Quinceañeras

Tragedia en fiesta de quince años

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Me cargaba. Me jodía. Me llevaba el diablo cada vez que mis padres me decían NO: seco. Cachetadón sorpresivo. Tan corta y escueta fue la respuesta que no había por dónde entrarle. Y la cosa se ponía peor cuando les reclamaba y siempre repetían: N-O, separadito como si no supiera. Asústame. A todo No.

     No: cuando les pedí permiso para quedarme en la cabaña de Polimarch después de los quince años de Nuria, la más hermosa, la reina del in-out imaginario.

     La idea era ir a la fiesta, bailar, echar unas cubas sin que nadie se diera cuenta y de ahí salir a Valsequillo para poder seguir la fiesta sin la presencia de los ojos adultos.
No importó ninguno de mis argumentos. Les expliqué que ya estaba a punto de cumplir los dieciséis y que ya lavaba mis calzones.

Mi abuela siempre me decía: “Chamaco, ni tus calzones lavas y ya quieres novia”. Al otro día lavé hasta los de mi papá para aumentar las probabilidades. Nada. No les importó, su respuesta fue: ENE-O: No. ¿Y los de mi mamá? ¿Qué dices? Lavo los de mi mamá. Sáquese a ver a dónde: “Si quieres, ve a la fiesta y vamos por ti a la una de la mañana, pero nada de que te vas a dormir a Valsequillo”. Ni hablar ¿Qué se podía hacer?

     Fui muy contento a los quince con trajecito nuevo. Mis compañeros no tardaron en burlarse. No había nada peor que presentarse en una fiesta con las etiquetas de rebaja colgando:

    -No. Te digo; no tuve de otra: van los caracoles, bien pintaditos, salpicones y los chispé. Sáquense. No me podía entretener con unos zombis fresones come firlos. Si no me habían dado licencia para emborracharme como dios manda en la cabaña del Polimarch, por lo menos no podía dejar que se me fuera viva Nuria la quinceañera.

      Polimarch me dio una cuba y me preguntó si por fin iba a ir con ellos a la cabaña.
-No lo sé -le contesté. Todo depende si logro conquistarla. Si me va mal, estaré con ustedes. Si todo sale bien ni pregunten.
No puede ser. El señor con traje de pingüino elegante pidió que le pusiéramos atención. ¡Suegro! Total. Ya sabía cuál iba a ser el discurso, mientras tanto me empinaba las cubetas con singular alegría, claro, sin quitarle el ojo a la quinceañera que no dejaba de sonreír y recibir abrazos. No era el momento. ¿Cómo se me podía ocurrir ligarme a una quinceañera en su día y con ese vestidote? Todo un reto. No había ni un minuto libre para llevármela a lo oscurito y darle sus besotes. Otro día. Sí, claro, como siempre. Ay para mañana.

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Y horror. Después el maestro de ceremonias llamó al padrino para dirigir las palabras: “Sí, cómo no. Déjame inspirarme: Nuria, hija, linda princesita, aún recuerdo la primera vez que vomitaste, tus pañales perfumados a jardín…(espacio porque el padrino está sosteniendo el llanto). Princesa linda: bla, bla, bla. Choro rosa, rosado de la colina. Y lo peor de todo es que ese padrino tenía una cara de cerdo morboso que nadie se la quitaba. Hasta la propia quinceañera se le antojaba. Eso seguro. Toda la banda no se aguantaba la risa con el discursazo: pero lo peor, lo peor fue que el desgraciado de Polimarch que en ese momento estaba junto a mí, gritó uno de esos piropos guarros que aprendió con el profesor de lenguaje. Yo estaba muerto de la risa, pero en un par de segundos todo el salón se quedó en silencio. Todos me miraban como si yo hubiera sido aquél. Polimarch desaparecido.

      Hasta la propia Nuria me veía con cara de maldito, solo vienes a echar a perder mi fiesta de quince que con tanto esfuerzo organizaron mis papás. Deuda transgeneracional. Bueno, la verdad es que ella fue la primera en carcajearse. Así que no tuve de otra que pararme y alzar mi copa: “Salud por la quinceañera más chula del mundo”. Polimarch que siempre se la pasaba saltando de mesa en mesa, se fue a refugiar a la de los más gandallas que de inmediato me hicieron segunda para relajar el estrés del momento: ¡Viva! –gritaron en coro. Y después, ya envalentonado que le sigo: ¡Viva la mamá, el papá y el padrino cachuchero! El coro con todos los amigos se arrancaron con un viva que llenó todo el salón. DJ Flo puso la rola de moda y toda la muchachada se lanzó a la pista. A nadie le importó que el padrino no hubiera terminado el discurso y que la quinceañera no hubiera bailado el vals con sus sexy chambelanes vestidos de guerreros aztecas.

     La cosa se ponía durísima. Fea. El papá de la quinceañera estaba como en toriles, sacando fuego por todos sus orificios, buscando al responsable para descuartizarlo y hacerlo carnitas. Pero yo estaba a las vivas como oso coala camaleónico, abusado de que no me fuera a encontrar antes de declararle mi amor a la quinceañera.

Fui a la pista, mero en el centro para que nadie me viera. Andaba con un ojo al gato y otro al garabato. Eso sí, sin dejar mi cuba por nada del mundo. El Pirrín y sus amigos formaron una especie de muralla china por donde nadie podía pasar. “Ahí viene”, gritaba alguien y de inmediato me cubrían. Además, todo sucedía mientras DJ Flo ponía “No rompas más” de Caballo Dorado. Lo malo es que tampoco podía ir en busca de mi amada quinceañera. Mi torpeza era olímpica. Y el tiempo pasaba y con tanta cuba el viaje al baño se hacía inevitable. En las primeras veces algunos compas me acompañaban, pero después ni quien hiciera el paro. Al papá se le había pasado el coraje. Y estaba brinda y brinda con sus compadres. Por más atento que me ponía con la quinceañera, siempre salía otro más gandalla y a esperar. No había de otra.
DJ Flo me cayó bien. Tenía unas rastas que le llegaban hasta las nalgas y me había salvado la vida, pero lo mejor eran sus bromas en el micrófono. Una buena fue haber llamado al novio de la festejada a la pista. Algo sabía. Imagínense. En ese momento me sentí muy mal. No sabía que Nuria tuviera novio. La escena fue tremenda, parecía que los hubieran llamado por media docena. Por lo menos unos seis o siete chavos se pararon desde distintos puntos del salón. Se miraron como vaqueros a punto de disparar y salieron corriendo hacia el centro de la pista. Seguro pensaron que el primero sería, por lo menos, el oficial. Y entonces el coraje del papá volvió. Pobre hombre. Llevaba más corajes que árbitro de la segunda división. Colmo.

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     El primer tipo que se le puso enfrente fui yo:

    -Buenas noches suegro, está re buena su…fiesta
El tipo se puso rojo y de inmediato gritó:
-¡Te voy a arrancar los huevos hijo de tu pinche madre!
En ese momento sentí que se me hacían chiquitos. Mis amigos lo detuvieron y yo me fui corriendo mientras miraba el reloj timex. Claro. Ya era la hora en que mis papás tendrían que estar afuera, esperando a su doncello.
Bólido despegando. Algunos cuates, entre ellos el Polymarch me hicieron segunda. Apenas vi la cabeza de Poli saliendo del portón del lugar para gritarme:
-Te esperamos en Valsequillo, mañana seguirá la fiesta –dijo, muriéndose de la risa, la cual no le debió durar mucho porque una mano salió en busca de su copete. Seguro el suegro y entonces yo reí. ¡Cómo quiero a mis papás aunque sean unos ñoños!