Yo les voy a contar cómo lo estoy viviendo. Habito un departamento al sur de la Ciudad, un pequeño departamento en donde hay varios edificios. Yo vivo con mi perro Sicarú y los fines de semana la paso con mi hija Indira. La pasamos muy bien, siempre recorriendo lugares y viendo películas. En el departamento de al lado vive una señora de edad que le gusta regar sus plantas. Arriba de mi depa viven un matrimonio joven. Hace unas semanas nació su bebé y no deja de llorar por las noches. En los departamentos de más arriba viven los jóvenes que “aprovechan” estos días para reunirse y tomarse unas cervezas. Estamos en el día tres y la cotidianidad no ha cambiado mucho, salvo el aislamiento, el saludarse de lejos y estar pensando casi todo el día en el qué pasará.

Posiblemente en unos dìas se nos acabará el ánimo de bromear sobre el coronavirus. Mi hija y yo no podremos ir a los lugares que nos gustan. Algunos de mis vecinos se irán a vivir con sus familiares, otros se contagiarán y comenzará todo, leeremos notas sobre las muertes, sobre lo mal que está el país, seguiremos compartiendo información falsa a la cual le tenemos especial devoción. Pero también habrá los que lo pierdan todo, negocios, changarros, dinero, familiares y la esperanza. Pero saben qué, como especie no es la primera vez que estamos ante una crisis de este tipo y es ahí donde resurge lo mejor de nosotr@s. La historia nos lo dice.

Ya no es momento de señalar culpables, sino de tomar las riendas como sociedad y hacernos cargo. Hagamos otro llamado a la conciencia de todas y todos. Miremos a nuestra familia, miremos a nuestros vecinos,  su sonrisa, en los niños que acaban de nacer, como Luca que nació hoy, hijo de mi amigo Iván. No puedo imaginar el shock que ha de vivir, la felicidad y miedo, esperanza e incertidumbre.

p.d. Esto que estamos viviendo sólo nos hace recordar la fragilidad humana y sobre todo entender que no somos el centro del mundo.

Qué días los que estamos viviendo.

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