Queridas y queridos:

Desde hace un par de semanas hemos visto cómo a nuestras querid@s enfermer@s l@s han violentado de distintas formas en la calle, en el transporte público y hasta en sus propios fraccionamientos. ¿La razón? Pues la ignorancia. La gente piensa que ellas pueden contagiar. Yo he tenido muy buenas experiencias con las enfermeras. Dos queridas amigas, Hilda Rosado que en paz descanse y mi querida segunda mamá, la Mtra. Sonia Domínguez son una buena muestra de calidad humana, de entrega y superación. Cuando mi mamá tuve el derrame cerebral la fuerza y vocación de las enfermeras me sorprendió. Es sorprendente ver cómo desarrollan su chamba con tanto carácter, intensidad, fuerza física.  L@s enfermer@s con los que me tocó convivir en aquéllos días tristes, siempre me me ayudaron y hasta me daban ánimo.

Hoy tod@s tenemos una batalla, pero para las enfermeras y enfermeros es una BATALLA con mayúsculas que tienen que enfrentar en sus largas jornadas, pero también en sus casas, con sus parejas, con sus hijos y ahora también contra la discriminación de una sociedad (de un sector) que en lugar de aplaudirles como lo hacen en España, l@s reciben a cubetazos de agua clorada. ¿Se imaginan ustedes ir a trabajar todos los días sabiendo que tarde o temprano te vas a contagiar? ¿Se imaginan tener una jornada de horas y horas sin ningún tiempo libre? ¿Se imaginan que después de toda esa chinga la gente te observe como un apestado?

¿Por qué somos tan injustos? ¿Por qué no podemos tener un poco de empatía y ayudar, sumar, por lo menos respetar a estas mujeres y hombres que se la rifan con su vida?

Ojalá tengamos tiempo de reflexionar sobre esta situación y cuando veas en la calle, en el transporte público a una enfermera o a un enfermero, sonríe, dale ánimos, felicítalos, dale las gracias. 🙂

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