La última vez que estuve en Puebla de los Ángeles fue el 11 de Septiembre de 2001 y antes de salir para la TAPO, seguíamos la noticia de los terribles atentados en las Torres Gemelas. Las imágenes eran devastadoras y contundentes, los aliados de Al-Qaeda habían impactado el corazón del territorio gabacho; yo estaba en una oficina que vendía libros y suministros para todo tipo de Bibliotecas, en ese entonces trabajaba como Agente de ventas y mi labor era ir a platicar con otros Bibliotecarios, escuchar sus lamentos cotidianos y, a modo de consuelo, trataba de venderles algo.

Aquel lunes mi destino era la ciudad de Puebla, famosa por albergar muchas Universidades y desde luego bibliotecas. Tenía planeado por los menos ir a cinco instituciones educativas y, por supuesto escaparme a comer un taco árabe. Para mis adentros dije: qué paradoja, los árabes están en los reflectores internacionales por su ataque y yo me quiero jambar una orden bien cargadita de la famosa carne Árabe que Puebla ha perfeccionado para deleite de los comensales.

En Puebla reinaba el ánimo del nuevo milenio y se percibía en las calles y en las aulas universitarias; estaban en una especie de boom cultural, científico y literario, pero el gran resonante era el gastronómico. No faltaba quien no dijera que en Puebla se come muy bien, “debes de probar esto o aquello”, “Los chiles en nogada imperdibles”, “las cemitas son verdaderamente sabrosas, las de milanesa son mis preferidas” me dijo un veracruzano que estudiaba en Cholula. Y no se diga del Taco Árabe: los trompos y sus variantes fungían con autoridad en el lenguaje poblano; es decir, se concebía a la comida como una religión. Otro rasgo de coordenada y coincidencias con el lugar. Se sabe que en Puebla hay más de 300 iglesias. Imposible no decir que la comida es una religión; eso sería un pecado capital, una soberbia inadmisible no comer una buena dotación del famoso taco árabe poblano.

En esa ocasión, las entrevistas con los responsables de las bibliotecas se fueron alargando dado que afortunadamente se presentaron solicitudes de libros y algunos pedidos que posteriormente se atendieron en su momento, lo lamentable es que me convertí en un pecador y mi comida se limitó a una simple torta de cafetería universitaria, que por cierto me supo a gloria y regresé a la ciudad de México con un enorme antojo del taco árabe y con una deuda con el lugar.

A finales de ese trágico 2001 dejé aquel trabajo de colocador de libros y me incorporé al ámbito universitario que somete una biblioteca de ese tipo y honestamente me olvidé de los poblanos y sus árabes por unos cuatro años que duró mi estancia en el ámbito educativo. Creo que lo más cercano a Puebla fue cuando me incorporé a un trabajo en un proyecto cultural por El Salado –cerca de la cárcel de mujeres, allá por la salida de Zaragoza, en donde se encontraba el Faro Corriente como le solía decir de cariño al Faro de Oriente–, que a pesar de estar relativamente cerca de Puebla no había tacos árabes. Mi resignación era inútil y mi penitencia no era suficiente: acudir a las distintas taquerías del Estado de México –que son vastas, variadas y buenas de sabores– no compensaba el saldo que aún conservaba con Puebla.

De manera imprevista, un conocido se instaló en Puebla para estudiar un posgrado en Letras. Venía del norte del país y acostumbraba a decir “lonches” para referirse a cierta comida, con ese acento norteño que siempre agrada. Habíamos compartido una beca sobre la comercialización de libros en México años atrás y teníamos contacto por Messenger. Me gustaba el mensaje del nickname de mi amigo el Lonches –como le decía en secreto–: “cállense pollos pelones ya les voy a dar su maíz”, haciendo alusión a la obra de teatro de Emilio Caraballido. Quisiera hacer una acotación para los ahora entusiastas de las redes sociales: el Messenger fue una antesala memorable de chismerío cibernético, así fue como estuve en contacto con mi amigo una buena temporada, hasta el momento que ya mejor instalado me invitó a visitarlo.

Una vez dicho lo anterior, prosigo en mi narración: aquel fin de semana inició muy tranquilo conociendo una librería muy original que incluía cafetería y una biblioteca en la parte superior y donde sin querer tuve una controversia con el dueño al cuestionar su método de organización por países, que para un bibliotecario profesional era una afrenta. Él sólo se limitó a replicar en tono incomodo que así lo habían decidido y funcionaba. Después, la tarde-noche fue devastadora para la garganta y el hígado: visitas a todo tipo de botaneros con cerveza helada y afters universitarios que eran monstruosos y llenos de excesos. A todo ese boom cultural que mencioné, se le había sumado un boom cervecero que agradecí. El resultado se resumió a almorzar unas memelas para la resaca y más tarde acudir a la comida china, que ironía, una segunda visita al lugar y de nuevo me fui invicto sin probar el afamado taco.

Inició un segundo distanciamiento involuntario con la talavera y la gastronomía ancestral que llegó del oriente para perfeccionarse en ese lugar, mi memoria no me permite detallar cómo inició una amistad con distintos poblanos, pero supongo que fueron los libros los que me acercaron de nueva cuenta con Puebla, al punto de obsesionarme con la posibilidad de que mi destino estaba ahí. Lamentablemente no ha sido así, pero guardo una amistad cercana llena de afectos y complicidades lectoras con amigos poblanos.

Fue así como emprendí una tercer visita, en un contexto de un viaje contemplado, es decir con una reservación, lana suficiente, la compañía de la chica de la cual estoy enamorado y de mi hija de 10 años concebida en mi primer matrimonio. Me dije a mí mismo: con ellas no puedo fracasar con la deuda que cargo en mis huestes desde hace 15 años.

Hicimos un viaje muy precavido, con combustible suficiente, ruta bien detallada, respetando las señales viales, escuchando música variada y en tres horas estábamos arribando a la ciudad de Puebla, recuerdo muy bien que al ir llegando pude apreciar un par de taquerías alistándose para recibir a sus clientes, con entusiasmo caprichoso les señale los trompos anunciándoles mi misión más urgente del paseo: comerme un taco árabe, lo cual provoco miradas extrañas entre ellas y gestos de aprobación, lo cual me tranquilizo.

Me instalé en mi alcoba poblana, por cierto el hotel estaba invadido de aficionados e integrantes del equipo de fútbol Tigres de la UANL, de hecho hasta tuve la oportunidad de conversar con el “Tuca” Ferreti, Director Técnico con un temperamento excepcional, pero omití el encuentro, yo solo quería darme una ducha y esperar a mi amigo para acudir al mejor lugar del taco árabe en el centro de Puebla. Su recomendación había sido lapidaria, él me dijo al teléfono vas a probar los mejores.

Llegó puntual a la cita, bajé al lobby del hotel con mis compañeras de viaje a vernos con mi amigo y emprendimos el arribo a la taquería de Tony en la 3 Poniente 149, nos sentamos. La taquería conserva con valentía secular el trompo dentro de la misma, muy cercano a las mesas y unas paredes con rasgos de piedra, lo que permite apreciar la realización del arte del taco árabe y del taco oriental, tal cual lo anuncia su carta del lado izquierdo.

Recuerdo que lo único que leí y pregunte con entusiasmo fue que si había cerveza, pedimos una orden de 5 Tacos lo cual alarmó a mi guía gastronómico y al ver su mirada de asombro la redujimos a 4.

Con el buen olfato de adicto a los tacos, al dar la primera mordida a esa tortilla concebida como pan árabe y carne de puerco sazonada al carbón, pude reiterar lo evidente, la claves es la salsa del taquero , y el Tony es un experto en el equilibrio de la carne y ese único quinto ingrediente picoso, que quizá no parezca gran cosa, pero su majestuosidad y sabrosura como la de mucha comida mexicana influenciada por los ancestros; se debe a la conformación del chile y su combinación con el guiso.

Indagando en distintas fuentes he leído que esta carne también se comparte en los hogares poblanos y existe una posibilidad que su origen provenga de una receta casera, me resta imaginar que en aquel tiempo de migraciones y convivencias familiares multiculturales y bajo el amparo sacramental del hogar, fue donde inició todo. Y por supuesto, al lado de una excelente compañía: las personas que amo, los libros y la amistad.

 

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Juan Becerra Hernández. 1971
Actualmente Coordina la Biblioteca de la Universidad Politécnica del Valle de México, relativamente lector donde combina su carrera laboral con el fomento a la lectura, es colaborador en Radio y Medios Digitales.
En lo personal, es un Lector Desordenado, Tartamudo de Oficio y un Actor de Teatro Fracasado. Intenta ser una persona honorable.

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