Foto: Ricardo Cartas

Hace unas semanas visité el Museo Nacional del Títere; tenía varios años que no lo visitaba y aunque lo vi un poco polvoso, es un lugar que de deja encantado. Tomé algunas fotos y transcribí un capítulo del libro: “Los títeres Rosete Aranda, una tradición centenaria” de Lucina M. Toulet Abasolo. Al parecer en una edición de autor y sólo tiene un tiraje de 500 ejemplares. Para los que deseen comprarlo, lo pueden encontrar en la tienda del museo en Huamantla.

Como se ha venido analizando en el capítulo anterior, esta importante empresa de autómatas nace en Huamantla, Tlaxcala hacía el año de 1835 y se consolida en 1850; sin embargo, lo que puede considerarse como su mejor época, con exitosas representaciones en toda la república y en la capital del país, tiene lugar entre loas años de 1870 a 1910, es decir, coincide con los gobiernos del Gral. Porfirio Díaz como presidente de México, Próspero Cahuantzi gobernador del estado de Tlaxcala y Plutarco Montiel prefecto político de Huamantla.

Para tener una mejor idea del trabajo y las circunstancias en que se manejaron estos grandes artistas, haremos una breve revisión de este periodo histórico, enfatizando un aspecto muy interesante de la historia social: cómo se divertía la gente en este tiempo. Esto nos permitirá valorar mejor la obra de los titiriteros huamantlecos.

El Porfiriato se inició en México el 28 de noviembre de 1876, al entrar victorioso a la ciudad de México el Gral. Porfirio Díaz, vencedor de la oposición representada por Sebastián Lerdo de Tejeda y José María Iglesias.

Al tomar en sus manos la presidencia de la república, el Gral. Díaz pretendió consolidar un Estado fuerte; que el país descansará de casi un siglo de guerra, como lo fue el XIX. Para conseguir esto era necesario que México tuviera una paz social y un orden que lo llevaran al progreso material, tan necesario en ese momento. Díaz, hombre experimentado en la guerra y en la política, opto por una mano firme para conducir el país.

Don Porfirio Díaz se propuso, desde el inicio del mandato combatir enérgicamente a todas las gavillas de bandoleros que con el pretexto de a un caudillo o a una causa, continuaban asolando los caminos y saqueándolas haciendas y los pueblos. Sofocó también algunas rebeliones de caciques locales o caudillos que provocaban inestabilidad política en las entidades federativas y dificultaban la unidad nacional.

Al iniciar el mandato de Díaz, en México todavía no se tenía muy claro el concepto de nación y para lograr que todos los mexicanos se sintieran unidos, identificados como habitantes de un país, haciendo a un lado intereses regionales o locales, se propuso el recurso de fomentar la educación. Esto explica que se pretendiera informar la enseñanza, establecer la escuela laica, obligatoria y gratuita para todos los mexicanos; se incluyeron en los programas educativos las materias de historia de México y civismo y se comenzaron a conmemorar las fechas cívicas y a recordar y rendir tributo a nuestros héroes. Se implementó desde los primeros años del siglo XX, a instancias del maestro Justo Sierra, la costumbre de entonar el Himno Nacional Mexicano en todas las escuelas de la república. Se crearon varias escuelas Normales de Maestros, para que éstos tuvieran una mejor preparación académica, la Escuela de Artes y Oficios y se buscón incrementar la élite intelectual en el Colegio de San Ildefonso.

Foro: Ricardo Cartas

El régimen de Díaz se preocupó mucho por el progreso material del país, lo que se vio reflejado en el embellecimiento de las ciudades, la construcción de palacios municipales, Kioskos, mercados, jardines, teatros, hospitales, etc. Se arreglaron caminos, se tendieron más kilómetros de vías para ferrocarril, lo cual acortó las distancias y facilitó la comunicación y el transporte de personas, materias primas y productos manufacturados de un lugar a otro. Se abrieron fábricas e industrias; se instaló el alumbrado público y el servicio de telégrafo en muchas poblaciones y se realizaron importantes obras portuarias.

El Gral. Díaz se rodeó de colaboradores valiosos y honestos, como el ya citado maestro Justo Sierra y del ministro de Hacienda José Ives Limantour, quien consiguió sanear las finanzas del país.

También quiso Díaz darle a México un sitio importante dentro del concierto de las naciones, y para lograr esto, mantuvo buenas relaciones con los estadistas del mundo, lo cual pudo ser constatado en las fiestas del Centenario de nuestra Independencia, cuando el presidente recibe múltiples felicitaciones de personajes de la política mundial.

Las personas que vivieron en estos tiempos – nos dice el maestro Daniel Cosio Villegas -, tenía una mayor capacidad para divertirse de la que tenemos actualmente. El número de diversiones a las que tenía acceso era menos, y quizás por esto mismo ellos disfrutaban al máximo cada evento, espectáculo o fiesta en los que participaban. Incluso acontecimientos como la inauguración de obras materiales, por ejemplo, los monumentos y las estatuas que fueron colocada durante esos años en el Paseo de la Reforma eran motivo de celebración y regocijo para los mexicanos.

Un aspecto muy interesante de la historia social y del que poco nos ocupamos es precisamente la manera como se divierte la gente. Eso nos habla mucho de cómo es esa sociedad, cuáles son sus valores y sus prioridades, sus intereses y hasta su economía. Los habitantes de México durante el Porfiriato disfrutaron de una serie de pasatiempos y diversiones, entre las que se pueden mencionar las siguientes:

Las ferias y exposiciones como las de Mixcoac, San Ángel, Tlalpan y Coyoacán eran muy concurridas y no faltaban en ellas las diversiones como música, discursos, poemas, carreras en saco, carreras de gatos, circo y funciones acrobáticas.

El paseo tradicional era el zócalo capitalino, donde había música los lunes, miércoles, viernes y domingo. La Alameda central fue también un paseo muy concurrido, donde todos los domingos se instalaban bandas de música en las glorietas y se improvisaban estrados con sillas alrededor de las fuentes. En el año de 1889 se pusieron en la Alameda trenecitos, borregos ensillados, caballitos y velocípedos para los niños.

Los llamados “combates de flores” eran muy gustados, principalmente por personas de un nivel socio económico alto.

El bosque de Chapultepec, con sus milenarios ahuehuetes cargados de historia, era otro lugar de reunión favorito de la gente por sus hermosos parques, estanques de agua cristalina, el lago con botes de remo y su zoológico.

Foto: Ricardo Cartas

Las fiestas cívicas que se celebraban durante el Porfiriato eran: 5 de febrero, 2 de abril, 5 de mayo, 18 y 30 de julio y 16 de septiembre, además de las ocasiones en que Díaz se reelegía. 18 En estas celebraciones había piezas musicales, discursos o poesías alusivos al hecho histórico que se conmemoraba o al personaje, músicas militares y funciones acrobáticas en las plazuelas. En el zócalo y en otros lugares de la ciudad, a partir de las 7 de la noche había fuegos artificiales y serenatas, así como funciones gratuitas en algunos teatros como en Nacional o el Arbeu y bailes con otros. Para las fiestas septembrinas había discursos, cohetes y fuegos artificiales. Eran muy gustadas las llamadas jamacas que después tomaron el nombre de kermeses.

Un especial lucimiento tuvieron las fiestas del Centenario de nuestra Independencia en el año e 1910. Desde principio de año se calculó una afluencia de visitantes a la capital del país de alrededor de 100,000extranjeros y 900,000 nacionales. Se inauguraron, por este motivo varias obras materiales: el manicomio de Mixcoac, las bombas de agua en Nativitas y la Condesa, la Columna de la Independencia y el monumento a Juárez, el parque de Balbuena y la ampliación de la Penitenciaria.

Los desfiles del 15 y 16 de septiembre fueron verdaderamente impresionantes, con la presencia de los representantes diplomáticos de varios países (Estados Unidos, Japón, Inglaterra, España, China, etc.). Medio millón de personas contemplaron entusiasmadas estos grandiosos desfiles donde se escenificaron importantes momentos de nuestra historia y desfilaron, al lado de los soldados mexicanos, marinos, cadetes alemanes, franceses, argentinos y brasileños. Estas entusiastas celebraciones del Centenario en la capital conmovieron a todo el país.

Resultaban también muy alegres y animadas las fiestas de Covadonga. Por millares se contaban lo asistentes a las romerías del Tivoli del Eliseo, con banquetes, bailes y discursos.

Las fiestas de Carnaval habían decaído mucho durante el Porfiriato por el desorden y corrupción que las acompañaban, sin embargo, en 1878 la estudiantina española recorrió el zócalo capitalino y dos años después la estudiantina mexicana con un gran éxito. Había bailes de máscaras y un paradójico móvil religioso animaba a estas fiestas profanas, pues la gente decía; si vamos a confesarnos en la Cuaresma, echemos algunos pecados más en la conciencia.

Muchas festividades extraordinarias de esta época tuvieron como motivo, en las ciudades de provincia, la llegada del ferrocarril.

Otras diversiones, principalmente para los capitalinos, fueron los deportes, patinaje, quitación, polo, caería, atletismo, salto con garrocha y gimnasia. A finales de la novena década del siglo XIX se crearon los primeros equipos de beisbol.

Foto: Ricardo Cartas

Ingleses y escoceses fueron entusiastas aficionados al fútbol soccer que se practicaba desde el año 1903 en el Reforma Athletic Club. Un año más tarde, en 1904, ya se jugaba en Puebla y poco tiempo después en Zacatecas, Chihuahua, Guadalajara y Veracruz. 19

Las luchas comenzaron a conocerse desde la década de los noventa del siglo XIX, especialmente la lucha grecorromana. Se encuentra también la practica del boxeo y la esgrima.

Desde el año 1892 se desató la afición de hacer recorridos en bicicleta, y para 1896er calculó que había más de 800 en la ciudad de México. Pronto se realizaron carreras ciclistas y poco tiempo después (principios del siglo XX), aparecieron los automóviles.

Pero antes que las carreras de bicicletas y autos, se iniciaron las ascensiones aerostáticas, precursora de la aviación moderna, y cuya estrella principal fue don Joaquín de la Cantolla y Rico. Loa globos aerostáticos se veían también en los circos y en la provincia se divertían con estos espectáculos. En 1910 se hicieron los primeros vuelos en avión sobre la ciudad de México siendo así el primer país latinoamericano donde se practicó la aviación.

Sólo mayor que la afición a los deportes durante el Porfiriato fue la que tuvieron los mexicanos por el circo. Los capitalinos concurrían al Circo Orrín que daba sus funciones en la plazuela del Seminario, en una reducida carpa de lona. Las funciones matutinas costaban cincuenta centavos la luneta numerada y 25 centavos las gradas, y el doble las funciones nocturnas. La máxima estrella del Circo Orrín fue Ricardo Bell, el príncipe de la risa, el genial clown inglés. Mister Bell, como lo llamó con cariño la gente era el favorito del público mexicano. Sus chistes oportunos, sus inofensivos diálogos con el director del circo, son de tal efecto que causan en el público verdadera sensación y no pocas veces sus gracejadas encerraban lecciones de moral y buenas costumbres21. Estos interesantes personajes del circo, incluyendo desde luego a Mister Bell., fueron visitados por los hermanos Rosete Aranda cuando se presentaron en Huamantla y al poco tiempo, los titiriteros crearon un Simil del Circo Orrín con sus títeres, lo que causó verdadera admiración, tanto por la perfección de los muñecos como la animación que les deban para que representaran los actos circenses.

En el año 1886 este famoso circo se traslado a la plaza de Santo Domingo y posteriormente a la plaza de Villamil. En 25 años de trabajo dieron 14,300 funciones que presenciaron casi dieciséis millones de personas. El Circo Orrìn cambió de nombre a Circo Bell a partir de 1907.

Otro circo importantes de esta época, que instalaba su carpa en el Paseo de la Reforma, cerca de la glorieta de Colón, fue Treviño, con su valiosa colección de fieras y sus famosos alambristas Robledillo. Destacaron también el Circo Pubillones, el Nacional Mexicano, el Gasca, el Cosmopolita y el Atayde.

Los mexicanos del Porfiriato se divirtieron también con las corridas de toros, las cuales habían sido prohibidas por Juárez en 1867, pero se aprobaron en 1886, alcanzando a partir de entonces un gran éxito. Los precios de entrada a la plaza variaron: en 1887 en la plaza San Rafael se cobraba $1.50 en sombra y 75 centavos en los tendidos de sol. En la década de 1890 la plaza Bucareli cobraba $2.50 en sombra y $1.00 en sol. Em la Plaza México, por ver a Gaona los precios eran de $5.00 en sombra y $2.00 en sol.

Los toros llegaron a ser el espectáculo en el que el público gastaba mayor cantidad de dinero. En 1888 cada tarde acudían cerca de 20 mil espectadores a las cinco plazas que había en la capital de la república, las ganaderías de toros de lidia más importantes de estos tiempos fueron la de Atenco, San Diego de los Padres, Santín, Tepeyahualco, y Piedras Negras, éstas dos últimas ubicadas en el Estado de Tlaxcala.

Al espectáculo de los toros acudían pobres y ricos, en tanto que el teatro era más bien una diversión para un “público culto”, la clase media era su principal sostén, sin embargo, también asistían a las funciones la antigua aristocracia y la nueva burguesía. El teatro ofrecía dos opciones de entretenimiento: por un lado, la ópera italiana y el drama español o francés, que junto con la zarzuela satisfacían los gustos de este público. La segunda modalidad del teatro era precisamente el teatro de títeres que de vez en cuando se llegaba a presentar en los grandes teatros.

Por lo que la Ópera respecta, encontramos en los primeros años del régimen la extraordinaria figura de doña Ángeles Peralta. El Ruiseñor de México, quien desafortunadamente perdió la vida en Mazatlán, en una epidemia de fiebre amarilla, perdiendo el país un gran soprano. En 1887 destacó otra cantante con una prodigiosa voz: Adelina Patti.

En la década de los noventa del siglo XIX hicieron temporada brillantes compañías de Ópera, que después de presentarse en la capital, salían de gira en varias ciudades de provincia que ya contaban entonces con buenas salas de teatro: el Teatro Degollado en Guadalajara, Teatro Doblado en León Gto. Teatro de la Paz en San Luis Potosí, Teatros ángeles Peralta en San Miguel Allende, Gto., Teatro Juárez en Gto., el Teatro Gorostiza en Orizaba y el Teatro Luis Mier y Terán en Oaxaca. En estos mismos teatros, se presentaron con un lleno total, los famosos marionetistas huamantlecos Rosete Aranda.

La música clásica contó en México con el gusto de un público más selecto y reducido. Entre los músicos y compositores mexicanos más destacados de la época tenemos a los maestros Juventino Rosas, Carlos J. Meneses, Ricardo Castro, Julián Carillo, Pedro Luis Ogazón y Felipe Villanueva.

Para el público mexicano resultaba muy atractivo asistir a las zarzuelas y al teatro de revista. Las obras presentadas y el vestuario de los artistas llegaron a provocar gran escándalo entre la gente “decente”, y fueron tenazmente criticadas por la prensa católica de la época. Destacaron como actrices juveniles Esperanza Iris, Prudencia Griffel, Virginia Fábregas y María Conesa. Los espectáculos que daban los magos, ventrílocuos, prestidigitadores e imitadores tuvieron también muy buena aceptación.

En los primeros días de 1895 se empezó a exhibir en las calles de la Profesa el Kinestocopio de Edisón; la función duraba medio minuto y se cobraban veinticinco centavos. Por el Kinestocopio pasaban cada medio minuto 180 fotografías que figuraban el movimiento. Al finalizar el siglo XIX habría ya varias salas de cine en la capital del país, aunque ninguna pasaba de ser un jacalón de madera que lo mismo servía para exhibir películas que para presentar variedades y tandas. El cine desplazo en buena medida a la ópera, pues había una importante diferencia de precio en las entradas, ya que mientras la entrada al cine costaba cincuenta centavos, la ópera valía cinco pesos, y además aquí se requería levar traje de etiqueta.

El cine se fue convirtiendo rápidamente en uno de los negocios más lucrativos. De las primeras películas con escenas mexicanas tenemos una del `presidente Porfirio Díaz, otra de unas ciclistas norteamericanas en Chapultepec y Paseo de la Reforma, las maniobras de los cadetes del H. Colegio Militar y una romería española en el Tivolin del Eliseo.22

Aunque se contaba con todas estas diversiones, los títeres, fueron sin duda, uno de los espectáculos más gustados por el público, que era de todas las edades y condiciones sociales por lo accesible de los precios de las tandas y el encanto y candor de los muñequitos, así como su picardía que hicieron de esta variedad de teatro una de las diversiones favoritas de la época, tanto en la ciudad de México como en la provincia,

Por lo que toca a la vida en el Estado de Tlaxcala durante el gobierno del coronel Próspero Cahuantzi (1885-1911), podemos decir que la fuente más importante de recursos en la entidad siguió estando -como en el caso de los gobiernos anteriores-, en el ámbito rural siendo las haciendas los principales centros de producción comercial. Se calcula que por entonces existían en Tlaxcala alrededor de unas 150 haciendas y un semejante número de ranchos. Al lado de estas grandes propiedades, encontramos otras muchas que eran pequeñas y sus productos se limitaban por lo general sólo al auto abasto de sus dueños.

Las tierras comunales de los pueblos, a pesar de la ley de desamortización de 1856. Siempre estuvieron sujetas a múltiples irregularidades y vicios: escrituras simuladas para aparentar ante el gobierno que ya se había realizado el fraccionamiento de las tierras conforme a la ley, o bien declarando estas tierras como “ejido desde tiempo inmemorial” para quedar así exentos de la desamortización, límites de superficie de los terrenos poco claros, inexistencia de escrituras y recibos de pagos, prolongados adeudos de las rentas, acaparamiento de terrenos por parte de los influyentes y ricos del pueblos, traspasos y herencias no legalizadas, usurpaciones de lotes entre los mismos vecinos de los pueblos, adjudicaciones duplicadas de un mismo predio, etc. Todas estas anomalías, trajeron consigo múltiples conflictos e inconformidades entre los propios vecinos de los pueblos y entre éstos y las autoridades estatales y municipales. Por lo general, los que resultaron beneficiados con esta situación fueron siempre los más ricos de los pueblos, hecho que vino acentuar las desigualdades socioeconómicas que ya de por sí existían en el estado.

Los campesinos que perdieron sus tierras o no poseían los suficientes para procurar su subsistencia, se vieron en la necesidad de trabajar como peones o jornaleros en las haciendas. Otros, los que vivían en la parte centro y sur del Estado tuvieron la oportunidad de trabajar como obreros en las fábricas textiles que durante el Porfiriato proliferaron en Tlaxcala. La otra parte de la población tlaxcalteca estaba dedicada al pequeño comercio, actividades artesanales o a algún oficio, eran contados aquellos que tenían alguna profesión como médicos, abogados, sacerdotes, o maestros.

Las fábricas textiles como La Trinidad, La Josefina y San Manuel, entre otras, fueron establecidas cerca de los centros poblacionales grandes y además próximas a lugares con corrientes de agua que proporcionaran la fuerza motriz para la maquinaria. Se vieron favorecidos por la mano de obra barata en la región, el apoyo del gobierno al exentarlos de impuestos y las vías de ferrocarril que facilitaron la distribución de los productos a los centros de consumo. Los dueños de estas fábricas fueron en su mayoría poblanos de origen español.

Además de las fábricas textiles había en el Estado de Tlaxcala otras fábricas que elaboraban aguardientes, loza, papel, vidrio, aceites, fierro fundido, jabones, escobas, cerillos, cigarros y velas. Eran muy numerosos también los molinos de maíz y trigo

Tlaxcala, a pesar de ser uno de los Estados más pequeños del país, estaba muy bien comunicado por el Ferrocarril Mexicano que iba de Veracruz a México, pasaba por Apizaco y Huamantla y tenía un ramal que enlazaba a Apizaco con Santa Anna Chiautempan, Puebla y Tlaxcala. Estaba también el Ferrocarril Interoceánico que corría por la zona norte del Estado con una estación en Calpulalpan. Desde el año de 1880, algunos hacendados tlaxcaltecas empezaron a construir una serie de vías con trenes de tracción animal, cuya finalidad era enlazar sus fincas con las estaciones de ferrocarril más cercanas. Esto los beneficio grandemente, pues pudieron así transportar sus productos, como por ejemplo el pulque, en mayores volúmenes, con más rapidez y a más najo costo.

Lo mismo que sucedió en toda la república con respecto a las obras materiales – como un termómetro de progreso porfiriano -, se dio también en Tlaxcala en las diferentes poblaciones de la entidad, se construyeron edificios públicos, kioscos, fuentes hermosas, parque arbolados, mercados, etc. En la ciudad de Tlaxcala se construyeron en ese tiempo el Palacio Legislativo y el Teatro Xicoténcatl. Se introdujo el alumbrado público, el teléfono y el telégrafo.

El impulso de la educación de dio también en Tlaxcala duplicándose el presupuesto destinado a este importante ramo de la administración pública; aumentó el 26% el número de escuelas primarias públicas y el 34% la cantidad de alumnos que acudían a las mismas, Se creó el Instituto Científico y Literario y la Academia de Música .23

 Por la importante posición geopolítica de Tlaxcala, en un punto intermedio en el camino de México a Veracruz y su cercanía con la importante ciudad de Puebla, el Estado se vio involucrado en muchos de los acontecimientos importantes del país. era el paso obligado, especialmente las ciudades de Tlaxcala y Huamantla, de todos los personajes que, desembarcando en Veracruz, se dirigían a la capital. entre estos se encontraban, por ejemplo, las compañías de Ópera, orquestas, circos, toros, etc. los tlaxcaltecas tuvieron la oportunidad de participar, por esta razón, en el movimiento cultural y artísticos como hemos mencionado en páginas anteriores, se desarrolló durante el Porfiriato.

Por lo que toca a Huamantla, cuna de los hermanos Rosete Aranda, era, en ese tiempo (1880-1910) una ciudad enclavada en las faldas de la hermosa montaña Matlalcueyatl o Malinche, con una población de 11,000 habitantes en su mayoría dedicados a las labores del campo.

En los alrededores de la ciudad se ubicaban los barrios —16 en total con sus hermosos templos coloniales de los siglos XVI, XVII y XVIII, que contienen importantes obras pictóricas y escultóricas en su mayoría de autores anónimos y sus románticas plazuelas. Rodeaban también a la población varios ranchos y haciendas que ocupaban la mano de obra de los huamantlecos como campesinos o jornaleros que cultivaban maíz, trigo, frijol, cebada, haba, algunos frutales y en especial el maguey, planta que cobro una enorme importancia durante este tiempo por la producción del pulque, bebida que se consumía en grandes cantidades tanto en Tlaxcala como en los estados vecinos de Puebla e Hidalgo y sobre todo en la ciudad de México.

La ciudad fundada en 1534, tiene corte colonial, con bellas edificaciones en el centro, y en este tiempo estaba divida en cuatro cuarteles, que comprendían varias manzanas. En el primer cuadro se destaca la presencia del Convento franciscano dedicado a San Luis, edificado hacía el año de 1585.con su capilla abierta y su claustro; la Parroquia de San Luis Obispo, cuya construcción data de mediados del siglo XVII que actualmente ocupa en Centro Cultural, y el Palacio Municipal, edificado precisamente en estos años. Su zócalo tiene un kiosco que inauguró el 2 de abril de 1905, -para conmemorar la famosa batalla donde Díaz derrotó a las tropas imperialistas-, don Próspero Cahuantzi, además de sus fuertes y parque arbolados.

Aunque la mayor parte de la población se dedicaba en estos tiempos a las labores del campo, algunos huamantlecos tenían otros oficios o actividades entre las que se mencionan: arrieros, aguadores, albañiles, leñeros, cargadores, zapateros, sastres, dependientes, vigueros, comerciantes, labradores, cobradores, curtidores, herreros, escribano, platero, sillero. tejedores, carpinteros, farmacéutico, sirvientes, militar, talabartero, pintor, barbero matancero, dulcero, médico, licenciado, trasquilador, sombrerero, pedrero, tapialero, carboneros, escultores, flebotomiano, boticario, filarmónicos, carniceros, panaderos, empleados del gobierno y del ferrocarril, preceptores, carroceros y pirotécnicos. Las mujeres estaban dedicadas en su mayoría a las labores del hogar, aunque algunas eran, además, maestras o costureras. 24

El comercio construyó una de las actividades favoritas de los huamantlecos, encontrándose en el cuartel cuarto de la ciudad tendajones, misceláneas, panaderías, carbonerías y carnicerías. Sin embargo, uno de los productos m{as vendidos fue el pulque, bebida que se consumía en los cuarenta expendios, casillas o pulquerías que había en la ciudad.

Huamantla para mantener, de acuerdo al espíritu porfiriano y cahuacista una “paz inalterable”, contaba con un cuerpo de policía y otro de rurales.

Como podemos deducir de acuerdo a las actividades en que se empleaban, la población de Huamantla era, en su gran mayoría, de escasos recursos. Sola la pequeña elite de los hacendados, gran parte de los cuales eran de decencia española y algunos emparentados con las hijas de los ingenieros ingleses, alemanes o franceses que llegaron a trabajar al ferrocarril, tenían, además de poder económico, un buen prestigio social.

La vida en la ciudad era habitualmente tranquila, sólo cobraba cierta animación por las mañanas, con los gritos tempraneros de los pregoneros y el bullicio de los chiquillos que se dirigían a la escuela, donde se curaba hasta el 4°. año de primaria; los aguaderos y carboneros, que a pie o en burro transitaban por las calles empedradas llevando sus productos.

Por las tardes, llegaban los jornaleros y campesinos a tomar un refrescante pulque y comentar las novedades del día en uno de los tantos expendios, antes de regresar a casa; las campanas de los templos repicaban anunciando el Santo Rosario y las mujeres, con el tejido o el bordado en la mano, corrían con discreción las cortinas de sus ventanas o balcones para ver quién y con quien pasaba por las calles.

Al caer la noche, la ciudad lucía oscura sobre todo cuando había luna, sólo con algunas pequeñas luces mortecinas que alumbraban las tiendas. expendios de pan y algunos zaguanes, o se alcanzaba a ver a través de los balcones de las viejas casonas. Todos se preocupaban por llegar a casa temprano, pues abundaban las leyendas de aparecidos y almas en pena que salían a recorrer las calles y plazuelas en cuanto la luz se ocultaba.

Los días miércoles de cada semana la población cobraba vida con el arribo de los comerciantes que desde muy temprano se apresuraban a colocar sus improvisados puestos con palos, mantas y mecates, y a ofrecer, entre el regateo y barullo de la gente, sus mercancías.

Los domingos la gente se ponía sus mejores galas para asistir a la Misa y de ahí al parque, el lugar más propicio para los encuentros, y donde una banda de música en el kiosco interpretaba románticos valses. Uno que otro hacendado, con su traje de charro, pasaba a caballo ante los admirados ojos de las muchachas huamantlecas.

De la misma manera que en la ciudad de México y en las grandes ciudades del país la gente tenía sus diversiones y pasatiempos, los tlaxcaltecas y los habitantes de la tranquila Huamantla también buscaban los medios para disfrutar de momentos agradables, y podemos decir que casi cualquier pretextoera motivo de fiesta y convivencia el día del cumpleaños o del Santo, la celebración de un Bautizo, Primera Comunión, las bodas, los exámenes de fin de año en las escuelas, las fiestas cívicas, etcétera.

Podemos decir, casi sin temor a equivocarnos, que resultaban ser más festivos los habitantes en las poblaciones pequeñas., como el caso de Huamantla, que los de las ciudades más grandes. Prácticamente todo el año había fiestas, unas veces de carácter religioso y otras profano, pero siempre había cohetes, se compartían alimentos y se bailaba. Mencionemos dentro de las celebraciones que se llevaban a cabo en el transcurso del año, las fiestas patronales de cada uno de los barrios y las de las haciendas cercanas; las levantadas del Niño Dios, los Santos Reyes, la bendición de los animales y semillas el día 17 de enero en las fiestas de San Antonio Abad, la fiesta de la Candelaria el día 2 de febrero, la Cuaresma y Semana Santa con los puestos de muéganos, nieve y antojitos en los atrios de los templos; los Rosarios con ofrecimiento de flores en el mes de mayo, las tradicionales trecenas que son bailes populares en la plazuela de San Antonio los trece primeros días del mes de junio, acompañado del consumo de pulque curado, enchiladas, tamales y garnachas, la feria del mes de agosto dedicada a la Virgen de la Caridad o de la Asunción, patrona de huamantla, con los hermosos tapetes de aserrín y flores que se colocaban en el atrio del templo y en las calles de la ciudad el día 14 de agosto por la noche. Las fiestas septembrinas de conmemorar la Independencia de México; el novenario y la fiesta el día 4 de octubre en honor a San Francisco de Asís, sin olvidar que Tlaxcala en una provincia donde la influencia franciscana fue determinante en la cultura. En los primeros días de noviembre se recuerda a los fieles difuntos con la colocación de las ofrendas, y en diciembre, el último mes del año, se festeja a la Virgen de Guadalupe, las posadas, la Noche Buena y la celebración del Año Nuevo.

Además de todos estos eventos no faltaban nunca las tertulias familiares, las corridas de toros, las peleas de gallos, charreadas y la presentación de algún grupo teatral de la localidad. Estaban también los bailes de coronación de las señoritas que habían resultado electas como reinas de la primavera, de la feria, de las fiestas patrias, de algún club social; las visitabas que realizaba el gobernador del Estado para inaugurar alguna obra, etcétera.

Como podemos darnos cuenta los huamntlecos contemporáneos de los Rosete Aranda no tenían mucho tiempo para aburrirse, pues seguramente vivían pensando qué fiesta viene…

Estos eran el México y la Huamantla de los hermanos Rosete Aranda. Aquí llegaban siempre, cansados de sus giras, y aquí los esperaban su familia y amigos. En esta modesta población, donde no había muchos recursos materiales ni tecnológicos, estos geniales titiriteros desarrollaron su trabajo, creatividad y su ingenio. De aquí salieron con inigualables muñecos, a conquistar los públicos más heterogéneos del país y ahora, una vez desaparecidos estos grandes titiriteros, su creación –los extraordinarios títeres–, siguen conquistando y causando admiración desde las vitrinas de los museos y los coleccionistas del mundo.

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18Cosío Villegas, Daniel, El Porfiriato. Vida Social México, Editorial Hermes, 3º edición. 1973 p.p 697-702

19 Ib.id p. 714

20 Ib.id p. 720

21 Bell de Aguilar. Silvia, Bell. México. Talleres de Programas educativos S.A. de C.V., 1984p. 30

23 Rendón Garcini, Ricardo Breve Historia de Tlaxcala, México, El Colegio de México, Fideicomiso, Historia de las Américas y FCE, 1996. p.p 85-91

24 Toulet Abasolo, Lucina. La Vida Cotidiana en las Escuelas Tlaxcaltecas del Siglo XIX. México Gobierno del Estado de Tlaxcala Fideicomiso Colegio de Historia de Tlaxcala (Biblioteca Tlaxcalteca de Estudios Regionales), 2009 p.95

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