#NovelasDel68

Cuento de Bernardo Esquinca: La otra noche de Tlatelolco

Su cerebro se encendió como un televisor. Era de noche llovía y hacía frío, pero en su nueva condición estos detalles resultaban irrelevantes. Daba lo mismo que estuviera en el desierto, bajo un sol infernal a cuarenta grados. Sombras y bultos se movían a su alrededor. Poco a poco sus ojos se adaptaron, hasta que fueron capaces de enfocar y distinguir contornos. En realidad no veía como una persona normal; si tuviera noción de la vida que acababa de dejar atrás, pensaría que las cosas tenían un aspecto de fotografía en blanco y negro. Sin embargo, había un color que podía ver, y que destacaba intensamente: el rojo. Además podía olerlo. Le provocaba algo que en el pasado hubiera definido como morirse de hambre. Y en el lugar donde se encontraba había una alfombra de sangre. Intentó moverse, pero sus ondas cerebrales aún no conectaban con sus engarrotado sus músculos. La sangre llamaba su atención, igual el movimiento de las cosas que iban y venían dentro de su campo de visión, pero también el suyo propio. Ése que aún no conseguía gobernar. Porque era un recién nacido de dieciocho años. Tan fuerte y tan torpe a la vez. Él no se daba cuenta de ello, por supuesto. No había pensamientos dentro de su cabeza, sólo una energía, tan oscura y antigua como la primera noche de la Tierra. Una energía hecha de hielo y de viento. La misma que ahora reanimada su cuerpo, venciendo un letargo que se suponía debía de ser eterno. Justo antes de que sus articulaciones lograran coordinarse, permitiéndole alzarse como un autómata de carne y vísceras, algo ocurrió. Una imagen salida de lo más profundo de su antigua conciencia apareció dentro de su cabeza, agitando su tía su corazón. A partir de ese momento, la tendría sobrepuesta en todas las cosas que sus ojos contemplaran, proporcionándole un objetivo distinto al alimentarse. Aquella imagen que se tatuó en su mente era un rostro. Uno al que no podía darle nombre, no dirigirle la palabra, no siquiera reconocerlo. Sin embargo, ahora todos sus impulsos estaban enfocados hacia ese poderoso imán.

Al amparo de la noche y las ruinas prehispánicas, el autómata se escurrió hasta una calle lateral y abandonó el lugar de la masacre.

Atención: General Marcelino García Barragán

Secretario de la Defensa Nacional

Clasificación del informe: CONFIDELCIAL

Eran cerca de las once de la noche y la situación en la Plaza de las Tres Culturas parecía bajo control; sin embargo, se escuchaban disparos esporádicos cerca del edificio Chihuahua. Como se le informó a usted previamente, aún se retenía a varias personas -entre ellas, algunos miembros de la prensa internacional- a un costado de la iglesia de Santiago Tlatelolco, en espera del momento adecuado para liberarlas. Se les mantenía contra la pared y con las manos en la nuca, para evitar que observaran lo que ocurría a su alrededor. En la zona de los vestigios arqueológicos yacían los cadáveres de trece estudiantes que aún no habían sido retirados por los equipos de limpieza. Los custodiaban un grupo de soldados comandados por Jesús Bautista González, integrante del Cuarto Batallón de Infantería. Entonces sucedió lo inexplicable. En palabras de Bautista, todo ocurrió “como en una película en cámara lenta”. Ante la incredulidad de los soldados, los estudiantes que daban por muertos comenzaron a levantarse “sangrando por la boca, y mostrando los dientes con la evidente intención de atacarnos”. Los elementos del ejército reaccionaron y acribillaron a los agresores, sin poder evitar que un soldado fuera mordido en un brazo. Se le atendió ahí mismo, y continuó con sus labores, pues la herida no era de consideración. Tras el incidente, Bautista tomó precauciones: se encargó personalmente de rematar a los agresores con un tiro en la cabeza. “Apestaban como si llevaran horas muertos”, explicó. “Pero eso no podía ser. Sentí que estábamos confundidos y exhaustos, así que saqué un paquete de cigarros y todos nos pusimos a fumar”.

Adiós China Mendoza

Hoy nos enteramos de la muerte de Ma. Luisa Mendoza, la China, la mujer elegante y peleadora a la contra que de haber estado en la elite cultural en su juventud, poco a poco fue siendo olvidada por los intelectuales, lectores e instituciones.

Su posición privilegiada proviene de sus lazos familiares, quienes han ocupado posiciones políticas dentro de los gobiernos de Guanajuato, así como en el gobierno federal. (Gorostieta, párr: 4) Con él, conmigo, con nosotros tres, quizá una de sus novelas más conocidas, fue producto de la beca del Centro Mexicano de Escritores que María Luisa Mendoza gozó en 1968-1969 para ser publicada por una de las editoriales más importantes del país (Joaquín Mortiz) en 1971.

Las rojas son las carreteras

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Título: Las rojas son las carreteras

Autor: David Martín del Campo

Editorial: Joaquín Mortiz (Nueva Narrativa Hispánica)

ISBN:

Año: 1976 (primera edición)

David Martín del Campo nació el 21 de enero de 1952 en la Ciudad de México. Ha publicado cerca de cuarenta títulos[1] desde 1976, año en que publica su primera novela Las rojas son las carreteras a los 24 años, cuando el autor estaba a la mitad de sus estudios superiores de Comunicación en la UNAM.

La novela de David Martín del Campo no es propiamente una novela del 68, el tema central no es el movimiento, ni busca entre las entrañas políticas a los líderes y traidores del movimiento estudiantil. Es más, ni siquiera se encuentra la denuncia,  acción que funda y determina a las novelas del 68. [ctt template=”4″ link=”F8X8T” via=”yes” ]Recordemos que muchos de los autores de la época recurren a la novela como un espacio para denunciar los hechos @ricardocartas[/ctt]

Ya que no eran objeto de censura. Sin embargo, no sólo los jóvenes politizados vivieron el 68, de hecho la gran mayoría de jóvenes que participaron en el movimiento no eran militantes de la izquierda, sino miembros de la clase media mexicana que buscaba nuevas rutas de desarrollo económico, social y espiritual. Esa clase media mexicana que adquiere cierta independencia ante el Estado es la que busca democratizar las instituciones, crear atmósferas sociales más incluyentes y menos conservadoras. Su condición económica les permite estar dentro de las universidades y desde ahí crear movimientos como el del 68.

La invitación de Juan García Ponce


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Lo no literario

Dentro de mi investigación sobre las Novelas del 68, los aspectos no literarios tienen una especial importancia, ya que éstos contribuyen de alguna manera a la permanencia de las obras en la memoria de los lectores.

En el caso de Juan García Ponce se tiene que subrayar que perteneció a la élite cultural mexicana de la época. El entorno familiar también es importante, ya que el autor yucateco proviene de una familia de buena posición económica y política, situación que hace posible que pueda ir a residir a la Ciudad de México para realizar estudios de nivel superior. La Ciudad de México durante aquellos años se había convertido en uno de los pocos espacios en el país en donde se gozaba de buena oferta cultural y una atmósfera abierta a los nuevos pensamientos y costumbres que generaba la clase media mexicana:

El crecimiento demográfico y urbano se expresó sobre todo en la Zona Metropolitana de la Ciudad de México, la que tuvo el mayor incremento poblacional del país, al pasar de 3 millones de habitantes en 1950 a 9 millones en 1970 (Gustavo Garza, 2001: 610). Ésta se volvió el polo de atracción económico y cultural más fuerte para los jóvenes  de las ciudades pequeñas e intermedias que se sentían ahogados por el peso de los valores tradicionales católicos y la falta de instituciones de educación superior y culturales, de cines, teatros, editoriales, librerías y galerías de arte, y en esos años, la ausencia de los llamados Cafés Cantantes en donde se escuchaba rock o de algunos lugares en donde se podía oír jazz. (55)

Ya estando en la Ciudad de México, se unió en la generación de Medio Siglo, también conocida como la generación de La casa del lago. Es importante destacar que Juan García Ponce junto con su generación pertenecían a una élite que tomó como refugio la Dirección de Difusión Cultural de la UNAM, así como la Revista Mexicana de Literatura. Sin embargo, esa generación no simpatizaba con las políticas culturales que se imponían desde el gobierno federal.

[ctt template=”8″ link=”q_X98″ via=”no” ]La generación de Juan García Ponce, como la de Contemporáneos, entendían la cultura no como una comparsa de los logros de la Rev. Mexicana[/ctt]

Sino como un expresión universal, alejado de las conveniencias políticas que abundaban en el mundo cultural de la época. En relación con la generación a la que pertenece JGP, Ricardo Pozas Horcasitas, autor del artículo: La Revista Mexicana de Literatura: territorio de la nueva elite intelectual (1955-1965), dice lo siguiente:

Esta elite intelectual estaba compuesta por jóvenes cuya edad oscilaba entre los veinticinco y treinta y cinco años y que, por tanto, habían nacido y crecido durante el período de la institucionalización de la Revolución mexicana (1928-1956). Estos jóvenes crearon su propio territorio intelectual cultural dominado por el nacionalismo revolucionario. (54)

Díaz Ordaz, Disparos en la oscuridad de Fabrizio Mejía Madrid

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Como ya tuve oportunidad de comentarlo en el anterior post, las novelas del 68 más recientes, buscan nuevas formas y perspectivas de plantear el tema. Junto con Autor anónimo de Felipe Galván, el libro de Fabrizio Mejía Madrid, ahonda en la biografía de un personaje clave para entender mucho de lo que pasó en 1968. Galván trabaja la personalidad de Fernando Gutiérrez Barrios y Mejía Madrid lo hace a partir de la compleja personalidad del que fuera presidente de México en ese año: Gustavo Díaz Ordaz.

Lo que Fabrizio propone con su obra es hacer un recorrido biográfico de GDO a partir de ciertas fuentes, reportajes, imágenes que se han quedado en el colectivo, a partir de flash backs del propio GDO, quien desde el 21 de julio al 15 de septiembre de 1977, periodo de declive que comprende desde su salida como embajador en España hasta su muerte. En ese lapso, hace un recuento de su vida y se enfrenta con los fantasmas, con sus acciones que no sólo marcaron su vida sino la del país.

Llama la atención que el miedo ocupe un lugar especial en la vida de GDO, sentimiento que lo persigue, lo acompaña y lo moldea a lo largo de su vida. Lo que se plantea en el libro, es ese continuo enfrentamiento hacia los miedos del protagonista, enfrentamiento que lo va transformando en un personaje vil, sin moral que crea estrategias para ocultar sus traumas y lograr sus objetivos. El mostrarse lo suficientemente fuerte a partir del miedo que puede ejercer hacia los demás era su principal arma.

Autor anónimo de Felipe Galván

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Portada de Autor anónimo de la primera edición

No es la primera vez que Felipe Galván dedica un libro al tema del 68. Tengo en mi biblioteca por lo menos dos obras: Antología del Teatro del 68, publicada en 1999 y Octubre dos, historias del movimiento estudiantil cuya segunda edición vio la luz en el 2013. Así que, estamos ante un autor que además de haber vivido el momento histórico que significó el parte aguas para la democracia en México en el siglo XX, se ha ido forjando como un especialista de las expresiones literarias que han surgido a partir del 68.

Parte de ese interés es la publicación de la novela Autor anónimo, publicada en 2006, dedicada a la indagación no sé si con pretensiones de verdad histórica, pero sí psicológica de uno de los personajes “clave”, oscuros y odiados de la vida política de la segunda mitad del siglo XX de nuestro país. Me refiero a Francisco Gutiérrez Barrios, que en el texto aparece como Francisco Cetina Novelo, político mexicano que ocupó cargos de Gobernador, Senador, Secretario de Estado, Subsecretario, Director de la Federal de Seguridad, entre muchos otros puestos; sin embargo, es durante su estancia en Dirección Federal de Seguridad en donde se da a conocer como un hombre frío, cruel, corrupto, que actúa de forma disciplinada para reprimir a los estudiantes y a cualquier guiño de oposición al régimen:

Tú, el discreto y efectivo operador estrella de la Dirección Federal de Seguridad, tú el efectivo creador de pandillas paramilitares tlatelolqueras y sancosmesinas, tú el artífice de la lucha antiguerrillera, el paradigmático defensor de la continuidad partidaria en los últimos treinta años de tu partido en el poder, tú el gobernador de la ejemplar metodología disciplinaria en tu gobernado Departamento, te sentías ahora como un inútil senador nacional. (23)