Cholula

El Pipope Poblano visita “La Norberta”

Desde hace meses varios amigos me habían recomendado el caldo de camarón de este lugar. Uno hasta se atrevió a decirme que era el mejor que había probado; bueno, pues entonces me decidí.   
De entrada el lugar tiene una ondita innegable, me encantó desde la entrada. Además, tiene un aire de casa Cholulteca que me gustó mucho. Y no tuve de otra que pedir el caldo de camarón.

 
Antes de que nos tomaran la orden, la mesera nos advirtió que no tenían terminal. ¡Uy! Hice memoria de cuánto dinero traía y también localicé imaginariamente dónde está el cajero más cercano. 

   
No sé quién tenga más culpa, el lugar por no tener terminal o yo por siempre confiarme en que habrá. Hice cuentas y traía en efectivo $370 para que comieran tres personas. Decidimos ajustarnos al presupuesto y pedir por fin el caldo de camarón.

 
Llegó la ora. Lo trajeron en una presentación muy coqueta junto con una torta de cochinita. Y efectivamente el caldo estuvo buenísimo, supongo que para un crudito es una esperanza para seguir viviendo.

   
Quizá lo que no me terminó de gustar es que sólo traía 4 camarotes; digo, eran de buen tamaño, pero cuatro son poquitos. Bueno, también hay que aceptar que está justo para el precio que se paga.

¿La Norberta es recomendable? Pues claro. Es un lugar muy padre, orgánico y con la onda Cholula a flor de piel. Nomás lleven sus moneditas, no se me vayan a confiar.    
   

Domingo en una peluquería de Cholula

Viajo media hora para ir a cortarme el cabello. Poco gente entiende por qué siempre atravieso toda la ciudad, cuando en cada esquina hay “estéticas” que bien puede hacer el trabajo. Bueno, quizá esa es la principal razón. No me gusta ir a “estéticas”, me gustan las peluquerías en dónde no hay secadoras de cabello, donde no hay chicas lindas con chancletas esperando a que les agarre el tinte, me gusta hablar con groserías con el peluquero, hablar de los que los hombres hablan sin que nadie nos mire feo.
Llevo años asistiendo a esa peluquería. Mi amigo Churromán, cholulteca de tradición me llevó un par de veces y ya no he podido dejar de ir. Hoy fue un día especial. Domingo y además día previo para entrar a clases. La cola era enorme, pero me aguanté. Sabía que iba a valer la pena. Tardé más o menos hora y media en pasar. Pero en la peluquería de Los hermanos todo va sucediendo como una fiesta. Nadie se enoja, todo el mundo sonríe y “cotorrea” fuerte sin que nadie se saque de onda.
Uno de los hermanos me platicó que ayer atendieron cerca de ciento cincuenta personas en ocho horas y que tuvieron que regresar a noventa. “En este temporada se nos junta mucho la gente. Qué bueno que se fueron los noventa, si no, imagínate, hubiera salido a las 3 de la mañana”. Sólo como nota, en este fin de semana, los hermanos se metieron cerca de siente mil quinientos pesos. Nada mal.
Siempre me la paso bien, pero hoy estaba muerto de la risa con las anécdotas:
1. Un niño quería ir al baño. La peluquería no tiene baño ¿público?, así que uno de los peluqueros le dijo al niño que orinara en la calle. El niño con mucha pena le dijo que no, entonces el peluquero le dijo que pensara en sexo, que él había leído un artículo donde recomendaban pensar en “sexo” para aguantar las ganas de ir al baño. El peluquero después entendió que estaba muy niño. Entonces contó otra anécdota, sí, de un jovencito que estaba en un prostíbulo y que una de las chicas le preguntó: ¿te sabes venir? Y el muchacho respondió: no, me trae mi papá. Pagué los veinticinco pesos y les dije que luego regresaba. Este lugar me encanta.

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¿Cholulear? Ya no estoy para esos trotes

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Cuando llega el viernes un espíritu parrandero se apodera de mi. Y siempre la imagen de Cholula llega como el ideal. Les voy a confesar que pocas veces se me cumple. Siempre me gana la flojera y se atraviesa cualquier situación que hace que me quede en algún lugar del centro de Puebla. Además, desde que soy un fiel esposo y admirable papá la cosa se pone peor. Prácticamente me he convertido en un monje (budista, desde luego). Pero este viernes los astros se alinearon y todo me permitió irme para allá.

Empezamos en Container City con nuestro amigo el Chino. Unas cuantas rondas de cerveza. Mujeres re bonitas, música excelente y un clima de lujo. Sin embargo, algo había no me dejaba estar completamente bien. Quizá pensar que mi esposa estaba sola con mi hija o saber que los tiempos de ligue ya estaban muy lejos. No sé, pero entre más pasaba el tiempo algo pesaba, pero tampoco era motivo para detener el ataque de las cervezas. Con todo y todo me la estaba pasando bien.

De pronto se escuchó una voz: ¡Vámos al Fly!

¿Quién soy yo para decir que no?

Y pues ahí nos fuimos a meter. Gran antro y yo más cansado. Platicaba tranquilo y me preguntaba si este era un lugar para un hombre casado y con una hija de un año (tres meses). No me respondí en ese momento porque me interrumpió un ron (cortesía de un amigo argentino). Platiqué largo y tendido con él y no dejaba de sentir cansancio.  pero tampoco eso impidió que nos quedáramos hasta el final. La hora en que se prenden las luces y que la música para. En otros tiempos ese momento era el mejor. Sí, el after, la aventura, el encuentro fortuito que me ha llevado a escribir.

Ahora ese momento era simplemente el fin de la historia.

Como lo marca la tradición hicimos una parada en la taquería. Bueno tacos y otro ron de cortesía. Mi amigo el Gato había conectado. La estaba pasado bien. Yo sólo observaba. Y cuando todo estaba a punto de acabar un auto se nos orilló. La puerta se abrió y una chica hermosa (creo que de minifalda) salió gritando: ¡Ricardo Cartas! Eso no fue lo peor. Después bajaron un par de chicas más que me suplicaban un conecte para un after. Hace años me hubieran hecho feliz, pero ahora estaba muy cansado y extrañaba a mi hija. ¿Cholulear? Ya no estoy para esos trotes.