Un hermosa cemita de carnitas de La colonial

Golosos del mundo, ¿cómo están? Pues yo estoy aprovechando muy bien las vacaciones del verano. Yo sé que ustedes prefieren ir a la playa o a meditar en el bosque. Ustedes disculparán, pero para mí, las mejores vacaciones son aquellas donde comes una buena cemita.

La expedición fue un sábado caluroso, sin anunciar que estaría por ahí. Sólo me senté en esas sillas periqueras naranjas características del lugar. Miré la lonas donde venía la oferta cemitera y de inmediato pedí una de carnitas con un jarrito rojo. Observé detenidamente la decoración, las fotos del viejo que seguramente fue el fundador del lugar y ¡carajo! ¿Por qué todos los buenos lugares de cemitas le tienen que ir al América?

Bueno, nadie es perfecto. Hay que resignarse.

Un señor muy amable, que después me enteré de que era el hijo de la dueña, me preguntó que con qué salsa quería mi cemita. Yo ya había escuchado en distintas ocasiones sobre las misteriosas salsas de la colonial, sobre todo de la huérfana, así que muy quitado de la pena le dije al señor amable:

-Échale de la huérfana

En ese momento me sentí como en una cantina de vaqueros cuando el forastero habla más del jefe de los malos. En verdad, en ese momento sentí las miradas de todos comensales diciéndome:

-Novato, otro más que muerde el polvo.

Sin embargo, les sostuve la mirada y le confirmé. –Sí, échame de la huérfana.

Pasaron unos segundos para que un alma de Dios se me acercara, de esas almas caritativas que siempre hay en cualquier parte del mundo.

-Oiga joven, perdóneme que me meta, pero usted ya ha probado la huérfana. Mire, yo antes la comía cada vez que venía por aquí, pero me puse mal y ahora sólo como de la brava y aún así me sigue picando. Con todo respeto le recomiendo que primero pruebe la brava y ya después si ve que aguanta pruebe la huérfana, ya verá lo que le digo.

El hombre tomó su bolsa de cemitas y desapareció. En verdad que fue un alma de Dios ayudando a un goloso en problemas.

Está bien, le haré caso a Dios.

-Oiga joven, mejor deme mi cemita con la brava.

A los cinco minutos llegó mi cemita con el jarrito rojo. Al morderla se hizo un concierto crujiente y sentí el poder del picor.

-¿Qué tal joven? ¿Le picó?

Y pues yo quería decir que sí, pero tampoco era para tanto. Empecé a entender el misterio que se hablaba sobre estas salsas.

Desde que llegué el señor amable no dejó de tratarme bien, de platicarme la historia de la fundación del lugar, que nació un 19 de septiembre de 1968. No cabe duda que detrás de una buena cemita hay una excelente historia. Y la historia de la güerita créanme que es grande entre las grandes.

Desde luego, lugares como este han sufrido de los ataques piratas. Nos cuentan también que durante un tiempo Cemitas la colonial fue objeto de una clonación por parte de un cliente muy pasadito de inteligente que montó un negocio con el mismo nombre, los mismos colores, las mismas lonas, pero eso sí, por más que quiso no pudo igualar las misteriosas salsas de la colonial.

¡Qué maravilla de lugar señoras y señores! Y en verdad, que si usted se dice ser pipope y no ha probado una cemita de la colonial, creo que no merece ser parte de esta estirpe chicharronera. Y si usted es de otro lado de la galaxia y su nave se estaciona por estos lugares, no falle, no pierda tiempo en lugares sin sustancia, vaya y coma una cema de la colonial. Por cierto, si usted se pregunta dónde está este lugar, queda a unos pasos del cine colonial, ese lugar maravilloso donde pasan películas porno.

Leave a comment