Foto: Ricardo Cartas

Hace unas semanas leí esta entrañable novela de Wendy Herrera. Lo compré cuando era una novedad pero no sé por qué razón lo leí cuatro años después, justo cuando se empezaba a cocinar el movimiento de San Isidro. Hoy que es tema de fuertes debates en redes sociales las recientes protestas queda como anillo al dedo la lectura de esta novela. Aquí les dejo unos fragmentos de los subrayados que hice del libro 🙂

No: 269

ISBN: 978-607-8441-67-9

Año: 2016

Editorial: Anagrama

 

No, no voy al médico en Cuba porque desde niña intuí que en el laboratorio de mi padre inyectaban veneno a personas sospechosas o incómodas al sistema, también pienso que a ellos les quitaron los frenos para que se desaparecieran de una vez en el aire, llevándose consigo esos secretos de envenenamiento farmacológico que habían amenazado con hacer públicos si los seguían presionando. Después de imaginar el infierno de mis padres en el Polo Científico, yo no estaba dispuesta a ser parte de ese plan infinito. (20)

Cuando salí de la Habana, de nadie me despedí, en el mismo aeropuerto me contactó un señor que evitó presentarse con su nombre. Era un burócrata con ademanes de político, manos temblorosas, olor a nicotina y un tic nervioso en los ojos. Según él, mi libro no sería tomado en cuenta por la oficialidad, ni se haría el anuncio del premio dentro de Cuba. Me invitó a valorar la idea de no regresar por el momento. El compañero de la guayabera era un ignorante con entusiasmo y me comunicó que el imperialismo estaba detrás de mi premio, un premio sólo merecido por una maniobra publicitaria a causa de la muerte de mis padres. Su discurso me regaló varias claves de cómo ha funcionado la censura durante todos estos años. Dijo ser un funcionario. ¿Un funcionario? ¿Alguien que se durmió en la época del caso Padilla y despertó hoy) (21-22)

He terminado siendo una huérfana apestada, una solterona disidente, una loca incomprensible que escribe poemas para leer en los aviones. Le ofrecí un chocolate caliente antes de partir al hotel. Sting era afable, suave, espigado como una garza, delgado, y tan joven que parecía tener mi edad y no la suya. (29)

Me quedé en la ducha un largo rato, intentaba recordar los momentos en que escuché a Sting durante mi adolescencia, los hombres que me besaron mientras lo escuchaba. Pero nada de eso sucedió, nunca un hombre me besó escuchándolo. Ningún hombre nunca quiso besarme así antes de irse para siempre. (30)

Nadie ni nada puede alejarnos de nuestro destino, me dije, y a él fui corriendo, convencida de poder recuperar algo de lo que nos habían desarraigado. Forzar el oráculo o arreglar su rumbo era para mí el siguiente paso. (31)

Pseudoescritora:

 Sabíamos perfectamente que abrirías esta carta. Nunca confiamos en ti y para nosotros se hizo aún más evidente desde que nos leíste fragmentos de tu libro. A eso viniste, a indagar en nuestras ideas, en nuestra Cuba íntima, la nueva nación que queremos. Con tus aires de poeta crees que puedes engañarnos, pero sabemos que no eres más que una agente del gobierno cubano, una mujer que finge ser quien realmente no es para aprovecharse de nosotros; y eso luces en tu libro, esa capacidad de husmear en las vidas ajenas con aparente ingenuidad. Nuestras ideas no te quedaron claras porque fuimos muy cuidadosos contigo desde el primer momento.

            Por favor, no regreses. Ni Enzo ni nosotros queremos tener ningún contacto contigo. Si insistes, los rumores que hay sobre ti se volverán noticia, y eso no le conviene ni a ti ni a tu gobierno.

            Vete a husmear a otra parte, traidora. (46-47)

No hay persona o país, no hay cuerpo o sociedad que conserve si intimidad conviviendo conmigo. (51)

Hay algo que describe a todos los dirigentes y oficialistas de este país: su forma de vestir, su empeño en ser o lucir humildes, en transcurrir de espaldas al mercado, necesidad, la opción única de ponerse lo que hay, porque tampoco tienen medios para comprar un vestuario adecuado, pero, de paso, en recalcar que menosprecian el valor de la moda, que disfrutan estar fuera de ella. Entran a las embajadas y recepciones orgullosos del safari, de la guayabera, de la camisa de cuadros, del clásico jean cañero. Eso no les queda bien pero les trae calma, creen pasar inadvertidos, excepto en una fiesta como ésta. Siempre he pensado que en ese no estilo germina una condición inconfundible: el desprecio a lo bello, al valor de lo contemporáneo y sus estremecedores y simbólicos cambios estéticos e históricos. Ese desprecio, esa glorificada y perenne postura verde olivo colectiva patenta lo “macho” y lo uniforme, personifica el “to´s tenemos” que nos diluye en la masa fortaleciendo nuestro ideal de vida guerrillera, aplastando así cualquier atisbo de individualidad, delicadeza, toque personal o guiño de independencia visual.

El poder no necesita llevar nada caro, lo verdaderamente caro es poseer una país y despojarlo de cualquier estilo, también de la posibilidad de elegir su sentimiento estético. Durante más de cinco décadas la escasez nos emborronó el cuerpo y aprendimos a vestir con casi nada, con lo que pudimos heredar, reciclar, recuperar del naufragio.

La moda aquí en estos años ha sido eso, vivir de espaldas a la moda. Es políticamente correcto ser humilde. Se desaconseja llevar algo caro, bien diseñado, estrafalario, fuera de lo común, distanciado de lo masivo, que recuerde que existe otro modo de ir por la vida, se desaconseja ser único. (56-57)

En las filas de la Seguridad hay licenciados en Literatura, Historia, lingüistas, físicos; hay escritores, cantantes, filólogos, científicos, psiquiatras, mecánicos, filósofos. “Tenemos las prostitutas más cultas del mundo”, según dijo Fidel en uno de sus extensos discursos, los médicos más preparados del mundo, el pueblo más alfabetizado del mundo, lo que no tenemos aquí es la posibilidad de hacer nuestro mundo, por tanto, todo lo que hacemos, lo bueno y lo malo, es completamente consciente, y eso me aterra. Estamos atrapados entre la conformidad y la deserción en la isla militar de los adioses. Los cubanos hemos sido muy bien entrenados, el verdadero daño está en el alma. Aquí no hay inocencia posible. (97)

Estoy sola y tengo la responsabilidad de guiarme. Mi fuerza es estar sola, guiarme yo; ser mi propia vigilante me mantiene firme. (143)

Hoy es domingo. No hay nada más deprimente en Cuba que un domingo a las siete de la noche. Me deprimen los domingos y ya son casi las siete, atardece, la luz filtrada con sal traspasa las ventanillas del avión.

Yo sé que a veces la vida allí abajo resulta infernal. ¿Pero acaso no es éste mi infierno? Aquí voy, en picado, aterrizando sobre asuntos propios que necesito recuperar. (213).

 

 

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