#RecomiendoLeer

Escombros, una crónica del sismo

 

19 de septiembre de 1985

Cuando llega esta fecha, recuerdo la imagen de mi padre convaleciente, postrado en la cama por una operación de columna que lo había dejado así por unos meses. Mi mamá me secaba la cabeza para después a punta de regaños ayudarme a poner el espantoso uniforme de deportes del Instituto Carlos Pereyra. No escuchábamos la radio, la tele estaba apagada, había un silencio extraño esa mañana hasta que la tierra comenzó a moverse. Mi papá se levantó de forma milagrosa de la cama; mi mamá lo ayudó un poco y los tres salimos al patio a mirar el cielo en donde se dibujaban las turbulencias que anunciaban muerte.

15 de junio de 1999

El verano de ese año fue uno de los momentos más felices de mi vida. Estudiaba letras, leía On the road de Jack Kerouac, me encantaba tener la mata larga y trabaja como monitor en el proceso de admisión que organiza la Dirección de Administración Escolar de la BUAP. Durante todo ere verano atendí el módulo en el área de la salud vendiendo guías para los chicos que querían entrar a nuestra Universidad. Todo el dinero que ganaría lo guardaba para irme al final de ese verano a la Habana a un congreso de Literatura Fantástica en la Casa de las Américas.

Siempre llegaba muy temprano. Iba a la biblioteca del área y sacaba el módulo a la calle. Ahí me quedaba todo el día despachando, dando informes, mirando a las chicas lindas de medicina y claro leer On the road. No había más. En verdad que eran los años maravillosos de joven estudiante de letras.

Los amigos me visitaban de vez en cuando. Platicábamos, hacíamos planes y después a la lectura. No puedo olvidar el momento en que empezó a temblar. Yo estaba metidísimo en las aventuras de Dean Moriarty cuando de pronto una señora distraída se asomó al módulo. Yo estaba agachado y ella sólo vio mi larga y exuberante cabellera.

-Oiga señorita ¿cuánto cuestan las guías?

[ctt template=”4″ link=”EK1Lb” via=”yes” ]Sentí que la sangre me hervía y justo cuando alcé la cabeza con la intención de aclarar el detalle de mi sexo la tierra comenzó desahogar su furia. @ricardocartas[/ctt]

La señora abrió los ojos no sé si por la sorpresa que le provocó ver la barba de la señorita o por la impresión de ver cómo se desplomaba el edificio de la Facultad de Medicina. Segundos después toda la calle se llenó de ruidos de sirenas. Recuerden que en aquellos años no había aún celulares, ni forma de comunicarse de forma instantánea como ahora; sin embargo, yo tenía un radio que me servía para solicitar información y simplemente pedir más guías a los directivos de la DAE. Me puse a pensar en los edificios del centro, sobre todo en el Carolino, toda la gente que debía de estar pasándola muy mal ahí. Por medio de ese radio me fui enterando de lo que estaba pasando. Caminé del área de la salud hasta el centro, veía los pedazos de piedra en medio de la Av. Reforma.

La metáfora apocalíptica de Porcayo

IMG_20170713_204027_optHace unas semanas presenté Plasma Exprés, la más reciente novela de Gerardo Horacio Porcayo y hace unos días se publicó este texto en la revista Marvin. A ver qué les parece.

Después de haber hecho la lectura de Plasma Exprés (Planeta, Destino:2017) de Gerardo Horacio Porcayo (1966) confirmo la idea de que la literatura no son más que una serie de mentiras que nos llevan a verdades profundas. Y es que no son pocos los estudios que se refieren a las obras de Ciencia Ficción como un apoyo que nos ayuda a entender los escenarios en los cuales vivimos o podemos llegar a vivir. A veces la realidad es tan poco lógica, que necesitamos la ficción para aspirar a entenderla.

[ctt template=”5″ link=”50cfd” via=”no” ]En otras entrevistas Porcayo ha declarado que el origen de Plasma Exprés es una crítica hacia el abuso de la tecnología en nuestra vida cotidiana.[/ctt]

Nos dice Porcayo que no hay nada más triste, que ver a una pareja en un parque cada uno con su teléfono en lugar de estar besándose. Esto lo expone de forma detallada en la novela:

CIENCIA. “El síndrome de realidades se presenta hoy en día como la afección número uno que domina y distorsiona la sana interacción familiar. Según estudios realizados por el INEGI, más del 70% de la población pierde contacto de manera acelerada con los índices de productividad y eficiencia una vez que se adhieren a cualquier red social o servicio de realidad virtual. Acceder al ciberespacio implica la inmersión completa en un mundo ideal. La diferencia entre ese mundo idealizado y el real, según los arquitectos e ingenieros de Confort Vital, es lo que propicia ese síndrome, que en muchas ocasiones no obliga al usuario a abandonar la realidad virtual, sino, en todo caso, a buscar nuevas opciones de desarrollo dentro de esta”. (52)

¿Dónde está mi libro de mostros?

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¿Se acuerdan del post que hice sobre “Los libros que a las mamás no les gustan pero a sus hijas sí”, bueno, pues con la misma anécdota hice un cuento para niños que próximamente se publicará. Por cierto, si alguien está interesado en ilustrarlo puede mandarme un mensajito. A ver qué les parece.

¿Dónde está mi libro de mostos?

La noche es el momento de los mostros. Eso lo sabía muy bien Indira. Cuando el sol se despedía iniciaba el momento en que bajo la mesa, en el closet o entre sus peluches, podría aparecer el mostro preferido.

El timbre se escuchó.

Claro, era el papá de Indira que regresaba del trabajo con su cara de mostro, la cual cambió un poco gracias a los millones de besos que Indira le dio a su papá.
Después se fue corriendo a su habitación para ir en busca del libro de mostros que cada noche el papá mostro le leía a su hija. La niña Indira buscó en su librero, en el librero de su papá, en el librero de la sala, habló por teléfono con sus abuelos y sus tías y nada de nada.

El libro de mostros nunca apareció.

[ctt template=”5″ link=”3W8kr” via=”yes” ]El papá mostro muy extrañado fue a buscarlo y también nada de nada. Cosa que le hizo sospechar algo…como que alguien de esta casa ya no quería que Indira escuchara las historias de los mostros. @ricardocartas[/ctt]