#DesdeMiBicicleta

Los calores en el microbús

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Ay el microbús, ese bello espacio que nos recuerdan las clases sociales y lo admirable que puede ser nuestra especie. Esta semana por alguna “extraña razón” viajé en la Ruta 72 para ir al trabajo. La verdad es que como ustedes ya saben, para mí es muy divertido y sobre todo, gracias a esos viajecitos yo les puedo escribir estas crónicas.

Así, con mayúsculas. Todos los cuerpos de las decenas de personas que estábamos en el micro sudábamos, nos hacíamos prácticamente un sólo cuerpo jajaja. Qué asco ¿verdad? Pero eso no es todo. En un descuido, le pude agandallar un asiento a un tipo con poco reflejo. Se trataba de un golpe de suerte. Por lo regular siempre me toca ir parado gran parte del camino porque ya sabes, uno es caballero y siempre hay que darle el lugar ala viejita, viejito y muchacha bonita, así es como vivimos los caballeros dentro del micro. Pero ahora, ya estaba sentado y saqué un libro para intentar adelantar unas páginas, pero el calor no me dejó. En eso enfoqué a una parejita de esos amantes que les vale madre que se esté acabando el mundo, ellos sólo se dedicaron a juntar sus bocas, uno de esos besos de largo aliento, de muyyyy largo aliento mientras las manitas hacían lo suyo. ¡Qué chido! -pensé, siempre el amor nos hace olvidar lo jodido que estamos.

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Carta a Ana Gabriela Guevara

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Querida Ana Gabriela:

Hoy me desperté con la terrible noticia sobre las agresiones que sufriste por parte de cuatro cobardes. Escuché tus declaraciones, los mensajes por Twitter, las opiniones, todas exigiendo justicia y solidarizándose contigo. El mensaje que más me impactó fue el del escritor Antonio Ortuño:

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Antonio Ortuño nos deja en claro en lo que nos hemos convertido, ahora somos una especie fallida, enfermos de poder. Lo dices muy bien en el tercer párrafo de tu comunicado: “Cuando solicité se detuviera para poder llamar al seguro y pensando que se trataba de un accidente, descendieron los cuatro ocupantes y comenzaron a golpearme con lujo de violencia, pronunciando insultos por mi condición de mujer y motociclista. Cuando te comento que estamos enfermos de poder, me refiero a que estamos imposibilitados como sociedad de vernos de forma horizontal, como pares, como seres de la misma especie. Cualquier diferencia racial, económica, de género y hasta en el medio por el cual te transportas es utilizado para dejar en claro quién tiene el poder. Seguramente, desde el miserable mundo de esos cuatro cobardes, ver a una mujer sola en la noche en su motocicleta fue síntoma de inferioridad, de vulnerabilidad.

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Al parecer, basta estar dentro de un auto, para sentir el poder de arrollar a todo aquel que parezca inferior: motocicleta, bicicleta y peor aún si es conducida por una mujer.

Fíjate Gabriela que durante esta semana tuve la oportunidad de leer la crónica Voces de Chernóbil de Svetlana Alexiévich, en donde una doctora en Ciencias Agrícolas reflexiona sobre el progreso, sus catástrofes y el automóvil: “Chernóbil ha sido un golpe para nuestra imaginación y lo ha sido también para nuestro futuro. Nos gemas asustado de nuestro futuro. Entonces no debíamos de haber bajado del árbol, o hubiéramos debido intentarnos algo para que el árbol se convirtiera enseguida en una rueda. Por el número de víctimas que provoca, lo que ocupa el primer lugar no es la catástrofe de Chernóbil, sino el automóvil…(221)

Quizá puedas decir que el auto no es el culpable; desde luego que no, pero hay que ponernos a reflexionar sobre lo que implica, sobre los problemas que nos están causando, del significado que está teniendo en nuestra sociedad. Al parecer, la peor de nuestras tragedias viene en cuatro ruedas, manejada por gente enferma, deseosa de demostrar su poder en cualquier momento.

Hasta en las actividades más cotidianas, hasta en la forma de transportarnos ejercemos la discriminación, el auto es el rey y los demás los pobres, los que se pueden aplastar, los jodidos. Te mando un abrazo y pronta recuperación. Lo que estás sufriendo es una posibilidad para que el contexto pueda cambiar.

Saludos

E.T. y las bicicletas



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He de confesar que en pleno siglo XXI, después muchos años, tuve la oportunidad de ver E.T. (1984) de Steven Spielberg. Ya lo sé, soy un sinvergüenza, pero ni modo. Así que este post podrá tener todo, menos novedad. ¿Por qué no pude ver la película en su momento? Eso lo tendré que platicar muy seriamente con mis papás, pero lo trataré de responder desde el punto de vista de un chamaco marginado, que vivía lejos de la cultura pop, en una colonia bicicletera en donde E.T. no tenía la mayor importancia.

Sin embargo, después de ver la película, me doy cuenta de que hay una relación significativa entre ese (mi) mundo marginal y el film de Spielberg. Si miramos el contexto de la película, es decir, su atmósfera en la que se desarrolla, podemos entender que el E.T. es el extraño, el extranjero, el extraterrestre, el anormal, el feo, el chaparro, el que no habla bien, el amorfo que llega al lugar de los rubios, al lugar de la ciencia, de la razón, del completo orden, donde cada trazo de los barrios están cuidados a detalle.

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Sin embargo, E.T. no llega a refugiarse a cualquier casa, escoge la casa de Elliot, ya que dentro de todo ese mundo de orden y normalidad, la familia de este niño es disfuncional, ya que sus padres son divorciados y gracias a esa crisis la madre pierde el control de su familia. E.T. se refugia en un breve paréntesis de desorden.

En el transcurso de toda la película se observa una orgánica sociedad entre la policía y los científicos que andan detrás de E.T., lo subrayo, porque aunque nos parezca normal (dentro del historias de SF), la verdad es que eso no se ve mucho en la vida real (por lo menos no en México).

Dentro de ese espacio de desorden E.T. es acogido por los niños, con los más alejados del orden y la razón, son ellos los que creen, los que ayudan sin pensar, los que al final salvan a E.T. montados en sus bicicletas, retando a toda la maquinaria del Estado con su tecnología, científicos, policías, armas, autos, inteligencia; superándolos gracias a su juventud, a su voluntad, a la fuerza y agilidad de sus cuerpos y sobre todo en la confianza al otro.

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Una de las imágenes más recordadas de la película es cuando la policía está a punto de atraparlos y E.T. hace que las bicicletas vuelen, cruzando todo el espacio ordenado, cruzando por el cielo frente a la luna. Creo que es una de las imágenes más emblemáticas de la cinematografía porque representa una metáfora, una venganza de la imaginación contra el mundo de la razón.

E.T. y el niño marginado tienen algo en común, la bicicleta los hizo liberarse del mundo de la razón, del orden, del establishment-poblanishment

 No sé si valió la pena los años de espera, pero E.T. se hizo tan viva que se me hace que la voy a ver de nuevo. Si te gustó este post o no, escríbeme un comentario. Si no tienes nada qué decir puedes recomendarme alguna película ochentera para que me ponga al corriente de la cultura pop que me perdí.

Otra razón más para usar la bicicleta

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No me hice ciclista por conciencia ecológica, ni por militancia alternativa. Me hice asiduo a la bici por necesidad, porque en el lugar donde vivo sólo hay lugar para un sólo auto y lo utiliza mi Mayra. Después de todo es ella quien anda de aquí para allá con mi hija. Aunque a veces, cuando me ganaba la flojera, tomaba la Ruta 72, una de las peores de todo el transporte público en Puebla. Tarda muchísimo y siempre viene hasta el copete. De verdad, ahí fue donde en verdad me sentí como ciudadano de quinta, siempre al capricho de un chofer enfurecido creyéndose MadMax. Bueno, pues me entero por medio de la prensa que es la ruta más insegura de toda la ciudad, la que ha tenido más asaltos en las últimas semanas.

Afortunadamente nunca me ha tocado, pero por si las moscas, nunca más la vuelvo a usar, así que aquí hay otro elementos para acudir a la bicicleta como medio de transporte. No hay de otra.  Estoy condenado a liberarme de los maltratos de los choferes. Aunque también he de reconocer que eran momentos muy divertidos y reveladores. Si se quiere patentar la realidad de la ciudad hay que subirse a la ruta 72. Claro, muchos me dirán que la buena es la 33 o el Boulevard CU, o la 10. Creo que todos los que padecemos el transporte público, sabemos que en su mayoría muy peligrosas.

 Esta semana, incluyendo sábado y domingo, mi forma de transporte fue la bici. Me mojé un poco un par de veces pero la pasé muy bien y ahorré como $200, los cuales invertiré en la novela de Emma Cline que lleva por título Las chicas. Dicen que es muy buena, vamos a ver si es cierto, ya les contaré en estos días si fue así.

¿A quién no le gustaría ser rescatado por una Ciclista?

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Autor: Edgar Borges

Título: La ciclista de las soluciones imaginarias

Editorial: Nitro Press

ISBN: 978-607-8256-25-9

Año de Publicación: 2015

El pobre señor Silva, protagonista de esta historia, tiene una esposa que dictadora, tres hijos y no tiene empleo. Vive en un tiempo en donde la imaginación y el ocio son tan mal vistas que el que se atreve a practicarlas, se les puede catalogar enfermos mentales. Desde el siglo XIX, muchos escritores escribieron sobre la hiper productividad de la vida “moderna”. El tema no es nuevo, pero la forma en que lo trata Edgar Borges resulta inspirador y más para todos los que amamos las bicicletas y que lo hacemos, claro está (para ahorrar una lana), porque sabemos que al ir montados en la bici le damos la espalda a un modelo de vida que está provocando absurdos ecológicos, vidas miserables pero con autos de lujo, pobreza mental y una superficialidad de la cual todos somos responsables.

La ciclista de las soluciones imaginarias de Edgar Borges es una de esas novelas que quisieras que la leyeran todos tus amigos para después hablar sobre ella en compañía de unas cervezas y dictaminar quién se parece más al señor Silva, quién tiene una esposa como Laura; ambos personajes, son arquetípicos de cualquier ciudad del mundo burocratizado, claro está.

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Los Reyes Magos y su tráfico

Reyes-Magos-en-biciLlevo casi un mes con mi bici nueva y no hay poder humano que me baje de ella. Es un verdadero placer andar para todos lados en mi bici. Voy de mi casa a CU, de CU al INE y de ahí a Radio BUAP sin ningún problema. Ayer me llovió un poquito, pero todo ha sido placer. Es una de mis propósitos para este año, usar el auto sólamente, si es necesario, en los fines de semana.

Pero les cuento que hoy me sentí el ciclista más afortunado del mundo y casi tuve un orgasmo cletero. Hace unas horas salí de Radio BUAP, eran las 8:15 y me encaminé a mi ruta de siempre.

En el camino me encontré al Sexy y fue ahí, precisamente en la 2 sur cuando me encontré con un monstruoso tráfico, sí, casi como si fuera Godzilla intentando tragarse la ciudad.

Afortunadamente, ese monstruo no existe para las bicicletas, así que poco a poco fui avanzando, mirando los rostros de los que iban manejando. En verdad la estaban pasando muy mal. Me imagino que muchos andaban en los rollos de los Reyes o comprando sus roscas o corriendo a buscar dónde esconder lo de los Reyes, no sé, pero realmente se veían frustrados, cansados y muy entraficados.

Llegué a mi casa 8:35, es decir que recortó casi 8 kilómetros en 20 minutos. Espero que los Reyes magos hayan tomado sus precauciones, una bici seguro les ayudaría para llegar a tiempo en sus entregas y miren que son muchas.

 

Los 9 enemigos de los ciclistas urbanos

1. Chofer de La ruta 3 hablando por teléfono
2. El Chofer la de la ruta tres que manda mensaje mientras habla por teléfono celular
3. Las alcantarillas abiertas y junto una ruta 3
5. Ciclistas hablando por teléfono celular
6. Ciclistas en sentido contrario (no tanto)
7. Las señoras que te miran feo porque vienes en bicicleta.
8. Las chicas guapas que te distraen en la calle mientras manejas tu bici.
9. Los perritos que no saben cruzar las calles.

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2 semanas en bicicleta y todo sereno

En vacaciones me fui a hacer unos estudios y resultó que andaba muy mal de colesterol: ¡Claro, casi un año comiendo porquerías en el centro junto con mi amigo Churromán! Tacos árabes en lunes, miércoles y viernes, más porquerías en martes y jueves y para colmo a veces cenábamos tacos de carne asada o de chorizo. Es la fórmula perfecta para echarte a perder en poco tiempo. Y bueno, además hay que agregar que no hacía nada de ejercicio. Así es que ¡por fin! me disidí a sacar la bici todos los días. Hago alrededor de 15 klm diarios (ida y regreso) y además me sometí a una alimentación rigurosamente sana, sin nada de porquerías y el resultado después de dos semanas es increíble. He bajado la panza, los cachetes también, pero también he ahorrado una buena cantidad de dinero. Ahorro lo de la gasolina, el estacionamiento, la comida y otras cosas que iban saliendo en el camino, pero lo que más me gusta es que la bicicleta me ha servido para relajarme, llego de muy buen humor y con mucho ánimo. No me canso de recomendarles que usen la bici, en verdad que sí les puede cambiar la vida y no tengan miedo, yo les puedo decir que en estas dos semanas no he recibido ninguna agresión por parte de los conductores. Desde mi bicicleta la vida es una maravilla.

Amor y paz

Saliendo de mi casa hacia el trabajo

Saliendo de mi casa hacia el trabajo

Desde mi bicicleta

Abrí esta nueva sección de mi blog para escribir algunas historias que he pasado en mi bicicleta desde hace unos años. Para empezar quiero decirles que la bici es un símbolo que me lleva siempre a la felicidad, a la sencillez y a una versión distinta del desarrollo. Hace unos años, cuando daba clases en la presa Zapata y mi hija estaba recién nacida, me propuse ir y venir del trabajo en la bici. Por un lado me gustaba la idea de recuperar mi pasión por la bici, pero también me ayudó a ahorrar y sobre todo a recuperar mi condición física. Me costó trabajo decidirme, pero lo logré, el ejercicio me sirvió como una terapia, sacaba toda mi energía negativa y llegaba a las 7 am en punto, sonriendo. Mis alumnos de aquellos años se morían de la risa al ver entrar a su profesor de lenguaje a la presa en su bicha verde con negro. Salían de los balcones a saludarme como si fuera el ser más extraño del mundo. En esos años daba unas cuantas clases en la presa, ahorraba hasta el último centavo, no compraba nada que no fuera extremadamente necesario, fumaba muy poco, leía como loco y escribía una de mis novelas más divertidas (Bilopayoo Funk), es decir, dejé que floreciera el hipo que siempre he llevado adentro; después vinieron más responsabilidades, prisas y un cambio de casa que me complicó la costumbre bicicleta. La distancia se duplicó, pero ahora estoy decidido a regresar y además escribir todo lo que piense mientras monto la bicicleta. Ya veremos si tengo la suficiente voluntad, ya quiero sentir el frío en la cara, quiero ver el mundo desde otro punto de vista, quiero sonreír mientras los demás sufren. Ya les estaré contando.bici