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Otro cuento más del libro: Su majestad el taco árabe. Juan Nicolás Becerra presenta: El taco de Tony

La última vez que estuve en Puebla de los Ángeles fue el 11 de Septiembre de 2001 y antes de salir para la TAPO, seguíamos la noticia de los terribles atentados en las Torres Gemelas. Las imágenes eran devastadoras y contundentes, los aliados de Al-Qaeda habían impactado el corazón del territorio gabacho; yo estaba en una oficina que vendía libros y suministros para todo tipo de Bibliotecas, en ese entonces trabajaba como Agente de ventas y mi labor era ir a platicar con otros Bibliotecarios, escuchar sus lamentos cotidianos y, a modo de consuelo, trataba de venderles algo.

Aquel lunes mi destino era la ciudad de Puebla, famosa por albergar muchas Universidades y desde luego bibliotecas. Tenía planeado por los menos ir a cinco instituciones educativas y, por supuesto escaparme a comer un taco árabe. Para mis adentros dije: qué paradoja, los árabes están en los reflectores internacionales por su ataque y yo me quiero jambar una orden bien cargadita de la famosa carne Árabe que Puebla ha perfeccionado para deleite de los comensales.

En Puebla reinaba el ánimo del nuevo milenio y se percibía en las calles y en las aulas universitarias; estaban en una especie de boom cultural, científico y literario, pero el gran resonante era el gastronómico. No faltaba quien no dijera que en Puebla se come muy bien, “debes de probar esto o aquello”, “Los chiles en nogada imperdibles”, “las cemitas son verdaderamente sabrosas, las de milanesa son mis preferidas” me dijo un veracruzano que estudiaba en Cholula. Y no se diga del Taco Árabe: los trompos y sus variantes fungían con autoridad en el lenguaje poblano; es decir, se concebía a la comida como una religión. Otro rasgo de coordenada y coincidencias con el lugar. Se sabe que en Puebla hay más de 300 iglesias. Imposible no decir que la comida es una religión; eso sería un pecado capital, una soberbia inadmisible no comer una buena dotación del famoso taco árabe poblano.

¡Las cemitas fifís! :)

 

Llegamos al tercer capítulo del podcast En busca de la cemita perdida. En esta ocasión estoy muy contento porque por fin el podcast ya está en Spotify y el Google Podcast. Así es que afortunadamente vamos a poder llegar a todos los golosos del universo con mayor facilidad. Bueno, en esta ocasión quiero hablarles un poco sobre la aventura de la grabación de este capítulo. Desde hace meses tengo amistad con la gente del Rosewood, un hotel muy conocido en el mundo como uno de los más prestigiosos. El hotel no necesita mucha publicidad, se vende solo muy bien con los turistas extranjeros; sin embargo, están haciendo una estrategia para acercar al público de Puebla.

Así es que me invitaron a conocer el hotel y en verdad estaba sorprendido, ¿qué hacía un valedor de San Baltazar Campeche en uno de los hoteles más lujosos de Puebla? Aún no lo sé, pero yo estaba ahí como si nada entre los salones elegantes y los lavaderos que lucen muy bien junto al bar. Cuando sea rico y afamado me iré a echar un pulquito por ahí con todos ustedes. Y bueno, en realidad me llamó la atención por el menú que iban a ofrecer durante el evento. les cuento rápido que la administración del hotel armó las noches de Cúpulas y Espuma , donde puedes pasar un ratón con tu novio, novia o pior es nada en una de las vistas más aquí de Puebla. Desde esta terraza puedes ver gran parte del centro histórico y desde tu sillón de lujo y echando un champagne te explican sobre la historia de Puebla y sobre todo de la historia de las cúpulas poblanas. Me gustó mucho la idea de pasar un rato escuchando a un especialista sobre la historia de tu ciudad.

Del libro Su majestad el taco árabe presentamos: “No le saque” de Felipe Ríos Baeza

En una clase de ocho de la mañana intentaba enseñar a Jaime Gil de Biedma. Leíamos en voz alta «Intento formular mi experiencia de la guerra», acaso su mejor poema. Un alumno leyó el primer verso, otro el segundo, y así se escurrió la hora. La mayoría dormía o escuchaba música. Yo intentaba memorizar el poema, buscarle otro sentido al evidente contraste entre la espantosa guerra civil española y la supuestamente feliz infancia del autor, sobre todo porque el inicio de ese poema siempre me pareció un enigma: «Fueron, posiblemente,/ los años más felices de mi vida».

Al recordar esa época en Puebla (al recordar el tipo de trabajo que hacía en esa época y a buena parte de la gente que conocí), podría cambiar algunas palabras de Gil de Biedma y decir: «Fueron, posiblemente, los años más bizarros de mi vida». Tuve ataques de ansiedad. Engordé diez kilos. Empezó mi affaire con el whisky. Firmé un contrato en una universidad para hacer clases y gestión académica, pero fue apenas una pantalla para operar cosas más sombrías ahí dentro. Así que mi tiempo lo repartía entre reuniones penosas que no iban a ningún lado (quienes las dirigían tomaban la actitud de generales de la Wehrmacht a punto de invadir una Stalingrado que sólo existía en sus cabezas) y clases con alumnos que nada sospechaban de cuánto uno hacía para que esa facultad funcionara verdaderamente como una escuela.

Para llegar al trabajo caminaba todos los días por esa avenida emblemática del centro, esa larga y ruidosa con nombre de obispo, y antes de desembocar en el zócalo entraba por una puerta, a la izquierda. Normalmente andaba así el trayecto, cabizbajo y con los audífonos bien sumidos, sin advertir los estrechos galpones y galerías que había a los costados. No fue sino el mismo día en que enseñé ese poema de Gil de Biedma que reparé en un hecho notorio: debajo de esa Puebla colonial, turística y cincomayesca, había otra ciudad. Bastaba con desviarse por alguna de esas galerías para notarlo.

La gente que es decente no es lectora, pues yo creo que ellos (narcos) menos: Elmer Mendoza

Ricardo Cartas: Haciendo un recorrido de tu obra y tu vida es importante entender los temas culturales que conforman tu personalidad, así como esos mundos por los cuales está compuesto este país. Tú lo has comentado en diversas entrevistas “el norte” responde a valores distintos, pues contrastan con los valores del resto de la República, cómo se vive junto al país más poderoso del mundo.

Elmer Mendoza: Sí, yo creo que la práctica, (y voy así a decirlo) del nacionalismo es muy intenso, es fuerte y es muy significativo. Además, porque la gente que vive en la frontera, de este lado todos los días tiene contacto con el país más poderoso del mundo como lo mencionas, pero puede tener dos, tres o diez tipos de contacto. Es decir, con alguien que lo trata bien, pero también con alguien que lo trata mal y lo que haces es como tomar conciencia de quién eres, qué eres, en dónde naciste, qué significa ser mexicano ahí y digamos hay instrumentos culturales que nunca se desprecian como la música, aprender el idioma, leer la literatura americana y la literatura chicana que es la mezcla.

R C: La música es un elemento importante en tu vida.

 E M: La música claro, el cine, es parte de un conjunto muy interesante de manifestaciones culturales que operan de los dos lados. En el 2001 cuando vino la catástrofe de las torres gemelas uno de mis amigos escritores dijo: he perdido un país cuando ya no dejaban entrar a los mexicanos. Y todos nos quedamos así, en esa pérdida. Fue una infinidad de gente que había llorado, llorado por eso, porque les pegó mucho. Después cerraron la frontera. Y bueno, tardó tiempo en reestablecerse y sirvió para identificar que hay una comunidad que vive en ambos lados de la frontera pero que son lo mismo.

R C: Claro, y se nota mucho esto en Tijuana. He leído varias crónicas en donde se cuenta que antes de esa tragedia era muy común ver a músicos importantes echando relajo por allá. Nirvana tocó en Tijuana. Ibas a una bar y de pronto te sentabas junto a Björk. Y de pronto se interrumpió ese intercambio cultural, fue toda una tragedia para los jóvenes de ese momento.

 E M: Es que fue tremendo, por ejemplo, mi generación, de esto que mencionas, nosotros veíamos ahí a un Jim Morrison que ya estaba hasta el transe.

 R C: Hasta las chanclas.

 E M: Hasta las chanclas así, en Ensenada lo vi en una cantina muy famosa que se llama Hussongs, él estaba pisteando y la clave era que no había quien lo molestara para que el tipo estuviera a gusto y volviera. Yo vivía en Culiacán y me iba a San Luis y de San Luis los fines de semana siempre nos íbamos a rolarla a la Revo, a la Calle Revolución de Tijuana que era donde estaba todo, era donde nos juntábamos los gringos, las gringas, mexicanos, mexicanas y a darle toda la noche, convivir, estar ahí, hacer todo. Es decir, es como un universo que yo creo que nos define a nosotros como una unidad cultural pero dentro de nuestro país.

Pápaloquelite, un cuento de Ernesto Sánchez Sánchez

Foto: Churromán
Foto: Churromán

-¿Cuánto traes?- le preguntó el nene al chaflán.

-No empieces, sólo traigo lo que me dio mi jefa pa´ pagar la luz- respondió aquel preparatoriano que se había ganado su apodo por ser muy atento, como un chalán, y porque un día le descubrieron un poster del grupo Flans en su habitación y no coincidía con los grupos que según él escuchaba; Iron Maiden y Metallica.

-Chale, si en el CENCH vendiera comida de la chida, de la que nutre, sería otro pedo… la ventaja que tenemos es que las cemas están en corto y eso siempre aliviana – pensaba el nene cada que pasada por el mercado Melchor Ocampo de ida y regreso a su casa, una y otra vez. El nene era el más chaparro del salón, pero él adecuaba su sobrenombre a sus tiempos exactos para la comida: soy un relojito para comer.

-Si mi jefa sabe que agarré lo de la luz sí se va a encabronar, se justificaba riéndose maliciosamente el chaflán, sabiendo que desde el primer segundo que le preguntaron por el dinero este ya estaba destinado para las cemitas.

-Ándale, mañana te pongo 50 pesos, vieras cómo tengo antojó de una de milanesa , de esas que no te caben en la boca—le suplicaba convincentemente el nene- ya ándale, sobres, vas , no la pienses, si tú también quieres una.

Cuando atravesaron el boulevard cinco de mayo, el nene le preguntó, oye crees que lo de cemitas le abran puesto por los semitas, de por allá de Líbano o Israel- y respondiéndose a si mismo continúo- porque yo creo que va emparentado con los tacos árabes. Mi jefe me dijo que esos los trajeron los libaneses, pero nunca he investigado.