Ayer cumpliría 90 años mi papá, apenas. Hace un año le hicimos un fiesta y aunque ya iba con su “bolsita” para todos lados nos la pasamos de lujo, sobre todo él, Para mi papá las fiestas tenían un sentido ritual, una importancia que por lo menos yo he perdido. Recuerdo muy bien que en alguna ocasión me dijo que era importante esa fiesta porque quería despedirse de todos sus amigos y de la familia. Ya escuchaba a la muerte y nosotros también la sentíamos muy cerca.

Lo que más recuerdo de mi papá son las pláticas, las aventuras, pero en especial, tengo una presente que me ayuda a entender su vida y su tiempo histórico. Cuando cursaba la licenciatura unos amigos perdieron la vida en un viaje a Zipolite. Con esa anécdota yo escribí un cuento que se llama La vida es una jodida broma , fue un momento muy difícil y caí en depresión. Cuando le platiqué a mi papá lo que me pasaba se quedó callado y me preguntó:

-¿Qué dices que tienes?

-Depresión

-¿Y eso qué es?

-Es cuando te pones muy triste

-Yo nunca he sentido eso -me contestó

En verdad lo dudo. Mi papá tuvo una vida dura, llena de golpes fuertes, pobreza, trabajo y sacrificios, pero supongo que hizo una fuerte resistencia, la cual incluía negar la tristeza, sentirse en el fondo del abismo. Me hubiera encantado escuchar sus palabras en esta crisis, no tengo la más mínima idea de lo que habría opinado; sin embargo querido padre, qué bueno que no llegaste a los 90, no te merecías cerrar tu vida con un escenario como estos. Por lo menos tuviste un final feliz, morir bien, en tu casa, de viejo, con tu familia es un lujo que muchos ya no nos podremos dar.

Felicidades, papá.

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