#PipopeGoloso

¿Taco árabe o chicharrón? de Efigenio Morales Castro

 

 

Yo no sé por qué me amarraron de manera brusca, si desde que aparecí por la taquería, me trataron bien: me ponían agua en un traste, pero lo principal: siempre me dieron de comer; esa comida me supo sabrosa desde un principio, luego supe que eran tacos, y más en particular: árabes. Por eso no entiendo lo de este lazo sobre mi cuello. Lo peor es que me tienen en una vecindad donde nadie se preocupa por mí. Al principio de mi llegada, varios niños jugaban conmigo; estos que pasan por aquí, ignorándome, como si no me conocieran… o me tuvieran asco.

Bueno, ya que estoy solo, déjenme contarles algo de mi vida, sí, la que viví tiempo atrás, cuando era cachorrito y todos me acariciaban en aquel lugar donde vivía. Allá la vida es tranquila, pocas casas, y no como aquí que hay muchas cosas que ruedan, y si te pasan encima, te matan. Yo lo vi en otro igual a mí; más o menos, porque –sin presunción- no soy tan feo como ese que quedó tieso en la calle, nomás porque le pasó una cosa de esas encima.

Ahora sí, va parte de mi vida…

:) Rafa Navarro (El flaco tragón) escribe: “Miscelánea del taco árabe”

Foto de Arturo López

En Puebla las taquerías donde venden tacos árabes y orientales son muy apreciadas y reconocidas por los locales como parte muy importante de la gastronomía poblana. Se lleva ya mucho tiempo consumiendo este tipo de tacos, era de esperarse que el imaginario culinario llevara poco a poco a ir ensanchando el mundo del taco árabe en relación al uso de la carne, su tipo de tortilla y las salsas con las que se acompaña. Con el paso de las décadas desde su invención, se venden también en casi todas las taquerías tortas o cemitas árabes, hay un lugar por el boulevard Hermanos Serdán donde ofrecen la opción de sustituir la tortilla tradicional por una costra de queso derretido. En la Antigua Taquería La Oriental venden una pizza individual con esa carne. En avenida Circunvalación en la colonia San Manuel hubo unos árabes que se hacían con soya y se vendían en una promoción muy efectiva y económica. En casi todas las taquerías la salsa roja tradicional es una constante, pero en muchas ofrecen ya también de habanero, de chile poblano o incluso hacen una blanca de ajo en la Taquería El Amir[1]. La tortilla árabe o pan de pita se ha ido combinando con otras cosas diferentes, como por ejemplo en los tacos que llevan carne al pastor y son vendidos en varias taquerías que tienen trompo pastor y árabe, o en la burrita de cochinita pibil que lleva queso y va sumergida en caldo, que venden en los Tacos Yucatecos[2].

Dentro del paisaje sonoro popular, los carros ambulantes que venden empanadas en las colonias no se quedan atrás y ofrecen la árabe, en donde la carne viene diferente a la fileteada del trompo. Es muy ameno que en los sonidos de la grabación que llevan del perifoneo de piña, de atún y de crema, alternan el “de árabe”. En la calle peatonal 5 de Mayo en el Centro, venden unas empanadas grandes que se ofrecen en una canasta al peatón, dentro de cuyos sabores se encuentra el árabe con todo y cebolla, la carne viene en trozos pequeños[3].

Otro cuento más del libro: Su majestad el taco árabe. Juan Nicolás Becerra presenta: El taco de Tony

La última vez que estuve en Puebla de los Ángeles fue el 11 de Septiembre de 2001 y antes de salir para la TAPO, seguíamos la noticia de los terribles atentados en las Torres Gemelas. Las imágenes eran devastadoras y contundentes, los aliados de Al-Qaeda habían impactado el corazón del territorio gabacho; yo estaba en una oficina que vendía libros y suministros para todo tipo de Bibliotecas, en ese entonces trabajaba como Agente de ventas y mi labor era ir a platicar con otros Bibliotecarios, escuchar sus lamentos cotidianos y, a modo de consuelo, trataba de venderles algo.

Aquel lunes mi destino era la ciudad de Puebla, famosa por albergar muchas Universidades y desde luego bibliotecas. Tenía planeado por los menos ir a cinco instituciones educativas y, por supuesto escaparme a comer un taco árabe. Para mis adentros dije: qué paradoja, los árabes están en los reflectores internacionales por su ataque y yo me quiero jambar una orden bien cargadita de la famosa carne Árabe que Puebla ha perfeccionado para deleite de los comensales.

En Puebla reinaba el ánimo del nuevo milenio y se percibía en las calles y en las aulas universitarias; estaban en una especie de boom cultural, científico y literario, pero el gran resonante era el gastronómico. No faltaba quien no dijera que en Puebla se come muy bien, “debes de probar esto o aquello”, “Los chiles en nogada imperdibles”, “las cemitas son verdaderamente sabrosas, las de milanesa son mis preferidas” me dijo un veracruzano que estudiaba en Cholula. Y no se diga del Taco Árabe: los trompos y sus variantes fungían con autoridad en el lenguaje poblano; es decir, se concebía a la comida como una religión. Otro rasgo de coordenada y coincidencias con el lugar. Se sabe que en Puebla hay más de 300 iglesias. Imposible no decir que la comida es una religión; eso sería un pecado capital, una soberbia inadmisible no comer una buena dotación del famoso taco árabe poblano.

¡Las cemitas fifís! :)

 

Llegamos al tercer capítulo del podcast En busca de la cemita perdida. En esta ocasión estoy muy contento porque por fin el podcast ya está en Spotify y el Google Podcast. Así es que afortunadamente vamos a poder llegar a todos los golosos del universo con mayor facilidad. Bueno, en esta ocasión quiero hablarles un poco sobre la aventura de la grabación de este capítulo. Desde hace meses tengo amistad con la gente del Rosewood, un hotel muy conocido en el mundo como uno de los más prestigiosos. El hotel no necesita mucha publicidad, se vende solo muy bien con los turistas extranjeros; sin embargo, están haciendo una estrategia para acercar al público de Puebla.

Así es que me invitaron a conocer el hotel y en verdad estaba sorprendido, ¿qué hacía un valedor de San Baltazar Campeche en uno de los hoteles más lujosos de Puebla? Aún no lo sé, pero yo estaba ahí como si nada entre los salones elegantes y los lavaderos que lucen muy bien junto al bar. Cuando sea rico y afamado me iré a echar un pulquito por ahí con todos ustedes. Y bueno, en realidad me llamó la atención por el menú que iban a ofrecer durante el evento. les cuento rápido que la administración del hotel armó las noches de Cúpulas y Espuma , donde puedes pasar un ratón con tu novio, novia o pior es nada en una de las vistas más aquí de Puebla. Desde esta terraza puedes ver gran parte del centro histórico y desde tu sillón de lujo y echando un champagne te explican sobre la historia de Puebla y sobre todo de la historia de las cúpulas poblanas. Me gustó mucho la idea de pasar un rato escuchando a un especialista sobre la historia de tu ciudad.

Del libro Su majestad el taco árabe presentamos: “No le saque” de Felipe Ríos Baeza

En una clase de ocho de la mañana intentaba enseñar a Jaime Gil de Biedma. Leíamos en voz alta «Intento formular mi experiencia de la guerra», acaso su mejor poema. Un alumno leyó el primer verso, otro el segundo, y así se escurrió la hora. La mayoría dormía o escuchaba música. Yo intentaba memorizar el poema, buscarle otro sentido al evidente contraste entre la espantosa guerra civil española y la supuestamente feliz infancia del autor, sobre todo porque el inicio de ese poema siempre me pareció un enigma: «Fueron, posiblemente,/ los años más felices de mi vida».

Al recordar esa época en Puebla (al recordar el tipo de trabajo que hacía en esa época y a buena parte de la gente que conocí), podría cambiar algunas palabras de Gil de Biedma y decir: «Fueron, posiblemente, los años más bizarros de mi vida». Tuve ataques de ansiedad. Engordé diez kilos. Empezó mi affaire con el whisky. Firmé un contrato en una universidad para hacer clases y gestión académica, pero fue apenas una pantalla para operar cosas más sombrías ahí dentro. Así que mi tiempo lo repartía entre reuniones penosas que no iban a ningún lado (quienes las dirigían tomaban la actitud de generales de la Wehrmacht a punto de invadir una Stalingrado que sólo existía en sus cabezas) y clases con alumnos que nada sospechaban de cuánto uno hacía para que esa facultad funcionara verdaderamente como una escuela.

Para llegar al trabajo caminaba todos los días por esa avenida emblemática del centro, esa larga y ruidosa con nombre de obispo, y antes de desembocar en el zócalo entraba por una puerta, a la izquierda. Normalmente andaba así el trayecto, cabizbajo y con los audífonos bien sumidos, sin advertir los estrechos galpones y galerías que había a los costados. No fue sino el mismo día en que enseñé ese poema de Gil de Biedma que reparé en un hecho notorio: debajo de esa Puebla colonial, turística y cincomayesca, había otra ciudad. Bastaba con desviarse por alguna de esas galerías para notarlo.

Pápaloquelite, un cuento de Ernesto Sánchez Sánchez

Foto: Churromán
Foto: Churromán

-¿Cuánto traes?- le preguntó el nene al chaflán.

-No empieces, sólo traigo lo que me dio mi jefa pa´ pagar la luz- respondió aquel preparatoriano que se había ganado su apodo por ser muy atento, como un chalán, y porque un día le descubrieron un poster del grupo Flans en su habitación y no coincidía con los grupos que según él escuchaba; Iron Maiden y Metallica.

-Chale, si en el CENCH vendiera comida de la chida, de la que nutre, sería otro pedo… la ventaja que tenemos es que las cemas están en corto y eso siempre aliviana – pensaba el nene cada que pasada por el mercado Melchor Ocampo de ida y regreso a su casa, una y otra vez. El nene era el más chaparro del salón, pero él adecuaba su sobrenombre a sus tiempos exactos para la comida: soy un relojito para comer.

-Si mi jefa sabe que agarré lo de la luz sí se va a encabronar, se justificaba riéndose maliciosamente el chaflán, sabiendo que desde el primer segundo que le preguntaron por el dinero este ya estaba destinado para las cemitas.

-Ándale, mañana te pongo 50 pesos, vieras cómo tengo antojó de una de milanesa , de esas que no te caben en la boca—le suplicaba convincentemente el nene- ya ándale, sobres, vas , no la pienses, si tú también quieres una.

Cuando atravesaron el boulevard cinco de mayo, el nene le preguntó, oye crees que lo de cemitas le abran puesto por los semitas, de por allá de Líbano o Israel- y respondiéndose a si mismo continúo- porque yo creo que va emparentado con los tacos árabes. Mi jefe me dijo que esos los trajeron los libaneses, pero nunca he investigado.