Pachuca

Lo que uno vive antes de ir al partido de Lobos BUAP

LobosPachuca

Los sábados por la tarde es el mejor horario para el futbol; bueno, por lo menos es lo mejor para mí. La jornada 3 estaba preparada para un encuentro quizá no muy apetitoso para la afición de Lobos (creo que para ninguna); sin embargo, después de la goliza que me metió Lobos a Gallos supuse que habría un poco de más de gente que en el primer partido.

Así que tomé mis precauciones. Fui a medio día a C.U. a conseguir un par de boletos para la cabecera norte en donde estaría con la banda de la Vagancia. El departamento en donde vivo está muy cerca y tardé 5 minutos en llegar. Entré y me estacioné en la taquilla en donde no había ni un alma. Me sentí bien, pero también muy mal, cómo era posible que nadie estuviera interesado en comprar boletos para hoy. Llegué y luego, luego me batearon:

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Un cuento de Juan Carlos Hidalgo: Mezcal con soda y otros tóxicos (donde salgo soy como personaje)

Hidalgo

Existen cosas imposibles de forzar; especialmente el nacimiento de una canción. En ocasiones aunque la música esté casi acabada, la letra se escabulle. En otros momentos por más que la banda improvise durante largo rato no aparecen las estructuras correctas, los acordes, los riffs. No se le puede presionar, obligar a surgir. Ni siquiera con el estudio ya rentado y con el tiempo establecido previamente. Cuando eso sucede —y no ha sido pocas vecesMarc sabe que lo mejor es poner tierra de por medio. A veces horas, un día o hasta una semana completa. Tiene que alejarse, olvidar que estaba componiendo. Poner la mente en blanco una vez más.

Clínica ALCLA. Pabellón C. Habitación H

El tiempo allí no era lineal. Todo era curvo… cíclico; un loop eterno con escasas variaciones de cuando en cuando. Él se veía parado junto al Obelisco. Miraba pasar un tráfico intenso. Un torrente multicolor de fibra de vidrio y metal. Tenía puesto un chubasquero color mostaza. En la mano izquierda sostenía un megáfono. Miraba una y otra vez su reloj. Esperó a que dieran las seis de la tarde en punto. Encendió el aparato. Subió el volumen al máximo y dijo: Esperé este instante y no lo dejaré deslizar en recuerdos quietos ni en balas rasantes que matan”.

Cervecería La Polar. Coyoacán, DF

Desde que quedaron de verse vía Facebook en la cervecería y se presentaron, Marc supo que podía confiar en alguien a quien llamaban Churromán. El orden de las cosas parecía haberse invertido. La idea era que a él lo entrevistaran, pero un apodo como ese desbordó varias preguntas. En el inter pidieron un par de tarros campechanos de cerveza. Marc estaba seguro de que debía de tratarse de un fumador consumado y gran forjador para merecer el mote de Churromán. No podían dejar de reírse una vez que el joven le explicó que no es que fumara mucho ni que fuera un experto. El nombre venía de cuando sus amigos de la preparatoria habían descubierto que trabajaba media jornada en una churrería de sus tíos.De inmediato brotó aquello de El hombre de los churrosChurromán debía protegerles en calidad de un superhéroe fumado y proveerles materia prima, pero no lo hacía, tan sólo sobrevivió el apodo. En el ambiente del periodismo también era celebrado tal calificativo, que le servía para abrir muchas puertas.

Luego se pusieron a intercambiar preguntas y respuestas más en forma. Había venido desde Puebla para hablar con el cantante de Dorian. No era común que un grupo español escogiera México para grabar sus discos. Más bien podía pensarse lo contrario, que España despertara la ilusión de los mexicanos. La conversación fluyó de maravilla. Parecía que se conocían desde hace mucho.

Churroman le desveló parte de la historia poblana y Marc terminó por no guardarse los problemas que tuvo para terminar la composición de nuevos temas. Las cervezas se multiplicaron. Al momento de considerar el regreso a su ciudad, El Churro como también le decían reveló, como si fuera un chiste, la existencia de una Mezcalería en Puebla que se llamaba igual que el barrio en el que se habían reunido. La Mezcalería Coyoacán era propiedad de un buen amigo suyo y en ella servían más de 70 variedades de la bebida. A Marc le atraían las coincidencias; a su manera era un tanto supersticioso. Llenaba su entorno de cábalas casi tanto como los futbolistas.

Preguntó por el tiempo que tardarían en moverse para allá. Saber que hacían poco más de dos horas se convirtió en el anzuelo definitivo. Apenas pasaban de las 5 de la tarde. Churroman le dijo que lo más pesado era llegar a la terminal Tapo, pero podían tomar un taxi que los llevaría en unos 45 minutos desde el centro de Coyoacán. Pagaron y buscaron un auto de alquiler.

Después de comprar los boletos, Churroman telefoneó a su amigo Ricardo Cartas para saber si estaba libre la Casa del escritor, una especie de albergue que les facilitaban cuando algún autor presentaba un libro en la ciudad. Cartas dijo que preguntaría y quedaron de verse en la Mezcalería. Dijo también que llevaría una de sus novelas para regalársela al músico.

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