Cuento ultracostumbrista

Por fin ¡Los gorilas en el Oxxo, Otzo o como quieran

Vaya, vaya, después de quién sabe cuántos años por fin aquí están los Gorilas en el Oxxo, Otzo o como quieran. Resulta que un día escuché que había una banda de rock en Puebla que tenía el fabuloso nombre de Gorilas en el Oxxo. Desde que me enteré me dije: ¡Cartas, tienes que hacer un cuento con ese título! Pero pasaron muchos años, no sé, por lo menos unos cinco para que lo escribiera y bueno, aquí está. Espero que les haga pasar un momento ácido.

Berlioz el fotógrafo

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Lo primero que uno se preguntaba al ver las fotografías de Berlioz era cómo le hacía para captar ese brillo en las miradas de las novias. Mucho tiempo me lo pregunté y en poco tiempo lo averiguaría.

El estudio fotográfico de don Berlioz era el único lugar del pueblo en donde se podía ver a la gente sonreír, desde los clásicos retratos de recién nacidos haciendo caritas, quinceañeras y hasta árboles genealógicos, todos con cierto grado de calidad, pero donde nadie lo superaba era en los retratos de recién casados, perdón, de las novias quise decir.

Sacarse las fotos de bodas con él, al pasar de los años, se había convertido en una superstición entre las nuevas parejas. Con decirles que las madres, organizadoras eternas de estos ritos, antes de pensar en el menú de la fiesta o en los arreglos florales de la iglesia, apartaban lo más pronto posible un lugar con don Berlioz para que le sacara a sus hijas la foto del recuerdo.

—Ve con don Ber, hija, ni se te ocurra ir a otro estudio, ya ves lo que le pasó a la Charito por irse con el otro fotógrafo baratero; hasta con la boca chueca salieron y parece mentira pero mira cómo les fue; no tientes al chamuco, m’ija, y mejor vete con don Ber que su mano hasta la fecha nunca nos ha fallado.

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Y parecía imposible que la cámara de este hombre pudiera tener tanta magia y con tan sólo un clic bendijera y perpetuara la felicidad de los jóvenes casaderos.

Comencé a trabajar con don Ber cuando terminaba el tercer año de secundaria. Todos los días pasaba por su estudio, observaba las fotografías de las abuelitas mirando a la nada, niñas de coletas, familias enteras teniendo de fondo chimeneas y árboles de cartón, pero nada se comparaba con el resplandor de las sonrisas de las novias. Los muchachos por lo regular aparecían con cara de arrepentimiento, como presintiendo el destino de su vida marital, pero ellas todo lo contrario: sus cuerpos se mostraban relajados, airosos, con sonrisas brillantes.

Una de las pocas imperfecciones que pude notar fue que los ojos al momento del disparo, ¡pum!, como que miraban al cielo. A la gente no le incomodaba en nada esa cuestión, es más, llegaron a decir que ése era el toque mágico de don Ber, y que con tal de que les echara la bendición tomándoles la foto bastaba.

El trabajo aumentó y Berlioz tuvo que empezar a contratar nuevo personal. En la caminata hacia mi casa vi el letrero que decía: “Se solicita muchacho sereno y que muestre sensibilidades extras”.

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Nunca entendí ese requisito, pero en ese momento hice acto de presencia con don Ber. Él estaba sentado encima de una mesa y al verme entrar con el anuncio de inmediato se paró, me observó rápidamente y sin que yo le dijera nada coreó la bienvenida:

—Desde hoy es tuyo el puesto, muchacho, de lejos se te ve, y más con ese libro de poesía, que eres un muchachito muy sensible, ven para acá, te voy a enseñar tu oficina.

Y bueno, don Ber ya estaba convencido de mis sensibilidades extras, espero que no se haya dejado llevar por el libro que traía en el brazo, porque en realidad no era un libro de poesía sino el compendio de física que cargaba todos los días con el fin de aprovechar el tiempo, mi examen extraordinario se acercaba.

Seguí al hombre por los cuartos de revelado, baño y archivos hasta llegar a una puerta que nos llevaba al lugar clave del negocio, así lo dijo. Cuando por fin llegamos a lo que iba a ser mi oficina, me advirtió que no era un trabajo complicado, pero que sí era necesaria cierta concentración y, sobre todo, ritmo; según él, ritmo era lo que tanta falta le hacía al mundo.

—Por eso usted ni se preocupe —le dije. No es por nada pero eso es lo que me sobra, hasta la fecha no ha habido mejor bailador en el pueblo que yo, eso se lo aseguro.

Llegamos a mi escritorio, el cual estaba muy limpio y perfectamente ordenado. Al ver el escenario, una voz desde mis cavernas gritó: ¡a huevo! ni mi padre, que en paz descanse, pudo tener una oficina como ésta.

—A ver, muchachito —me dijo Berlioz—, tu trabajo se basa en jalar esta cadenita cada vez que se prenda el foco que está en tu escritorio. A ver jálale. Y bueno, yo le jalaba.

—Otra vez —ordenaba Berlioz—. ¡Eso! muy bien, si hasta parece que naciste para este negocio.

Y yo con mi cara de “osss, abuelito soy tu nieto”, aunque no lo puedo negar: el trabajo era tan simple que hasta llegué a sentir remordimientos por el buen sueldo que me ofreció el viejo, pero bueno, no cualquiera nace con esta estirpe fandanguera.

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Y así me tuvo por varias horas jalando la cadenita del techo, ejercicio clave para el negocio de las fotografías. Después de que ya había dominado el ritmo base, que era según Berlioz el que más se utilizaba, continuó enseñándome los movimientos violentos; el latigazo, la carambola, así como el un, dos, tres probando; todos ellos considerados unas excentricidades pero había que tenerlas preparadas para todas las novias que ya habían conocido mundo; sinceramente, el que más trabajo me costó fue el de afilador de cuchillos, pues este incluía un ritmo lineal y a la vez una serie de círculos al revés y al derecho, nada imposible de lograr, en dos semanas todo estaba bajo control.

El negocio caminaba en regla, los clientes llegaban y si no eran prospectos de matrimonios simplemente los pasaba con sus ayudantes. Berlioz ni siquiera se tomaba la molestia de atenderlos, pero eso sí, cuando una pareja llegaba los invitaba a tomar asiento, les servía una copa de vino blanco y brindaba con ellos por su felicidad. La hembra, con el permiso del novio, pasaba primero al cuarto escenográfico, pero no piensen mal, lo único que hacía mi patrón era hablar con la mujer acerca de sus nuevas responsabilidades de hembra; les decía: a ver, mi niña, párese ahí mero donde está el círculo en el piso, mientras Berlioz estaba en el sermón la señal en el foco me anunciaba el comienzo de mi trabajo. Desde abajo sólo se podían oír risas y jadeos; yo, simplemente movía la cadena con el mayor ritmo posible siguiendo el diagnóstico de mi patrón.

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Los novios, en ningún momento se molestaron de que Berlioz pasara esos instantes con ellas; es más, tanta era la fe que le tenían al clic de don Ber que no faltaba el hombre precavido que dejaba a su prometida veinticuatro horas antes con el santo niño Berlioz, todo con la intención de que llegara bien preparadita para el día de su boda.

Cuando llegaban esos casos al estudio se lograban fotografías realmente increíbles. Tanta fue la fama de don Ber que hasta peregrinaciones le organizaban, sobre todo mujeres con uno o dos fracasos matrimoniales en su historial.

?Pero como todo, después del clímax viene el descenso. Tanta era la clientela que a don Ber le dio por conseguir aparatos que ayudaran a facilitar el trabajo. Para esa época, yo ya estaba acostumbrado a realizar el movimiento de afilador con la mano derecha y con la otra el un, dos, tres probando, pero más no se podía hacer. Fue ahí donde Berlioz decidió utilizar las nuevas tecnologías, ya que se negaba a contratar a más gente pues de esa manera se arriesgaba a que su secreto se develara.

—Mira nada más todo lo que pueden hacer estas máquinas, y pensar que invertí dos semanas para enseñarte todos los ritmos.

Para ese entonces Berlioz ya no era el mismo anciano con “sensibilidades extras”, sino un anciano decrépito y codicioso. El sistema que había adaptado mi jefe era perfecto, el negocio siguió creciendo, los círculos en donde descansaban las novias se habían multiplicado en los corredores, baños, hasta en la entrada de la oficina; las colas de recién casados aumentaban.

Los novios tenían que esperar en las banquetas su turno para tomarse la foto con sus respectivas esposas. Ahora ya no hacían ningún movimiento, todo estaba autorizado y sólo tenía que aplicar los comandos que se requerían. Si don Ber me decía que en el círculo tres se necesitaba una ligera carambola, marcaba las teclas y asunto arreglado, que en el doce se requiere un latigazo, lo mismo. los jadeos y las risas se convirtieron en coros; sin embargo, los movimientos extravagantes comenzaron a caer en desuso. El patrón decía que los movimientos dependían de la intensidad de la mirada, si llegaba una picarona, el que le correspondía era una carambola simple, para las desairadas un latigazo, y para las que irradiaban fuego el un, dos, tres probando era el preciso; según la expresión de la mirada era la prescripción médica; ya saben, en los buenos negocios como en el estudio de Berlioz no se da lo que pide el cliente, sino lo que le haga falta.

Y a pesar de que las parejitas llegaban a puñados, la variedad de los movimientos cayeron en desuso, Berlioz me explicaba que las mujeres suelen cambiar con el tiempo, pero me confesó que nunca había visto algo igual en su carrera de fotógrafo. “Parece, muchacho”, concluyó, “que las buenas chicas se están extinguiendo”. Y al parecer tenía razón, pues en los tres meses que pasaron, el ritmo de afilador jamás se usó, después el un, dos, tres probando hasta quedarnos sólo con el movimiento clásico. Las risas y los jadeos que inundaban el estudio se habían esfumado. El negocio no decaía en sus ganancias pero a falta de naturalezas equilibradas Berlioz cayó en depresión. El vino y el trato personal que daba a las novias habían desaparecido. Después comenzaron los divorcios y la gente rumoraba que don Ber era un farsante, que el rito que había inventado sólo era un pretexto para aprovecharse de las muchachitas. Desde luego no hubo acusaciones formales, pero el trabajo decayó y desde mi oficina sólo se oía de vez en cuando:

 clic,

los que siguen

clic

los que siguen

clic siguen

A pesar de todo me sentía más tranquilo; no comprendía mucho lo que pasaba, así que sólo me atenía a obedecer los pocos comandos que me encargaba Berlioz y abrir de vez en cuando el compendio de física.

 

La vida es una jodida broma

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A mis hermanos muertos en la playa

En noviembre se cumplen dos años de la muerte de mis amigos. Hoy, intentaba hallar entre los documentos perdidos el diploma que me dio la Universidad del Estado de México por mi ponencia “La inmortalidad en Jorge Luis Borges”. Todo hallé, desde las cartas de Aleyda, hasta los análisis clínicos que me hice el verano pasado. En todo momento hay que andar rascando como gusanos en el polvo, siempre en busca de algo. En el camino de mi desesperada expedición, encontré un sobre de papel reciclado que decía con letra muy pequeña “después de todo, la vida es una jodida broma”… me llenó de rabia encontrarlo ahí donde el papel está fuera de la memoria, a un paso de ser basura.

19/11/99 Carta para el Cartas o Despedida ultracostumbrista:

En la arena nunca quedarán los restos de la sangre. Lo haré por ustedes, los libraré de la costumbre. Ya sabes, viví en casas encimadas del norte por más de quince años y mi padre siempre me dijo que era igual de puto que mi abuelo, tú sabes que siempre lo fui. Su único argumento para llamarme de ese modo era mi afición por verme en los espejos. Él no comprendía nada; yo sólo quería encontrar mi belleza, algo que me diera vida. En ese caso, mi madre era más puta que yo; no era aficionada a los espejos, pero a los hombres sí. Todo esto era una jodida broma, yo sólo me miraba en los espejos y ella sí que era una puta que se arrastraba con todo y velo de buena cristiana.

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Lo haré por ustedes, sólo por ustedes, siempre hace falta algo para hacer que todo vibre. Algún día tendremos que dejar de ser los gusanos que escarbamos en el polvo. Escribí una noveleta sobre mi viaje a un pueblo de Hidalgo. Dicen que estoy atormentado desde que aquel señor de bata oriental me obligó a desnudarme en su recámara; quizá era muy niño para darme cuenta del daño. Escribo y escribo y mi cuerpo cada día es más débil. Los poetas de la ciudad me llaman ultracostumbrista. ¿Qué es eso? Ellos dicen que mis cuentos y novelas tienen el mismo propósito de Fernández de Lizardi, nunca pensé que me pudieran comparar con él; pero bueno, ellos son los poetas. Mi paisaje es dislocado, una nueva lógica de la naturaleza está llenando mis hojas. Yo sólo escribo.

La semana pasada conocí al abuelo; éste es un hombre que cumplió cincuenta años de andar en las danzoneadas; yo aproveché la oportunidad para tomarme varias fotos con él, algún día me sentiré orgulloso de tener esa foto, ya verás. Su esposa era igual a Tongolele, toda vestida con traje de fantasía y un mechón blanco en la cabeza. Me platicó que se había casado a los doce años, que su hijo más grande tenía cincuenta y que uno de sus nietos se parecía mucho a mí.

Tengo suerte de estar solo, sé que necesito a la gente, pero nunca más allá, nunca dentro de mi vida. En poco tiempo acabaré la carrera, pero lo acepto, estoy deprimido desde que regresamos del viaje?a La Habana. Oye, todo lo que me platicaste fue mentira. ¿Dónde está todo lo que se dice de la isla? La revolución se está yendo por la nariz de Pedrito, ese yonki comunista de La Habana del Este que me presentaste, y que según se había quedado en la Isla por amor a ella. Ahora sólo respira polvo blanco, pero lo entiendo, aquí también se usa para sobrevivir.

Te escribo para despedirme: me voy a la playa; sólo quiero pedirte un favor: préstame algo de dinero, llevo lo necesario para sobrevivir, pero no tengo ni un solo peso para regresar; lo que puedas prestarme, en verdad, te lo devolveré con mucho agradecimiento. ¿Ya sabes cuál es el número de mi cuenta?

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Me enteré de que te vas a Toluca, ¿cómo puedes cambiar el paraíso del Pacífico por esa ciudad de nieve? Ya te imagino sentado en la sala de conferencias de la Universidad del Estado de México, oyendo alguna frustrada idea sobre la literatura latinoamericana: bla, bla, bla. ¿Crees que algún día tendremos literatura? Me dijeron por ahí que llevas una ponencia sobre la inmortalidad en Jorge Luis Borges. La inmortalidad es un buen tema. Ojalá te puedas tomar algunas fotos, siempre es bueno tener recuerdos, dicen que las personas nunca mueren cuando alguien les roba un instante de vida con la cámara.

Me llevo a Domingo, él sí sabe vivir, nos vamos a la playa, ya no queremos saber nada de nada. Mi número de cuenta es la 6064786601, no se te vaya a olvidar. ¿Oye, cuánto tiempo durará la huella de sangre en la arena?

Atte. Ulises, el Chico de Guanabacoa

P.D. Dice Domingo que te cuides de las hemorroides que causan las bancas universitarias.

La carta sembró en mí una terrible amargura. ¿Cómo me había llegado? ¿Y cómo es posible que casi dos años después la encontrara? El dinero nunca lo envié. Ellos murieron el veinte de noviembre de 1999. Nadie sabe lo que pasó, simplemente se fueron y sus cuerpos aparecieron una semana después flotando sobre el mar del pacífico.

En los primeros días de su desaparición, la mayoría de los amigos suponían que estarían recorriendo el sureste con algunas mujeres extranjeras. Los papás de mis amigos eran los únicos que estaban preocupados. Me hablaban dos veces al día para saber si se habían comunicado conmigo, pero nada, permanecían en silencio.

Ismael y yo tomábamos café todas las tardes, nos hacíamos preguntas sobre esos dos locos: ¿En dónde se habrán metido? Ismael hizo una broma: “mira, a mí no me importa dónde puedan estar esos dos cabrones, y menos si están vivos o muertos; que me regresen mi cámara que me pidieron prestada y ya”. Reímos durante varios minutos, queríamos olvidar nuestra preocupación.

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Pasaban los días, y la gente no hallaba bromas ni pretextos para cubrir la angustia. Ahí fue donde la creatividad de los estudiantes se hizo presente, con las tesis sesudas sobre la desaparición: a) seguro se fueron de autostop por algunas carreteras angostas del país; b) ay no, lo más seguro es que hayan vendido su cuerpo a la esposa del gobernador; c) cómo creen, a mí se me hace que fue el cansancio de la cotidianidad, simplemente huyeron de todos sin avisarle a nadie.

El papá de Domingo me habló muy desesperado: “me voy a buscarlos a la playa esa donde fueron”. El señor salió de madrugada en su camioneta Nissan blanca de doble cabina, dejando tres espacios, con la esperanza de encontrar a su hijo, a su amigo, y a otro posible.

La noticia no tardó en llegar. No recuerdo qué libro estaba leyendo cuando sonó el teléfono: “Ya los encontraron, están muertos”. Algo me hacía suponer que ya lo estaban desde días atrás. Pero cuando esa voz me lo comunicó, corrí a los brazos de mi madre y lloré. Me acordé de la broma que me había hecho Rodrigo un día antes, haciendo una paráfrasis del chiste más absurdo que hacía Ulises: “¿Qué le dijo Lucía Méndez a Verónica Castro?, pues nada, porque no se hablan”. Sólo él se reía de tan soberana estupidez. Desde su celular Rodrigo inventó la segunda parte: “¿Qué le dijo el Chico de Guanabacoa al Cartas?, pues nada, porque ya está muerto”.

Después de dar el pésame a los familiares, todos los amigos fuimos al café de la plaza victoria. Fumamos y bebimos café hasta la medianoche.

Entre los amigos ya nadie se soportaba, estábamos hartos los unos de los otros. Las pláticas de los autores de fin de siglo, que antes eran nuestra gran pasión, estaban convertidas en trinchera de lamentaciones y reclamos. Me quedé solo. Ismael huyó a los Estados Unidos dejando la carrera en Leyes inconclusa, Rafael se enamoró y, aunque estudiábamos en edificios contiguos y vivíamos a unas cuantas calles, muy pocas veces lo veía. Israel se fue al Distrito Federal a estudiar algunos seminarios sobre ingeniería en audio, y yo estaba solo, platicando con los fantasmas en la meza de la plaza victoria.

Comencé a escribir y me hice novio de Aleyda. Me miraba a los ojos mientras la tierra caía sobre el féretro del chico de Guanabacoa. ¿Algún día dejaremos de rascar en el polvo?como gusanos? El papá de Domingo me hablaba a la casa para que me animara a escribir algo sobre su hijo. Yo le decía que sí, pero le intentaba explicar que ese no era un buen momento para hacerlo. Para escribir algo sobre los muertos había que extrañarlos.

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No quería pensar en el suicidio, ni en el asesinato. Sus cuerpos, después de estar toda una semana navegando como maderos en el mar, habían hecho que todas las pruebas se disolvieran. El padre los reconoció porque Domingo se había roto, durante su adolescencia, la muñeca, y al Chico de Guanabacoa, por sus pelos en el pecho, pero nada más. Todo es- taba velado.

La vida me comenzaba a tratar un poco bien. Conseguí un trabajo mediano impartiendo algunas clases en una preparatoria; aproveché el momento para salir de mi casa a la se- mana siguiente. Compartí el departamento con un francés llamado Jean. Era el clásico europeo que se creía con la calidad moral de hacerles ver los errores a los ciudadanos tercermundistas. Hablaba perfectamente el español y platicábamos horas enteras sobre el movimiento zapatista. En la cocina se hallaba un mapa enorme de la República Mexicana, y con tachuelas él iba marcando los puntos ya conocidos. Nunca le había puesto mucha atención. Un día me paré con la cabeza hecha bomba por las cervezas de una noche antes. Preparé un café y veía el enorme mapa. El francés conocía más lugares que yo, y eso que tengo más de veinte años de ser mexicano. Una tachuela amarilla señalaba las playas del pacífico, en especial las que se encuentran en el estado de Oaxaca. Jean llegó con una bolsa de pan dulce y pregunté:

—¿Ya recorriste todo el Pacífico, Jean?

—Sí, la mayoría ¿Por qué?

??—Por nada. ¿Y zipolite?

—Sí, estuve más de un mes por ahí.

—Allí murieron unos amigos.

—¿Cuándo?

—En noviembre.

—¿Eran tus amigos? Sí, escuché algo sobre la muerte de unos muchachos.

—¿Sabes algo?

—Sólo que los habían matado a puñaladas.

Una jodida broma, repetía. ¿Por qué habrá titulado así la carta? En buena hora decidió hacer de las letras símbolos. Nunca supe responder la pregunta sobre la presencia de la sangre en la arena. Casi dos años después miro la pequeña letra de mi amigo y quiero pensar que todo está bajo el polvo.

No guardo ninguna fotografía de mis amigos; ellos están muertos, creo que siempre lo estuvieron. Mientras tanto, sigo buscando mi diploma, el que me dieron por hablar sobre la inmortalidad en Borges.

El profesor inflado

gordos1Esto no es un juego, Abelardo, le dijo su madre en la oficina de la señora directora. Debes de pensar en la familia del profesor, en los niños que tiene ¿te has puesto a pensar qué va a ser de ellos? Abelardo intentó explicarle a su madre que él no había tenido nada que ver, pero tampoco quiso acusar a las niñas ciegas. Sabía muy bien que ellas eran capaces de escuchar a través de las paredes. Después llegó la policía.

La madre de Abelardo sabía cómo actuar en esos casos. No era la primera vez que su niño atacara de esa forma a un profesor. La madre recitó algunos artículos de la carta magna y después de una infantil discusión, Abelardo y su mamá salieron caminando de la mano hacia su casa. El chico preguntó por la comida y la madre le dijo que había cerdo en sala.

Ese guisado siempre le trae malos recuerdos, sus estancias en el hospital por veinticuatro horas. Después pensó en la escuela y en su regreso al mismo escenario con el profesor de brazos peludos. Borró todo de su memoria y Abelardo le advirtió a su mamá que el cerdo en salsa le hacía daño. La mamá sonrió, aclarándole que el cerdo en salsa roja era lo que le enfermaba, pero que en esta ocasión lo ha hecho en verde. Abelardo se sentó a la mesa. Su mamá le sirvió un vaso de agua de sandía. ¿No crees que todo lo rojo me haga daño? –le preguntó a su mamá. Y la mamá volvió a sonreír, disimulando las ganas de echarle el agua en los ojos. En una hora con cuarenta y cinco minutos Abelardo estaba otra vez en el hospital, con una lavativa. Todo lo rojo le hace daño, es una extraña alergia –le dijo el doctor, por lo menos no serás comunista, ni trabajarás como Santa en navidad –dijo, mientras le apretaba los cachetes rosas.

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Límpida lluvia

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I

Ciencia y los premios. Ciencia y las medallas. Ciencia y Manola en verde brillante durmiendo en la basura. Era como una especie de suit modesta pero con desayuno, comida y cena a todas horas. Una vida perfecta para cualquiera, pero ella no era de esas. Las fortuitas mezclas químicas habían desarrollado en ella un coeficiente intelectual respetable y un tamaño extraordinario.
Ella era consciente y poco a poco se fue orillando hacia un existencialismo díptero, agrio malestar en cada instante hasta que por fin, en un momento de valentía, decidió dar la espalda a ese determinismo social que afecta tanto a otras especies.
Exploró narices de zambos, axilas de europeas, la entrepierna de un gordo carnicero y nada. Todos esos escenarios no le representaban ningún reto, nada que una mosca pudiera soportar.
Llegó la noche y Manola moría de sueño. Lo primero que vio fue un perro muerto y se le antojó echarse dentro de su hocico. Se puso la pijama, rezó unos minutos y después C E N ¡ay! S U ¡ay! R A ¡ay! DO ¡ay!
La masturbación díptera es inenarrable.
Después de haber estado toda la noche en la baba espumosa del perro, abrió sus ojos, frotó sus patas y voló en busca de su destino.
Se estacionó en un charco para tomar nuevas fuerzas. Una ventana abierta con finas cortinas blancas la invitaba. Sabía que aquella era una señal. Voló lentamente hacia la ventana. Hizo la revisión de rutina como una mosca despistada. Todo le pareció tan normal y decente que estuvo a punto de salir decepcionada. Después la invadió el pánico al ver a una mujer recargada de espaldas sobre la pared, con el cabello hacia el frente, cubriéndole el rostro, con las piernas abiertas, sosteniendo con sus manos una manguera de donde salía un enorme chorro de agua en dirección hacia su vagina. La mosca sintió pena, pero después de escuchar el gemir de la mujer satisfecha, la envidió.
La mujer fue hacia la cama, desnuda, fina de pies a cabeza, caminando lento, sin dejar al descubierto su cara, cubierta de la crema preventiva de arrugas.
Manola sufrió un orgasmo multiplicado por su visión octagonal. Aquella mujer era su reflejo en versión humana.
Ella regresó a la cama y Manola aprovechó para estacionarse en la boca sensual de la mujer. A pesar del tamaño de mosca, la fina dama no dio muestra de molestia alguna. Manola estaba descansando en su saliva, tan tibia como la del perro hasta que percibió el olor pútrido de la boca sensual. Manola vomitó y los ojos se le llenaron de lágrimas.
Restablecida, fue hacia otras partes. Descubrió que entre las piernas había cierto aroma que le recordaba al basurero. Cuando sus delgadas patas se estacionaron en su vagina, una especie de dionaea muscipula hambrienta, la mujer soltó un gemido que hizo volar a los pájaros que descansaban en los cables de toda la calle. La fina dama inició el rito para ir al trabajo.
Limpió la saliva y se aseguró de que nadie la estuviera espiando. Cerró la puerta de su recámara y de una repisa sacó una funda negra, de esas que salvaguardan sables ninjas. La fina dama cerró los ojos en señal de su profunda espiritualidad. Abrió lentamente el cierre y desenfundó una reproducción exacta del genital de Ben Johnson, un mandingo de caucho decorado con terminaciones eléctricas en la punta. Su espiritualidad se convirtió en el rostro del hambre. La mosca presenció el acto y vomitó.
II
La fina dama hizo un poco de yoga y aeróbicos. Leyó los diarios desde su computadora. Frotó sus manos, espantó a la mosca y salió a toda prisa en su convertible. Le urgía llegar a la planta en donde la esperaban pacientes y gustosos los eficientes y fieles “gatos”, quienes tenían por costumbre esperarla afuera de la oficina para iniciar el listado de cumplidos:
-¡Qué buen gusto, el tono de su labial es idéntico al de sus zapatillas!
Sin embargo, esa mañana cuando llegó a la entrada no encontró a nadie. Sólo la acompañaba el zumbido de una mosca. En ese momento se llevó las manos al estómago como si un par de gatos zombis pelearan en su estómago.
Dio unos pasos explorando el pasillo. Sus tacones sonaban como cinceles ante el silencio del lugar. Pensaba lo de siempre: ¡Muertos de hambre! ¡Así siempre han sido los jodidos, muerden la mano de quien les da de comer!
Caminó lento hasta llegar a su oficina. Buscó las llaves, penetró la cerradura y en el momento de abrirla ahí estaban todos sus ¿colaboradores? con sus gorritos de fiesta echando confeti, soltando una porra a su líder absoluta en ventas, la punta de la pirámide de la mejor planta de insecticida. Manola observaba nerviosa.
La dama se quedó fría, pensando en lo miserable que era al tratar así a sus gatos. Los miraba, recordando las veces que había humillado a cada uno. Se conmovió. Pensó en la imagen prohibida, la que su psicoanalista le recomendó curar. Su madre formada en un mitin político echando porras, esperando a que le dieran una despensa.
Estuvo a punto de soltar una lágrima cuando apareció un señor menudo, moreno y con el aspecto de nunca haber quebrado un plato, prácticamente un ángel, uno de los colaboradores más antiguos de la empresa. Ella siempre lo ponía de ejemplo por estar ganando el mismo sueldo desde hace diez años: ¡Eso sí es amor a la empresa! ¡Eso es ponerse la camiseta! El señor sonreía mientras escondía con mucha pena sus manos tras él.
En el momento de decirle ¡Feliz cumpleaños! El señor alzó en lo alto un bat de aluminio que dejó caer sobre el rostro de la fina dama con toda su fuerza, una y otra vez, con toda la rabia que había acumulado a lo largo de esos diez años. La sangre salpicó los rostros de los invitados, el pastel y los refrescos. Todos se quedaron mudos y la fina dama, apenas consciente intentaba señalar al hombre, acusándolo.
El golpe había logrado abrir el cráneo fino de la dama fina. Nadie la defendió. El señor continuó con el bat hasta dejar la carne molida. Y nadie se movió. Algunos movían las manos para espantar una mosca. Lucía la secretaria saltó el amasijo de carne para servirse un poco de refresco. El señor respiró profundamente, intentando reponerse, como si hubiera talado un enorme árbol. Alguien le dio unas servilletas para que limpiara el sudor y la sangre que había en su cara. Manola no entendía lo que estaba sucediendo.
Continuaron sirviendo el pastel, refrescos, todo alrededor de la plasta de carne.
—¿Y ahora? —preguntó uno de los colaboradores.
— ¿Qué es lo que se hace con los deshechos?

III
El señor fue por una pala. Su papá había sido muertero y le había enseñado cómo separar los huesos de la carne. Con el puro filo de la pala comenzó a desprender las partes del cuerpo; sin aplicar mucho esfuerzo, mientras le platicaba a sus compañeros las travesuras de su hijo menor en la primaria.
Los recolectores de basura no quisieron llevarse la bolsa en donde estaba la carne y los huesos de la fina dama. Argumentaron que no podían recoger escombro, refrigeradores y cuerpos.
Los únicos que se acercaron fueron los perros y las moscas, entre ellas Manola. Los primeros batallaron para destruir las bolsas, pero al final cuando olieron el tipo de carne, terminaron huyendo.
Las señoras que vivían por ahí, en donde habían dejado el promontorio, estaban desesperadas. Se habían comunicado al departamento de basura y nada, después a la policía; pero al ver el tamaño de la porquería ni siquiera hicieron el intento de bajarse de la patrulla. Una de las señoras, muy desesperada habló con el sacerdote de la colonia, otra con el diputado, después el senador, jefe de tribu, bombero, antirrábico y hasta con el carnicero, pero nada.
IV
¿Y si nadie acude al llamado? Por lo regular siempre está Dios. Una de las vecinas dejó caer su cuerpo sobre las rodillas y mirando al cielo gritó: ¡Dios mío! ¿Por qué nadie viene a socorrerme? Una fina luz alumbró la humanidad de la señora. Manola se persignó. La vecina lloraba muy emocionada, comenzó a pedir disculpas al Señor por su falta de fe. La luz dudó en quedarse ahí pero finalmente se hizo más intensa hasta obligarla a cerrar los ojos. Se sintió un intenso calor y después una voz misteriosa le dijo que abriera los ojos para ver lo que el Señor le había dejado para remediar todos sus males.
La señora no comprendió mucho. ¿Qué podía hacer un oso hormiguero para remediar su mal? Sí, Dios le había dejado un oso hormiguero enorme y con actitud de esos perros que con hambre se comen hasta los huesos. Por cierto, su nombre era Pedro y no perdió mucho tiempo. Fue hacia el promontorio y comenzó a tragar. La señora no podía creerlo ¡Dios existe! Manola pensaba: con que ese es Dios…
En menos de media hora Pedro, el oso hormiguero ya había acabado. Comió como pelón de hospicio. La señora estaba feliz, prendió una vela y se puso a rezar una novena en agradecimiento. Después cantó: Perdona a tu pueblo señor, perdona a tu pueblo señor, perdónalo, perdónalo señor. Pedro movía la trompa siguiendo el ritmo de la canción hasta que algo se revolvía en su estómago. Pedro con mucho esfuerzo zurró. Manola fue hacia la mierda, aspiró la esencia de la fina dama y vomitó.
La mosca emprendió el vuelo, empezaba a extrañar el olor del basurero. Después se hizo presente la lluvia. La vecina adoptó a Pedro. Era feliz con el regalo de Dios; en un momento de crisis quiso venderlo a un circo, con eso de que era tan bailarín, pero después se arrepintió, sabía que con Dios no se puede jugar.