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Cuento de Bernardo Esquinca: La otra noche de Tlatelolco

Su cerebro se encendió como un televisor. Era de noche llovía y hacía frío, pero en su nueva condición estos detalles resultaban irrelevantes. Daba lo mismo que estuviera en el desierto, bajo un sol infernal a cuarenta grados. Sombras y bultos se movían a su alrededor. Poco a poco sus ojos se adaptaron, hasta que fueron capaces de enfocar y distinguir contornos. En realidad no veía como una persona normal; si tuviera noción de la vida que acababa de dejar atrás, pensaría que las cosas tenían un aspecto de fotografía en blanco y negro. Sin embargo, había un color que podía ver, y que destacaba intensamente: el rojo. Además podía olerlo. Le provocaba algo que en el pasado hubiera definido como morirse de hambre. Y en el lugar donde se encontraba había una alfombra de sangre. Intentó moverse, pero sus ondas cerebrales aún no conectaban con sus engarrotado sus músculos. La sangre llamaba su atención, igual el movimiento de las cosas que iban y venían dentro de su campo de visión, pero también el suyo propio. Ése que aún no conseguía gobernar. Porque era un recién nacido de dieciocho años. Tan fuerte y tan torpe a la vez. Él no se daba cuenta de ello, por supuesto. No había pensamientos dentro de su cabeza, sólo una energía, tan oscura y antigua como la primera noche de la Tierra. Una energía hecha de hielo y de viento. La misma que ahora reanimada su cuerpo, venciendo un letargo que se suponía debía de ser eterno. Justo antes de que sus articulaciones lograran coordinarse, permitiéndole alzarse como un autómata de carne y vísceras, algo ocurrió. Una imagen salida de lo más profundo de su antigua conciencia apareció dentro de su cabeza, agitando su tía su corazón. A partir de ese momento, la tendría sobrepuesta en todas las cosas que sus ojos contemplaran, proporcionándole un objetivo distinto al alimentarse. Aquella imagen que se tatuó en su mente era un rostro. Uno al que no podía darle nombre, no dirigirle la palabra, no siquiera reconocerlo. Sin embargo, ahora todos sus impulsos estaban enfocados hacia ese poderoso imán.

Al amparo de la noche y las ruinas prehispánicas, el autómata se escurrió hasta una calle lateral y abandonó el lugar de la masacre.

Atención: General Marcelino García Barragán

Secretario de la Defensa Nacional

Clasificación del informe: CONFIDELCIAL

Eran cerca de las once de la noche y la situación en la Plaza de las Tres Culturas parecía bajo control; sin embargo, se escuchaban disparos esporádicos cerca del edificio Chihuahua. Como se le informó a usted previamente, aún se retenía a varias personas -entre ellas, algunos miembros de la prensa internacional- a un costado de la iglesia de Santiago Tlatelolco, en espera del momento adecuado para liberarlas. Se les mantenía contra la pared y con las manos en la nuca, para evitar que observaran lo que ocurría a su alrededor. En la zona de los vestigios arqueológicos yacían los cadáveres de trece estudiantes que aún no habían sido retirados por los equipos de limpieza. Los custodiaban un grupo de soldados comandados por Jesús Bautista González, integrante del Cuarto Batallón de Infantería. Entonces sucedió lo inexplicable. En palabras de Bautista, todo ocurrió “como en una película en cámara lenta”. Ante la incredulidad de los soldados, los estudiantes que daban por muertos comenzaron a levantarse “sangrando por la boca, y mostrando los dientes con la evidente intención de atacarnos”. Los elementos del ejército reaccionaron y acribillaron a los agresores, sin poder evitar que un soldado fuera mordido en un brazo. Se le atendió ahí mismo, y continuó con sus labores, pues la herida no era de consideración. Tras el incidente, Bautista tomó precauciones: se encargó personalmente de rematar a los agresores con un tiro en la cabeza. “Apestaban como si llevaran horas muertos”, explicó. “Pero eso no podía ser. Sentí que estábamos confundidos y exhaustos, así que saqué un paquete de cigarros y todos nos pusimos a fumar”.

Un cuento sobre The Cure: Repítela siete veces Smith

El Chale, mi profesor de historia dice que me parezco a Robert Smith por las greñas y porque siempre ando de negro. Me gustó la idea, The cure era lo que más amaba en la vida. A partir de ese momento me convertí en Robert Toledo o Chuy Smith, sí, con todo y lentes oscuros. Así andaré por la vida –me dije desde ese momento. Robert por aquí, Smith por allá. Hasta mis papás me decían así y yo era feliz.

Los tres, Diana, Diego y yo siempre andábamos vestidos de negro. Claro, los tuve que educar con todos los discos y videos de The Cure. Les encantó. También nos pusimos las gafas y eso era señal de: “aquí no pasa nada, aquí no hay frío, el mundo se podría estar cayendo, pero con mis gafas veo al mundo como quiero verlo”.

En la última semana de clases, nos avisaron que la mamá de Diego había muerto. Diana y yo somos sus mejores amigos y entonces lo fuimos a ver a su casa. Diego estaba como si nada. Nos pidió que lo acompañáramos y eso fue lo que hicimos. Los tres, junto con su papá cara de pizza fuimos hacia el panteón donde la iban a enterrar. El señor nos dijo que mejor no bajáramos del auto, que nos esperáramos hasta el final para que Diego no la pasara tan mal. Entendimos y estuvimos de acuerdo. Diego ni siquiera le contestó, pues como casi siempre Diego estaba jugando con su teléfono. Fue Diana la que le dijo que no se preocupara, que nosotros íbamos a cuidar a Diego. El señor se fue y Diana le subió al estereo. Era una tarde sin frío ni calor, como casi todas las tardes de Ciudad Perla.

Los tres estábamos metidos en nuestros teléfonos cuando escuchamos un golpe en la parte de atrás del auto. Fue como si una mano gigante hubiera golpeado la cajuela del auto. Cuando volteamos sólo había tres señoras elegantes y al parecer inofensivas, con unas mascadas negras que les cubrían gran parte del rostro. Lo único que se les alcanzaba a ver eran sus enormes narices.

-¿Ya viste qué mujeres tan raras? –le dije a Diana.

-Tienen la misma nariz, de seguro las hicieron con el mismo molde. Son como unos cuervos enormes.

-¿Crees se hayan escapado de un circo? –me preguntó Diana con una sonrisa nerviosa.

Las señoras se asomaron por las ventanillas, pegaban sus enormes narices hasta empañar los cristales. Como llevaba mis gafas oscuras podía sostenerles la mirada sin ningún problema, pero Diana comenzó a desesperarse.

-¡Qué onda con esas señoras!

-Tranquila, mira, no hacen nada –le dije a Diana, mientras se acercaba a la ventanilla para darles un besito en la punta de la nariz, claro, detrás del cristal.

-¡No seas asqueroso! –gritó Diana.

-Ah, con que te pones celosa. ¿También quieres tu beso?

-No jodas Chuy, estas mujeres son unas brujas y tú ya despierta –le dijo a Diego sin que éste saliera de su estado de hipnosis.

Las mujeres se pusieron frente al auto. Hablaban entre ellas y después nos señalaban

-A ver, bájale, ¿qué es lo que dicen?

-Creo que quieren que bajemos.

Diego también lo escuchó, suspendió por un segundo el juego en su celular.

-Las señoras cuervo siempre han sido así; pero ni se les ocurra bajar –dijo Diego.

-¿Qué dices? ¿Señoras cuervo? ¿Entonces las conoces? –preguntó Diana alteradísima.

-¿Conocerlas? Diana, por favor, cómo no las voy a conocer si son mis tías. Son las hermanas mayores de mi papá –le contestó Diego, sonriendo. Son unas viejas locas que siempre odiaron a mi mamá, pero cuando les digo que están locas no es en un sentido figurado, las pobres se han pasado toda la vida en psiquiátricos.

-Se nota

-Oye, están hablando mal de tu mamá en su entierro, eso no se vale –le dijo Diana muy ofendida.

-Siempre lo han hecho, por eso no te preocupes, en el fondo son buenas mujeres, brujas, feas, locas, pero de ahí en fuera son como cualquier persona.

-¿Y cómo las soportan? -dijo Diana

Las mujeres cuervo suspendieron su verborrea y se acercaron hacia el lado en donde estaba Diana.

-No te recomiendo que hables de ellas. Las tías se ponen mal cuando se enojan.

Diana cambió el tema de inmediato y las mujeres cuervo volvieron a enrrollarse en sus trapos. El silencio era molesto. Diana era hiperactiva y yo me moría de ganas por ir a ver las tumbas.

-¿Podemos ir a ver? –le pregunté en secreto a Diego.

-¿Ver? Pues ni que fuera circo -contestó Diego sin dejar de jugar con su teléfono.

Vi de lejos al papá de nuestro amigo, se despedía de los familiares uno por uno. Cuando llegó al auto abrazó a las señoras cuervo y se quedó con ellas platicando unos minutos. Las tías de Diego se mostraban alteradas, algo le reclamaban a su hermano, pero no pudimos escuchar nada. El señor terminó desesperándose y las dejó hablando. Abrió la puerta del auto, respiró profundo y nos miró.

-¿Se pueden quedar aquí un momento? Diego y yo vamos a despedir a su mamá.