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Un cuento sobre The Cure: Repítela siete veces Smith

El Chale, mi profesor de historia dice que me parezco a Robert Smith por las greñas y porque siempre ando de negro. Me gustó la idea, The cure era lo que más amaba en la vida. A partir de ese momento me convertí en Robert Toledo o Chuy Smith, sí, con todo y lentes oscuros. Así andaré por la vida –me dije desde ese momento. Robert por aquí, Smith por allá. Hasta mis papás me decían así y yo era feliz.

Los tres, Diana, Diego y yo siempre andábamos vestidos de negro. Claro, los tuve que educar con todos los discos y videos de The Cure. Les encantó. También nos pusimos las gafas y eso era señal de: “aquí no pasa nada, aquí no hay frío, el mundo se podría estar cayendo, pero con mis gafas veo al mundo como quiero verlo”.

En la última semana de clases, nos avisaron que la mamá de Diego había muerto. Diana y yo somos sus mejores amigos y entonces lo fuimos a ver a su casa. Diego estaba como si nada. Nos pidió que lo acompañáramos y eso fue lo que hicimos. Los tres, junto con su papá cara de pizza fuimos hacia el panteón donde la iban a enterrar. El señor nos dijo que mejor no bajáramos del auto, que nos esperáramos hasta el final para que Diego no la pasara tan mal. Entendimos y estuvimos de acuerdo. Diego ni siquiera le contestó, pues como casi siempre Diego estaba jugando con su teléfono. Fue Diana la que le dijo que no se preocupara, que nosotros íbamos a cuidar a Diego. El señor se fue y Diana le subió al estereo. Era una tarde sin frío ni calor, como casi todas las tardes de Ciudad Perla.

Los tres estábamos metidos en nuestros teléfonos cuando escuchamos un golpe en la parte de atrás del auto. Fue como si una mano gigante hubiera golpeado la cajuela del auto. Cuando volteamos sólo había tres señoras elegantes y al parecer inofensivas, con unas mascadas negras que les cubrían gran parte del rostro. Lo único que se les alcanzaba a ver eran sus enormes narices.

-¿Ya viste qué mujeres tan raras? –le dije a Diana.

-Tienen la misma nariz, de seguro las hicieron con el mismo molde. Son como unos cuervos enormes.

-¿Crees se hayan escapado de un circo? –me preguntó Diana con una sonrisa nerviosa.

Las señoras se asomaron por las ventanillas, pegaban sus enormes narices hasta empañar los cristales. Como llevaba mis gafas oscuras podía sostenerles la mirada sin ningún problema, pero Diana comenzó a desesperarse.

-¡Qué onda con esas señoras!

-Tranquila, mira, no hacen nada –le dije a Diana, mientras se acercaba a la ventanilla para darles un besito en la punta de la nariz, claro, detrás del cristal.

-¡No seas asqueroso! –gritó Diana.

-Ah, con que te pones celosa. ¿También quieres tu beso?

-No jodas Chuy, estas mujeres son unas brujas y tú ya despierta –le dijo a Diego sin que éste saliera de su estado de hipnosis.

Las mujeres se pusieron frente al auto. Hablaban entre ellas y después nos señalaban

-A ver, bájale, ¿qué es lo que dicen?

-Creo que quieren que bajemos.

Diego también lo escuchó, suspendió por un segundo el juego en su celular.

-Las señoras cuervo siempre han sido así; pero ni se les ocurra bajar –dijo Diego.

-¿Qué dices? ¿Señoras cuervo? ¿Entonces las conoces? –preguntó Diana alteradísima.

-¿Conocerlas? Diana, por favor, cómo no las voy a conocer si son mis tías. Son las hermanas mayores de mi papá –le contestó Diego, sonriendo. Son unas viejas locas que siempre odiaron a mi mamá, pero cuando les digo que están locas no es en un sentido figurado, las pobres se han pasado toda la vida en psiquiátricos.

-Se nota

-Oye, están hablando mal de tu mamá en su entierro, eso no se vale –le dijo Diana muy ofendida.

-Siempre lo han hecho, por eso no te preocupes, en el fondo son buenas mujeres, brujas, feas, locas, pero de ahí en fuera son como cualquier persona.

-¿Y cómo las soportan? -dijo Diana

Las mujeres cuervo suspendieron su verborrea y se acercaron hacia el lado en donde estaba Diana.

-No te recomiendo que hables de ellas. Las tías se ponen mal cuando se enojan.

Diana cambió el tema de inmediato y las mujeres cuervo volvieron a enrrollarse en sus trapos. El silencio era molesto. Diana era hiperactiva y yo me moría de ganas por ir a ver las tumbas.

-¿Podemos ir a ver? –le pregunté en secreto a Diego.

-¿Ver? Pues ni que fuera circo -contestó Diego sin dejar de jugar con su teléfono.

Vi de lejos al papá de nuestro amigo, se despedía de los familiares uno por uno. Cuando llegó al auto abrazó a las señoras cuervo y se quedó con ellas platicando unos minutos. Las tías de Diego se mostraban alteradas, algo le reclamaban a su hermano, pero no pudimos escuchar nada. El señor terminó desesperándose y las dejó hablando. Abrió la puerta del auto, respiró profundo y nos miró.

-¿Se pueden quedar aquí un momento? Diego y yo vamos a despedir a su mamá.

¿Taco árabe o chicharrón? de Efigenio Morales Castro

 

 

Yo no sé por qué me amarraron de manera brusca, si desde que aparecí por la taquería, me trataron bien: me ponían agua en un traste, pero lo principal: siempre me dieron de comer; esa comida me supo sabrosa desde un principio, luego supe que eran tacos, y más en particular: árabes. Por eso no entiendo lo de este lazo sobre mi cuello. Lo peor es que me tienen en una vecindad donde nadie se preocupa por mí. Al principio de mi llegada, varios niños jugaban conmigo; estos que pasan por aquí, ignorándome, como si no me conocieran… o me tuvieran asco.

Bueno, ya que estoy solo, déjenme contarles algo de mi vida, sí, la que viví tiempo atrás, cuando era cachorrito y todos me acariciaban en aquel lugar donde vivía. Allá la vida es tranquila, pocas casas, y no como aquí que hay muchas cosas que ruedan, y si te pasan encima, te matan. Yo lo vi en otro igual a mí; más o menos, porque –sin presunción- no soy tan feo como ese que quedó tieso en la calle, nomás porque le pasó una cosa de esas encima.

Ahora sí, va parte de mi vida…

La gente que es decente no es lectora, pues yo creo que ellos (narcos) menos: Elmer Mendoza

Ricardo Cartas: Haciendo un recorrido de tu obra y tu vida es importante entender los temas culturales que conforman tu personalidad, así como esos mundos por los cuales está compuesto este país. Tú lo has comentado en diversas entrevistas “el norte” responde a valores distintos, pues contrastan con los valores del resto de la República, cómo se vive junto al país más poderoso del mundo.

Elmer Mendoza: Sí, yo creo que la práctica, (y voy así a decirlo) del nacionalismo es muy intenso, es fuerte y es muy significativo. Además, porque la gente que vive en la frontera, de este lado todos los días tiene contacto con el país más poderoso del mundo como lo mencionas, pero puede tener dos, tres o diez tipos de contacto. Es decir, con alguien que lo trata bien, pero también con alguien que lo trata mal y lo que haces es como tomar conciencia de quién eres, qué eres, en dónde naciste, qué significa ser mexicano ahí y digamos hay instrumentos culturales que nunca se desprecian como la música, aprender el idioma, leer la literatura americana y la literatura chicana que es la mezcla.

R C: La música es un elemento importante en tu vida.

 E M: La música claro, el cine, es parte de un conjunto muy interesante de manifestaciones culturales que operan de los dos lados. En el 2001 cuando vino la catástrofe de las torres gemelas uno de mis amigos escritores dijo: he perdido un país cuando ya no dejaban entrar a los mexicanos. Y todos nos quedamos así, en esa pérdida. Fue una infinidad de gente que había llorado, llorado por eso, porque les pegó mucho. Después cerraron la frontera. Y bueno, tardó tiempo en reestablecerse y sirvió para identificar que hay una comunidad que vive en ambos lados de la frontera pero que son lo mismo.

R C: Claro, y se nota mucho esto en Tijuana. He leído varias crónicas en donde se cuenta que antes de esa tragedia era muy común ver a músicos importantes echando relajo por allá. Nirvana tocó en Tijuana. Ibas a una bar y de pronto te sentabas junto a Björk. Y de pronto se interrumpió ese intercambio cultural, fue toda una tragedia para los jóvenes de ese momento.

 E M: Es que fue tremendo, por ejemplo, mi generación, de esto que mencionas, nosotros veíamos ahí a un Jim Morrison que ya estaba hasta el transe.

 R C: Hasta las chanclas.

 E M: Hasta las chanclas así, en Ensenada lo vi en una cantina muy famosa que se llama Hussongs, él estaba pisteando y la clave era que no había quien lo molestara para que el tipo estuviera a gusto y volviera. Yo vivía en Culiacán y me iba a San Luis y de San Luis los fines de semana siempre nos íbamos a rolarla a la Revo, a la Calle Revolución de Tijuana que era donde estaba todo, era donde nos juntábamos los gringos, las gringas, mexicanos, mexicanas y a darle toda la noche, convivir, estar ahí, hacer todo. Es decir, es como un universo que yo creo que nos define a nosotros como una unidad cultural pero dentro de nuestro país.

Pápaloquelite, un cuento de Ernesto Sánchez Sánchez

Foto: Churromán
Foto: Churromán

-¿Cuánto traes?- le preguntó el nene al chaflán.

-No empieces, sólo traigo lo que me dio mi jefa pa´ pagar la luz- respondió aquel preparatoriano que se había ganado su apodo por ser muy atento, como un chalán, y porque un día le descubrieron un poster del grupo Flans en su habitación y no coincidía con los grupos que según él escuchaba; Iron Maiden y Metallica.

-Chale, si en el CENCH vendiera comida de la chida, de la que nutre, sería otro pedo… la ventaja que tenemos es que las cemas están en corto y eso siempre aliviana – pensaba el nene cada que pasada por el mercado Melchor Ocampo de ida y regreso a su casa, una y otra vez. El nene era el más chaparro del salón, pero él adecuaba su sobrenombre a sus tiempos exactos para la comida: soy un relojito para comer.

-Si mi jefa sabe que agarré lo de la luz sí se va a encabronar, se justificaba riéndose maliciosamente el chaflán, sabiendo que desde el primer segundo que le preguntaron por el dinero este ya estaba destinado para las cemitas.

-Ándale, mañana te pongo 50 pesos, vieras cómo tengo antojó de una de milanesa , de esas que no te caben en la boca—le suplicaba convincentemente el nene- ya ándale, sobres, vas , no la pienses, si tú también quieres una.

Cuando atravesaron el boulevard cinco de mayo, el nene le preguntó, oye crees que lo de cemitas le abran puesto por los semitas, de por allá de Líbano o Israel- y respondiéndose a si mismo continúo- porque yo creo que va emparentado con los tacos árabes. Mi jefe me dijo que esos los trajeron los libaneses, pero nunca he investigado.

Por los caminos del mundial, crónicas (no) futboleras

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¿Cómo nació este libro?

Si pudiera rescatar uno de los momentos más felices de mi niñez, sin duda es cuando salía a jugar a la calle futbol allá por el año de 1986. No fui a ningún partido del mundial porque no tenía ni un quinto, pero seguí todos los partidos por televisión, sobre todo los de México y Argentina.

Ese año tenía una pregunta existencial ¿Ser como Manuel Negrete o como Diego Armando Maradona? Click To Tweet
Paul Moreno, yo y Rodrigo Durana

Sí, jugaba en la calle con mis amigos y me iba narrando cada una de las jugadas; me imaginaba como Diego llevándose a uno, dos, tres, hasta llegar al área del enemigo y meterla.

 

Cuentan las malas lenguas que yo era bueno jugando, pero después algo pasó; no sólo me distancié, sino que hasta llegué a odiarlo. Cuentan las malas lenguas que después de fallar una clara llegada de gol contra el Instituto Oriente dije: ya no más, esto no es lo mío. Ni hablar.