El sábado pasado fue el cumpleaños del amor de mi vida. Mi hija Indi cumplió 9 añotes. Para mi hija este día es como el más especial del año. Prácticamente desde el día siguiente de su cumple 8, comenzó a planear el siguiente. Los planes cambiaban semana tras semana hasta que un día me dijo:

-Papá, ahora quiero que se haga en el balneario de Tonantzintla

Lo dijo con cierto miedo porque sabe que entre las cosas que más odio en la vida son los balnearios.

-Pero no te preocupes papá, en ese balneario nunca hay nadie.

Bueno, lo tuve que aceptar, esperando a que el siguiente fin de semana tuviera otra idea mejor. Pero ésta se conservó hasta hace apenas unas semanas, cuando empezamos a escuchar de manera más frecuente que venía el Coronavirus. Poco a poco fui hablando con ella, para que pudiera entender que sus planes para su cumpleaños podrían cambiar. Lo entendió muy bien y después me dijo que sólo se iba a ver con unas cuantas amigas y que haría una fogata en la casa de su mamás. Días después dijo que mejor lo posponía porque no se podían hacer fiestas y que prefería que sólo estuvieran su papá y su mamá. Su plan fue que le diéramos un regalo, pasar el día juntos y hacer una fogata.

Quizá suene a nada extraordinario, pero si tomamos en cuenta que su mamá y yo llevamos casi dos años separados, pues quizá sea un buen reto; pero tampoco había de otra. Así que fui y disfruté el día. Fuimos por su regalo, comimos, vimos una peli, jugamos lotería, tenía mil años que no jugaba a eso, obviamente no faltaron las escondidillas y al final la fogata en donde contamos algunas historias.

-Este ha sido el mejor cumpleaños de mi vida -dijo Indi

Y entonces me sentí tan bien, a pesar de todo lo que estamos viviendo. Me despedí y me regresé a mi depa pensando en las lecciones que nos está dejando esta crisis, en todo lo que tenemos que modificar y replantearnos en lo personal, como sociedad, como especie.

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