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Pápaloquelite, un cuento de Ernesto Sánchez Sánchez

Foto: Churromán
Foto: Churromán

-¿Cuánto traes?- le preguntó el nene al chaflán.

-No empieces, sólo traigo lo que me dio mi jefa pa´ pagar la luz- respondió aquel preparatoriano que se había ganado su apodo por ser muy atento, como un chalán, y porque un día le descubrieron un poster del grupo Flans en su habitación y no coincidía con los grupos que según él escuchaba; Iron Maiden y Metallica.

-Chale, si en el CENCH vendiera comida de la chida, de la que nutre, sería otro pedo… la ventaja que tenemos es que las cemas están en corto y eso siempre aliviana – pensaba el nene cada que pasada por el mercado Melchor Ocampo de ida y regreso a su casa, una y otra vez. El nene era el más chaparro del salón, pero él adecuaba su sobrenombre a sus tiempos exactos para la comida: soy un relojito para comer.

-Si mi jefa sabe que agarré lo de la luz sí se va a encabronar, se justificaba riéndose maliciosamente el chaflán, sabiendo que desde el primer segundo que le preguntaron por el dinero este ya estaba destinado para las cemitas.

-Ándale, mañana te pongo 50 pesos, vieras cómo tengo antojó de una de milanesa , de esas que no te caben en la boca—le suplicaba convincentemente el nene- ya ándale, sobres, vas , no la pienses, si tú también quieres una.

Cuando atravesaron el boulevard cinco de mayo, el nene le preguntó, oye crees que lo de cemitas le abran puesto por los semitas, de por allá de Líbano o Israel- y respondiéndose a si mismo continúo- porque yo creo que va emparentado con los tacos árabes. Mi jefe me dijo que esos los trajeron los libaneses, pero nunca he investigado.