Seguramente tú has sentido lo mismo que yo. Después de mucho tiempo te decides a sentarte frente a tu computadora para hacer ese informe que te encargaron o la tarea o ese capítulo de la tesis que te falta para poder titularte. Sin embargo, en unos cuantos minutos pierdes la atención gracias a tu twitter o por algún video de gatitos en el tik-tok.

Si tienes suerte recuperarás la atención y terminarás, pero lo más probable es que tu falta de atención te haga fracasar. ¿Lo has sentido, verdad?

James Williams, autor del libro Clics contra la humanidad, hace una profunda reflexión sobre cómo hemos perdido la capacidad de atención en la era de la información.

“La atención humana parece haber sufrido un cambio profundo y potencialmente irreversible en la era de la información. Reaccionar a este cambio como es debido podría ser el mayor desafío moral y político de nuestro tiempo”.

¿La falta de atención en los humanos que consecuencias puede tener? James Williams nos hace reflexionar: las consecuencias políticas y morales de la economía de la atención digital empiezan a pasar al primer plano. El Artículo 21 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos establece que “la voluntad del pueblo es la base de la autoridad del poder público”. Si la economía de la atención digital obrara en perjuicio de nuestra voluntad, supondría también un ataque directo a los fundamentos de la democracia. Y no sólo amenazan la libertad y autonomía del individuo, sino también nuestra capacidad colectiva de promover políticas que merezcan la pena.

Esa molestia que sientes a la hora de procastinar por tu falta de atención, por esos clickbaits que no te dejan concentrarte son un síntoma de cáncer social que se está gestando aquí en tu ciudad, en la país, en todo espacio donde nos llegue una gota de internet.

Subrayados del libro, algunos fragmentos que considero importantes

La voluntad es también la fuente de la que emana la autoridad democrática. Desde este prisma, las consecuencias políticas y morales de la economía de la atención digital empiezan a pasar al primer plano. El Artículo 21 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos establece que “la voluntad del pueblo es la base de la autoridad del poder público”. Si la economía de la atención digital obrara en perjuicio de nuestra voluntad, supondría también un ataque directo a los fundamentos de la democracia. Y no sólo amenazan la libertad y autonomía del individuo, sino también nuestra capacidad colectiva de promover políticas que merezcan la pena.

No podía estar más equivocado.La liberación de la atención humana podría ser la lucha ética y política decisiva de nuestro tiempo.

En presencia de Diógenes nadie se sentía a salvo. Hoy no habríamos tachado de trol.

Me refiero a la luz de nuestra atención. La atención humana parece haber sufrido un cambio profundo y potencialmente irreversible en la era de la información. Reaccionar a este cambio como es debido podría ser el mayor desafío moral y político de nuestro tiempo.

La visión de Huxley, sostiene, se apoya en su predicción de que en el futuro los más temibles adversarios de la libertad no surgirán de nuestros miedos sino de nuestros placeres: no es la perspectiva de una “bota que patea un rostro humano…a perpetuidad” lo que debería quitarnos el sueño, sino el espectro de una situación en la que “la gente llegue a amar la opresión a la que se somete y adorar las tecnologías que la incapacitan para pensar”

Decir que la abundancia de información produce escasez de atención equivale a afirmar que los problemas a los que nos enfrentamos no se solucionarán echando abajo nuevas barreras informativas. Significa también que la censura que debería preocuparnos no atañe tanto a la gestión de información como a la gestión de la atención.

La voluntad es también la fuente de la que emana la autoridad democrática. Desde este prisma, las consecuencias políticas y morales de la economía de la atención digital empiezan a pasar al primer plano. El Artículo 21 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos establece que “la voluntad del pueblo es la base de la autoridad del poder público”. Si la economía de la atención digital obrara en perjuicio de nuestra voluntad, supondría también un ataque directo a los fundamentos de la democracia. Y no sólo amenazan la libertad y autonomía del individuo, sino también nuestra capacidad colectiva de promover políticas que merezcan la pena.

Evidentemente, la “concepción luminosa” de la voluntad general sobre la que escribe Rousseau no es el mero agregado de las voluntades individuales: es la voluntad conjunta de los individuos cuando estos “se ocupan del bien común”. Dicho de otro modo, un individuo puede poseer una voluntad opuesta o distinta a la voluntad general que ostenta como ciudadano. Así pues, el menoscabo de la atención, en este sentido más amplio del término, tiene implicaciones políticas que van más allá de la frustración vital de muchos individuos.

¿A quién podría extrañarle que, de un tiempo a esta parte, la población estadounidense tienda a hablar, pensar y sentir en los mismos términos de esta quimera, y que los estímulos del arte, la ciencia y la religión hayan sido relegados a la periferia de la vida americana para convertirse en valores marginales, cultivados por gente marginal en tiempos marginales?

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