que nadie se da cuenta a pesar de que lean sus libros o escuchen sus amenos programas radiofónicos.

Desde Almoloya, donde estoy de visita temporal, un juez bondadoso sólo me dio una semana de descanso que aprovecho para escribir estas líneas. Le mando a Ricardo Cartas un saludo afectuoso, le hago llegar mi admiración por sus libros y espero que si alguien está presente en la lectura de este texto, salgan a comprar la novela de Ricardo y luego de leerla, sean libres, aunque sea por un día. Patria o muerte, beberemos. O quemaremos mota, si las autoridades lo permiten. Si no, pos también.

(René Avilés Fabila)

 

El tigre de San Baltazar

Reloj de furia el tigre se desgarra a sí mismo cuando está solo demasiado tiempo, y la materia de su vista no es la luz sino la sangre.

Eduardo Lizalde

 Aquí, a la mitad de la colina, me encuentro yo, el sardo de mi padre, mi ma’ y las chamagosas de mis hermanas. me gusta el pueblo aunque en realidad no lo es. Hay mercado, presidencia municipal, feria en enero y carnaval de huehues en semana santa; pero también se encuentran palomitas de microondas, prostíbulos elegantes y tiendas de aparatos electrodomésticos.

Enero es un mes de fiesta: los vendedores de plátanos fritos, la rueda de la fortuna, la casa de los taganeros, pulqueros y luchadores de quinto patio hacen de la avenida principal escenario perfecto para que las changuitas salgan a lucir sus mejores trapos, caminan galaneando, moviendo el cuerpecito de ajolote, salpicando miradas de ven, ven, ven. era mes de fiesta.


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A fuerza de litros de pintura (y que quede bien claro, no soy de los muchachos mojonudos que andan por las calles pintarrajeando la ciudad, esos que se dicen llamar grafite- ros) y mentadas de madre, hice que me apodaran El Tigre, así como el de santa Julia, y como el que vive en el pecho de Eduardo Lizalde.

Digo que gasté mucha pintura, porque más de un año me la pasé pintando cuanta pared hubiera disponible en el pueblo. para lograr mi distinción y mi bautizo hacía mis malandrinadas a plena luz del día, sin cuidarme en lo más mínimo de los demás. Hubo ocasiones que hasta llegaba a tocar los timbres de las casas agredidas y les decía:

—Buenos días, vecino.

—Buenas, güero, qué se le ofrece.

—Nada, sólo vengo a avisarle que un infeliz hijo de mala

madre pintarrajeó su barda. ¡mire nada más cómo la dejó!

Y el vecino o “ina”, en el mejor de los casos, salía despavorido o “ida” al mirar el recado de su pared: “aquí estuvo el Tigre de san Baltazar”. en el momento del encabronamiento, yo mostraba las manos a mis vecinos: mira güey o mira pendeja, yo soy ese hijo de pinche madre que pintó tu barda.

Mi pueblo siempre fue de albañiles, carpinteros y chachas arácnidas. Algo tendrían las tortillas que se consumen en el pueblo, porque por más claves y señales que les daba, nadie quería darse cuenta de quién era el autor de aquellas pintas.

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Todo tiene un límite y todos lo sabemos. Cuando descubrí que había gastado más de la cuenta en pintura y brochas, vino a mí una idea excelente: mandarle un anónimo a doña Linternina en el que se desenmascaraba al hijo de sardo güero como el autor de las pintas que ya estaban causando murmullos en los pasillos del mercado. Doña linternina despachaba latas de chile la morena, jabón zote, huevos o bolillos, acompañados de la nueva noticia: ¿saben quién es El Tigre de San Baltazar? pues el hijo de los güeros, y con lo decentes que se veían. Yo lo había visto con las manos manchadas pero nunca lo pensé…

El pueblo sabía de mi existencia, y sobre todo las changuitas. Bien valieron la pena las mentadas de madre que recibí de los afectados. en el baile de enero, cuando la feria está en el pueblo, los del Campeche show, Mario y sus Chaval’s y el mismísimo sonido la Changa mandaron saludos al Tigre de san Baltazar. Después del guipipipí y del tambó, tambó, tambó (en voz de eco) se oía: saludosudosudos, al Ti- gretigretigre de San Baltazarzarzar.

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Dedos me faltan para contar las changas que me llegaron esa noche. Aproveché mis instantes de fama y bailé con cuanta mujer me guiñaba el ojo. los pies fueron los primeros en resentir las consecuencias del glamour, así que tuve que ir a sentarme a alguna banqueta libre. Saqué un cigarro y pensaba, mientras lo hacía llegó un puñado de hombres a decirme:

—Ah, con que usted es El Tigre de San Baltazar.

Y yo, con el cuerpo hinchado de orgullo, les respondí: —Ey, ese mero que anda y calza.

—Pues bueno, aprovechando su buen momento, venimos

a traerle una propuesta.

—Va y que va, ustedes dirán para qué soy bueno. —pues ya sabe que en semana santa celebramos nuestro carnaval y queremos que usted sea nuestro bailador estelar.

Pero zaramba y camba la cosa. ¿Yo el bailador estrella del carnaval? imaginen eso nada más. Yo, el hijo de don sardo güero, teniendo el mismo honor de don panchito —el primer poblador y abuelo de doña linternina—, el mismo honor del padre Juanito —el evangelizador de la zona—, el mismo honor tendría El Tigre de encabezar el baile de se- mana santa. sin darle mucha vuelta al asunto, acepté. ahora tenía que enfrentar la responsabilidad de la fama.

Llegué a mi casa y le comuniqué a la familia entera sobre mi compromiso próximo:

—¿Qué creen?

—¿Qué?

—Yo seré el próximo bailador estrella del carnaval.

Mis hermanas fruncieron la cara y soltaron un ahhhhhh, como de “¿eso es todo?” mi ma’ se acercó para abrazarme y decirme lo orgullosa que estaba de mí.

—Mañana mismo voy a las Telas parisina a comprarte los mejores retazos y peluches para hacer tu disfraz. vas a ver, mi’jito, ningún ojo de san Baltazar dejará de asombrarse cuando te vean bailando con el traje que desde mañana mismo te comenzaré a hacer. ¿Cuánto costará el metro de peluche amarillo? digo, porque seguro que vas a vestirte de tigre para ese día, ¿verdad?

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La emoción de mi padre se representó con una lágrima y una palmada en mi hombro. Todas las noches me soñaba bailando con mi traje de tigre, moviéndome, disparando salvas al cielo. mi madre dedicaba noches enteras en la confección de mi traje, yo la acompañaba en las veladas mirando documentales de felinos en el Discovery Channel. Aprovechaba, también, como era domingo, para pasarle por instantes al canal 22, en donde salía Eduardo Lizalde comentando el programa de ópera. observaba a los dos tigres desde mi televisión. Eduardo Lizalde es un tigre con corbata.

El día llegó y todo estaba listo: el traje de tigre, mi bastón y el mosquetón de salva que había adaptado mi padre. los viejos huehues pasaron por mí, como es la costumbre, cerca de las once de la mañana. Estos hombres ya no son nada serios, las máscaras de españoles rabiosos, sedientos de con- quista ya no se veían, las máscaras de negritos menos, lo más negro que encontré fueron los ojos de Wini pu, el antifaz de Robin, los guantes del súper portero, los dientes del Capitán Cavernícola e Hijo, por supuesto, pero bueno, uno debe de aceptar que las cosas cambian, la costumbre siempre cambia.


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Salimos y comenzó el baile y las explosiones. La danza consistía en dar de brincos, espantar a la gente que andaba por ahí y esquivar los microbuses y combis que pasaban por la calle.

El Tigre de San Baltazar iba al frente, haciendo gala del peluche amarillo retocado con sombras negras en el lomo. Él encaminaba toda la comitiva, disparando, bailando y, como no podía faltar, degustando líquidos dionisiacos al por mayor. Los autos pasaban, cooperaban con la fiesta rociando con su humo nuestros cuerpos; la gente que iba dentro nos miraba con ojos de sapo, pellizcándose los brazos, intentando creer lo que sus ojos registraban: la pequeña guerra, el gran baile de los nuevos demonios.

El hombre que iba vestido de Wini pu se acercaba hacia mí, intentaba seguir los mismos pasos de baile y disparaba su escopetón muy cerca de mi cuerpo. varias veces lo hizo, era claro que traía algo en mi contra. su último disparo hizo cimbrar toda mi humanidad de tigre.Tigre6

—¿Qué traes, pinche Wini?

Wini no me respondía, me ignoraba y se perdía entre la multitud. ni bien estaba agarrando el ritmo, cuando otra vez estaba junto de mí el canijo oso, y volvía a disparar, y volvía a seguir mis pasos.

Todo tiene un límite, y eso bien lo saben, así que me arranqué a perseguir a Wini pu, primero sigilosamente, pero después, cuando él se dio cuenta de que lo perseguía, apuró el paso. La persecución se convirtió en una corretiza formal.

Y por más que quería perderse entre los callejones anexos a la avenida principal, no pudo. Y lo seguía con rabia y los demás huehues también, como yo era el bailador estrella, ellos tenían la obligación de seguirme hasta la muerte.

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La corretiza trascendió las fronteras. Wini pu pensó que no iba a tener valor de perseguirlo hasta las grandes avenidas de la ciudad que se estaba tragando nuestro pueblo. Ahí nos veían a todos, corriendo en sentido contrario, toreando los coches del año y autobuses. Ya eran pocos los huehues que me seguían, casi todos aprovecharon el momento de locura del Tigre para hacer un pic-nic en los camellones de las avenidas y descansar con los sobrantes del pulque, entre ellos estaban un integrante del ballet de sólo para mujeres, Robin, Dragon Bol Z y el Capitán Cavernícola.

—Ya párale, pinche Tigre.

Nada de eso, mi mirada está clavada en el culo gordo de Wini pu. Soy un tigre y mis músculos se estiran, mis piernas estallan de velocidad y furia, tal y como lo había visto en el documental del Discovery, cuando los tigres iban atrás de las cebras en medio de la selva pantanosa. estoy corriendo dándole la cara a las parrillas de los autos, Wini pu solamente está a unos metros, está ahí, intentando mover su gordura.

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Sacando esa lengua enorme de cansancio. Los colectivos me esquivan, reconocen mi calidad de tigre. unos metros más y Wini llegará al crucero, ahí tendrá que parar. autos, autos, autos, luz roja, ámbar, verde. lo puedo oler, mis colmillos, mis garras, mi piel. luz verde, Wini pu pasa, luz ámbar: un tigre nunca duda, hay tiempo: sólo el necesario para llegar a la muerte.

—¡Extra! ¡Extra! Tragedia en el carnaval de San Baltazar.

Encabezado de La Voz de Puebla, 15 de abril de 1997: “después de tremenda corretiza, un huehue, apodado El Tigre de San Baltazar es arrollado por la ruta colectiva Santa María las Palmas dejándolo occiso. Otro (Dragon Bol Z), al querer ayu dar a su amigo, fue arrollado por un microbús cortándole las dos piernas. Presentaron demanda ante el ministerio público unos hombres disfrazados de Capitán Cavernícola y Robin”.

 

 

La vida es una jodida broma

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A mis hermanos muertos en la playa

En noviembre se cumplen dos años de la muerte de mis amigos. Hoy, intentaba hallar entre los documentos perdidos el diploma que me dio la Universidad del Estado de México por mi ponencia “La inmortalidad en Jorge Luis Borges”. Todo hallé, desde las cartas de Aleyda, hasta los análisis clínicos que me hice el verano pasado. En todo momento hay que andar rascando como gusanos en el polvo, siempre en busca de algo. En el camino de mi desesperada expedición, encontré un sobre de papel reciclado que decía con letra muy pequeña “después de todo, la vida es una jodida broma”… me llenó de rabia encontrarlo ahí donde el papel está fuera de la memoria, a un paso de ser basura.

19/11/99 Carta para el Cartas o Despedida ultracostumbrista:

En la arena nunca quedarán los restos de la sangre. Lo haré por ustedes, los libraré de la costumbre. Ya sabes, viví en casas encimadas del norte por más de quince años y mi padre siempre me dijo que era igual de puto que mi abuelo, tú sabes que siempre lo fui. Su único argumento para llamarme de ese modo era mi afición por verme en los espejos. Él no comprendía nada; yo sólo quería encontrar mi belleza, algo que me diera vida. En ese caso, mi madre era más puta que yo; no era aficionada a los espejos, pero a los hombres sí. Todo esto era una jodida broma, yo sólo me miraba en los espejos y ella sí que era una puta que se arrastraba con todo y velo de buena cristiana.

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Lo haré por ustedes, sólo por ustedes, siempre hace falta algo para hacer que todo vibre. Algún día tendremos que dejar de ser los gusanos que escarbamos en el polvo. Escribí una noveleta sobre mi viaje a un pueblo de Hidalgo. Dicen que estoy atormentado desde que aquel señor de bata oriental me obligó a desnudarme en su recámara; quizá era muy niño para darme cuenta del daño. Escribo y escribo y mi cuerpo cada día es más débil. Los poetas de la ciudad me llaman ultracostumbrista. ¿Qué es eso? Ellos dicen que mis cuentos y novelas tienen el mismo propósito de Fernández de Lizardi, nunca pensé que me pudieran comparar con él; pero bueno, ellos son los poetas. Mi paisaje es dislocado, una nueva lógica de la naturaleza está llenando mis hojas. Yo sólo escribo.

La semana pasada conocí al abuelo; éste es un hombre que cumplió cincuenta años de andar en las danzoneadas; yo aproveché la oportunidad para tomarme varias fotos con él, algún día me sentiré orgulloso de tener esa foto, ya verás. Su esposa era igual a Tongolele, toda vestida con traje de fantasía y un mechón blanco en la cabeza. Me platicó que se había casado a los doce años, que su hijo más grande tenía cincuenta y que uno de sus nietos se parecía mucho a mí.

Tengo suerte de estar solo, sé que necesito a la gente, pero nunca más allá, nunca dentro de mi vida. En poco tiempo acabaré la carrera, pero lo acepto, estoy deprimido desde que regresamos del viaje?a La Habana. Oye, todo lo que me platicaste fue mentira. ¿Dónde está todo lo que se dice de la isla? La revolución se está yendo por la nariz de Pedrito, ese yonki comunista de La Habana del Este que me presentaste, y que según se había quedado en la Isla por amor a ella. Ahora sólo respira polvo blanco, pero lo entiendo, aquí también se usa para sobrevivir.

Te escribo para despedirme: me voy a la playa; sólo quiero pedirte un favor: préstame algo de dinero, llevo lo necesario para sobrevivir, pero no tengo ni un solo peso para regresar; lo que puedas prestarme, en verdad, te lo devolveré con mucho agradecimiento. ¿Ya sabes cuál es el número de mi cuenta?

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Me enteré de que te vas a Toluca, ¿cómo puedes cambiar el paraíso del Pacífico por esa ciudad de nieve? Ya te imagino sentado en la sala de conferencias de la Universidad del Estado de México, oyendo alguna frustrada idea sobre la literatura latinoamericana: bla, bla, bla. ¿Crees que algún día tendremos literatura? Me dijeron por ahí que llevas una ponencia sobre la inmortalidad en Jorge Luis Borges. La inmortalidad es un buen tema. Ojalá te puedas tomar algunas fotos, siempre es bueno tener recuerdos, dicen que las personas nunca mueren cuando alguien les roba un instante de vida con la cámara.

Me llevo a Domingo, él sí sabe vivir, nos vamos a la playa, ya no queremos saber nada de nada. Mi número de cuenta es la 6064786601, no se te vaya a olvidar. ¿Oye, cuánto tiempo durará la huella de sangre en la arena?

Atte. Ulises, el Chico de Guanabacoa

P.D. Dice Domingo que te cuides de las hemorroides que causan las bancas universitarias.

La carta sembró en mí una terrible amargura. ¿Cómo me había llegado? ¿Y cómo es posible que casi dos años después la encontrara? El dinero nunca lo envié. Ellos murieron el veinte de noviembre de 1999. Nadie sabe lo que pasó, simplemente se fueron y sus cuerpos aparecieron una semana después flotando sobre el mar del pacífico.

En los primeros días de su desaparición, la mayoría de los amigos suponían que estarían recorriendo el sureste con algunas mujeres extranjeras. Los papás de mis amigos eran los únicos que estaban preocupados. Me hablaban dos veces al día para saber si se habían comunicado conmigo, pero nada, permanecían en silencio.

Ismael y yo tomábamos café todas las tardes, nos hacíamos preguntas sobre esos dos locos: ¿En dónde se habrán metido? Ismael hizo una broma: “mira, a mí no me importa dónde puedan estar esos dos cabrones, y menos si están vivos o muertos; que me regresen mi cámara que me pidieron prestada y ya”. Reímos durante varios minutos, queríamos olvidar nuestra preocupación.

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Pasaban los días, y la gente no hallaba bromas ni pretextos para cubrir la angustia. Ahí fue donde la creatividad de los estudiantes se hizo presente, con las tesis sesudas sobre la desaparición: a) seguro se fueron de autostop por algunas carreteras angostas del país; b) ay no, lo más seguro es que hayan vendido su cuerpo a la esposa del gobernador; c) cómo creen, a mí se me hace que fue el cansancio de la cotidianidad, simplemente huyeron de todos sin avisarle a nadie.

El papá de Domingo me habló muy desesperado: “me voy a buscarlos a la playa esa donde fueron”. El señor salió de madrugada en su camioneta Nissan blanca de doble cabina, dejando tres espacios, con la esperanza de encontrar a su hijo, a su amigo, y a otro posible.

La noticia no tardó en llegar. No recuerdo qué libro estaba leyendo cuando sonó el teléfono: “Ya los encontraron, están muertos”. Algo me hacía suponer que ya lo estaban desde días atrás. Pero cuando esa voz me lo comunicó, corrí a los brazos de mi madre y lloré. Me acordé de la broma que me había hecho Rodrigo un día antes, haciendo una paráfrasis del chiste más absurdo que hacía Ulises: “¿Qué le dijo Lucía Méndez a Verónica Castro?, pues nada, porque no se hablan”. Sólo él se reía de tan soberana estupidez. Desde su celular Rodrigo inventó la segunda parte: “¿Qué le dijo el Chico de Guanabacoa al Cartas?, pues nada, porque ya está muerto”.

Después de dar el pésame a los familiares, todos los amigos fuimos al café de la plaza victoria. Fumamos y bebimos café hasta la medianoche.

Entre los amigos ya nadie se soportaba, estábamos hartos los unos de los otros. Las pláticas de los autores de fin de siglo, que antes eran nuestra gran pasión, estaban convertidas en trinchera de lamentaciones y reclamos. Me quedé solo. Ismael huyó a los Estados Unidos dejando la carrera en Leyes inconclusa, Rafael se enamoró y, aunque estudiábamos en edificios contiguos y vivíamos a unas cuantas calles, muy pocas veces lo veía. Israel se fue al Distrito Federal a estudiar algunos seminarios sobre ingeniería en audio, y yo estaba solo, platicando con los fantasmas en la meza de la plaza victoria.

Comencé a escribir y me hice novio de Aleyda. Me miraba a los ojos mientras la tierra caía sobre el féretro del chico de Guanabacoa. ¿Algún día dejaremos de rascar en el polvo?como gusanos? El papá de Domingo me hablaba a la casa para que me animara a escribir algo sobre su hijo. Yo le decía que sí, pero le intentaba explicar que ese no era un buen momento para hacerlo. Para escribir algo sobre los muertos había que extrañarlos.

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No quería pensar en el suicidio, ni en el asesinato. Sus cuerpos, después de estar toda una semana navegando como maderos en el mar, habían hecho que todas las pruebas se disolvieran. El padre los reconoció porque Domingo se había roto, durante su adolescencia, la muñeca, y al Chico de Guanabacoa, por sus pelos en el pecho, pero nada más. Todo es- taba velado.

La vida me comenzaba a tratar un poco bien. Conseguí un trabajo mediano impartiendo algunas clases en una preparatoria; aproveché el momento para salir de mi casa a la se- mana siguiente. Compartí el departamento con un francés llamado Jean. Era el clásico europeo que se creía con la calidad moral de hacerles ver los errores a los ciudadanos tercermundistas. Hablaba perfectamente el español y platicábamos horas enteras sobre el movimiento zapatista. En la cocina se hallaba un mapa enorme de la República Mexicana, y con tachuelas él iba marcando los puntos ya conocidos. Nunca le había puesto mucha atención. Un día me paré con la cabeza hecha bomba por las cervezas de una noche antes. Preparé un café y veía el enorme mapa. El francés conocía más lugares que yo, y eso que tengo más de veinte años de ser mexicano. Una tachuela amarilla señalaba las playas del pacífico, en especial las que se encuentran en el estado de Oaxaca. Jean llegó con una bolsa de pan dulce y pregunté:

—¿Ya recorriste todo el Pacífico, Jean?

—Sí, la mayoría ¿Por qué?

??—Por nada. ¿Y zipolite?

—Sí, estuve más de un mes por ahí.

—Allí murieron unos amigos.

—¿Cuándo?

—En noviembre.

—¿Eran tus amigos? Sí, escuché algo sobre la muerte de unos muchachos.

—¿Sabes algo?

—Sólo que los habían matado a puñaladas.

Una jodida broma, repetía. ¿Por qué habrá titulado así la carta? En buena hora decidió hacer de las letras símbolos. Nunca supe responder la pregunta sobre la presencia de la sangre en la arena. Casi dos años después miro la pequeña letra de mi amigo y quiero pensar que todo está bajo el polvo.

No guardo ninguna fotografía de mis amigos; ellos están muertos, creo que siempre lo estuvieron. Mientras tanto, sigo buscando mi diploma, el que me dieron por hablar sobre la inmortalidad en Borges.

#Domingo Sangriento “El Gatote Pancho”

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Hace un par de años impartí un taller de cuento en el penal de Huejotzingo. Fue una experiencia tremenda que hasta el momento recuerdo con mucho cariño. Sobre todo a un chico que escribió un increíble cuento sobre un gato modificado genéticamente (casi) que hizo que todos nos conmoviéramos. Intenté recuperar el texto original, pero no lo pude encontrar. Así que antes de que pase más tiempo y la memoria lo borre del todo, escribo lo que aún recuerdo:

El gatote Pancho

Cuando vivía con mis papás tuve un gato, un gatote que media un metro de largo y era tan gordo como un cerdo. Se hizo así de grande porque le inyecté anabólicos desde pequeño, desde que me lo regaló la vecina. Yo sólo quería saber hasta dónde podía crecer.

Lo malo no fue el tamaño sino que se convirtió en un animal muy violento. Mi mamá estaba harta de tanto desmadre con el gato Pancho. Y la cosas se puso peor cuando Pancho mató a una rata y la anduvo trayendo de aquí para allá como si fuera su mascota hasta que se aburrió. Fue casi una semana de andarla trayendo y nadie se la podía arrebatar porque ¿quién se atrevía a enfrentar al gato?

Cuando ya no fue de su agrado, la dejó en la cocina, en la mesa en donde mi mamá siempre hacía la comida. Ella se había ido a trabajar, así que aproveché el tiempo para ver qué es lo que tenía la rata adentro. Con el cuchillo de mi mamá abrí la rata, separé cada uno de sus órganos, la pelé todita hasta dejarla en huesos. Le saqué los sesos y en su cráneo entró exacto mi dedo índice.

Pancho me miraba atento, quizá un poco enojado porque veía que estaba muy entretenido  con su ex mascota. En ese momento entró mi mamá y cuando se dio cuenta de que había hecho todas esas porquerías con sus trastes, fue directo hacia mí, para agarrarme de las greñas, para decirme que estaba harta, que era un enfermo mental, que era un desquiciado, que mañana a primera hora me iba a llevar al psicólogo. El gato estaba contento y yo siempre digo que sí a todo lo que me dice mi mamá.

¿El 68 no se olvida?

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Hace un par de días René Avilés Fabila y yo platicamos sobre la gran cantidad de novelas del 68 que han quedado olvidadas. Ustedes ya saben que ese es precisamente el tema de mi tesis doctoral y bueno, RAF se llevó el tema a su columna de La crónica. Se las dejo para que la lean y comenten:

Como todos los años, el 2 de octubre es conmemorado con marchas, plantones y acciones violentas, a diferencia de las marchas que el Movimiento Estudiantil llevó a cabo, todas ellas pacíficas, a grado tal que una de ellas fue silenciosa e impresionante. Pero han pasado muchos años y el movimiento subsiste en la memoria de los jóvenes como una atrocidad borrosa, difícil de precisar. Saben generalidades. Es todo. Hace 13 años una encuesta reveló que conocían los sucesos de aquella trágica noche el 64%, ahora, Parametría llevó a cabo otra encuesta y el resultado fue una sensible disminución: únicamente el 54% sabe lo que sucedió en una masacre que costó unas 500 vidas y docenas de encarcelados y jóvenes que irían al exilio o a las guerrillas a morir en una guerra desigual y feroz.
Por ser autor de una novela sobre el tema, El gran solitario de Palacio, publicada en Buenos Aires en 1971, y reeditada unas 25 ocasiones, suelo ser invitado a platicar de mis experiencias durante el 2 de octubre y al acudir me encuentro que cada vez son menos los que tienen una idea más o menos precisa del movimiento brutalmente reprimido. Eso acaba de sucederme en Puebla el pasado 2. Pareciera ser que la memoria del hecho sangriento vive más en donde sucedió, en el DF y no en las demás ciudades del país.

Claro, hay excepciones notables, el joven escritor poblano Ricardo Cartas trabaja en una tesis sobre la literatura del 68; ello no es una novedad, pero sí la manera en que analiza el tema. Seleccionó, según me dijo, unas 40 obras que pueden ser consideradas novelas significativas sobre el 68. De todo lo escrito sobre el tema, separó los libros de tipo periodístico, como los de Elena Poniatowska y Carlos Monsiváis, y conservó los que tienen elementos de ficción y son utilizados para darle mayor peso a la historia. Aprovecha su investigación para revalorar algunas novelas. Rescata libros de calidad que no figuran más en el catálogo memorioso del país. Por ejemplo, considera que una de las principales es la de María Luisa Mendoza, difícil de obtener en este tiempo, Con él, conmigo, con nosotros tres. Y tiene razón, es notable, llena de audacias formales y observaciones inteligentes. Hay que añadir que fue testigo presencial, vivía en Tlatelolco.

Antes Gonzalo Martré hizo su propia selección, pero en ella resultaba juez y parte, pues él publicó exitosamente Los símbolos transparentes.

Coincido con Cartas en cuanto a su apreciación de la novela de La China Mendoza. Pero así son las cosas en un México sin crítica literaria, donde cada quien escribe lo que puede y con la subjetividad que se le ocurra. Es posible que cuando el tema quede en manos de investigadores literarios serios, haya una buena apreciación de todo lo escrito sobre el 68 y ponga cada obra en su correcta dimensión.

Como autor de un libro sobre el tema y lector de los restantes tengo mi opinión personal, mis preferencias. Hay que pensar que libros como Palinuro de Fernando del Paso sólo toca el movimiento tangencialmente, pero con particular talento y profundidad. Pero si bien tenemos claridad sobre la llamada novela de la Revolución Mexicana, donde están algunos de los más brillantes narradores del siglo XX, Martín Luis Guzmán entre ellos, no hay estudios serios sobre el valor estético de la literatura del 68. Lo claro es que sirvió para juzgar a un sistema represor y criminal y su utilidad en la conservación de la memoria colectiva ha sido decisiva. No fueron los medios, no fueron las autoridades posteriores, a los asesinos los juzgó y condenó el arte, la literatura.
      Hasta ahora, lo han dicho algunos analistas literarios confiables, no hay una gran obra sobre el tema, no en el campo estético, donde no hay acuerdo, sino simpatías y antipatías personales. Lo inobjetable es que todas esas novelas fueron de enorme utilidad para que los mexicanos no olvidaran la matanza de estudiantes y asimismo para juzgar a los principales responsables.
     El resto, el ver los méritos estéticos de cada novela, no ha sido cuestión de valores literarios, sino de afectos personales. Ya aparecerán las reflexiones serias y habrá una mejor manera de ver sus valores y el papel histórico que jugaron en mayor o en menor medida.
El 68 fue un parteaguas, no es el mismo México el que hoy vivimos. Sin embargo todavía debemos hacer un mayor esfuerzo para utilizar aquel movimiento estudiantil en beneficio de una transformación más profunda, que nos quite de encima un sistema político y económico injusto y nos permita dotarlo de una ideología racional, capaz de edificar una nación sin injusticias, democrático.
     De lo contrario, de nada habrá servido ese movimiento innovador, que supo enfrentar con inteligencia y sensatez a un régimen autoritario. Los jóvenes de aquella época pagamos caro el enfrentamiento. Pero sin duda valió la pena. México ha mejorado, por más que falte un buen trecho para que seamos una democracia de carne y hueso.

#Noveleta: “El tigre en su casa”

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¿A quién va usted a creer, a mí o a sus propios ojos?

Groucho Marx

I.

En las primeras horas del día, cuando apenas se había cerrado el expendio de tripas, el Tigre se quitaba el delantal ensombrecido, salpicado, hediendo.

Se quedaba desnudo frente al espejo y veía con tristeza que del cuerpo del Tigre ya quedaba muy poco, de aquélla furia que lo hizo ser leyenda, ahora sólo quedaba una barriga, una hernia, el colesterol alto y el aire de soberbia de los que siempre acostumbran dar consejo. Después del baño se ponía el traje negro, cruzado, con camisa blanca y corbata roja. El mismo traje de hace diez años que lo hacía verse como un chorizo mal amarrado. Encendía las diez televisiones de caja que había conectado en línea que ocupaban una pared entera. La imagen era la misma de cada noche. El concierto de 1981 en Viña del Mar de José Luis Perales. Tenía montado un pequeño escenario con luces de colores, las demás paredes estaban rodeadas de series navideñas, con la intención de ver en su mundo las antorchas del público.

Por las mañanas el Tigre era otro, bermudas verdes, camisa hawaiana y botas texanas. A sus cuarenta y dos años no le importaba mucho lo que la gente dijera de él. Y es que para el pueblo, el Tigre no era cualquier gato, era el consejero sentimental que había ayudado a casi todas las parejas a conservar sus matrimonios. Era muy común decir en los momentos de crisis marital: “¿Ya fuiste con el Tigre?” “Ve y échate unos tacos con el Tigre y vas a ver”. La gente lo quería aunque sus tacos le habían provocado infecciones a la mitad del pueblo. Hubo casos que nada más iban por el consejo aunque ni siquiera tocaran los tacos; claro, siempre pagaban la orden completa, pero el Tigre se ofendía y daba a regañadientes el consejo, así que la gente lo tomaba como parte del costo y se aguantaban, tenían que tragar los trozos de tripas, soportar las pequeñas burbujas hirvientes de manteca dentro de las bocas.

Las capacidades del Tigre iban más allá de los hombres con experiencia. Sus consejos tenían la autoridad de la predicción. A través de los rostros de las personas podía distinguir el destino, los caminos que podrían tomar sus vidas. Los consejos maritales eran los más recurrentes, pero la fama y la efectividad del Tigre fue tanta, que durante un tiempo la televisión local lo visitaba para preguntarle por los resultados del beisbol, el clima, el resultado de las próximas elecciones. Llegó a tener una sección de cinco minutos en donde siempre predecía el destino de algunos televidentes que hablaban por teléfono, aunque para esto se tenía que quitar el disfraz de tigre taquero y convertirse en una especie de chamán, diseñado para el gusto de las señoras de pueblo. Y entonces la fama siguió creciendo, creciendo y creciendo. La verdad es que para los deportes nunca fue muy bueno, tenía temas que dominaba a la perfección como el futbol americano de chicas en bikini, el cricket, la pelota vasca y el pin-pon, pero lo que era el futbol, beisbol y la charrería nunca podía ver los resultados con claridad; para ser más específico, siempre veía de forma muy clara los resultados, pero los marcadores no coincidían con su predicción. Wini le decía que era algo normal; que el gran problema es que el Tigre veía la verdad.

-Es que no te entiendo –le decía el Tigre.

-¿No puedes entender que los resultados que tú ves son el destino, pero que ellos lo modifican?

-Pero entonces no veo el destino, sabrá qué diablos veo…

Y entonces el Tigre entendió que realmente el destino no existía y que era tan frágil que bastaba poner en medio a un idiota con dinero para que todo cambiara. Entonces, dejó todo el ritual chamánico y mandar al diablo la televisión que solo le pagaba $300 por cada hecho que le atinara. Claro, eso es lo que en su biografía dirá muy seguro, pero en realidad dejó la televisión porque lo grabaron recibiendo una maleta de dinero para que dijera ante las cámaras que los Popoca iban a perder las próximas elecciones. Los socios de la televisora al ver la imagen pegaron el grito en el cielo no por la inmoralidad del hecho, sino por la traición del Tigre.

-¿Cómo está eso de que hizo el negocio a espaldas de la empresa que lo hizo famoso?

Para colmo los Popoca ganaron la elección y el Tigre se convirtió en un apestado del gobierno municipal. Intentaron clausurar varias veces la taquería y la campaña de desprestigio era diaria y llena de mentiras que nunca llegó a crecer.

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