Foto: Churromán
Foto: Churromán

-¿Cuánto traes?- le preguntó el nene al chaflán.

-No empieces, sólo traigo lo que me dio mi jefa pa´ pagar la luz- respondió aquel preparatoriano que se había ganado su apodo por ser muy atento, como un chalán, y porque un día le descubrieron un poster del grupo Flans en su habitación y no coincidía con los grupos que según él escuchaba; Iron Maiden y Metallica.

-Chale, si en el CENCH vendiera comida de la chida, de la que nutre, sería otro pedo… la ventaja que tenemos es que las cemas están en corto y eso siempre aliviana – pensaba el nene cada que pasada por el mercado Melchor Ocampo de ida y regreso a su casa, una y otra vez. El nene era el más chaparro del salón, pero él adecuaba su sobrenombre a sus tiempos exactos para la comida: soy un relojito para comer.

-Si mi jefa sabe que agarré lo de la luz sí se va a encabronar, se justificaba riéndose maliciosamente el chaflán, sabiendo que desde el primer segundo que le preguntaron por el dinero este ya estaba destinado para las cemitas.

-Ándale, mañana te pongo 50 pesos, vieras cómo tengo antojó de una de milanesa , de esas que no te caben en la boca—le suplicaba convincentemente el nene- ya ándale, sobres, vas , no la pienses, si tú también quieres una.

Cuando atravesaron el boulevard cinco de mayo, el nene le preguntó, oye crees que lo de cemitas le abran puesto por los semitas, de por allá de Líbano o Israel- y respondiéndose a si mismo continúo- porque yo creo que va emparentado con los tacos árabes. Mi jefe me dijo que esos los trajeron los libaneses, pero nunca he investigado.

-¡Cómo crees guey!, nada tiene que ver, de dónde agarrarían los árabes o judíos el pápalo y el aguacate -le corrigió su amigo, que desde tercero de secundaria, cuando los llevaban a la lucha libre, compartían su gusto por las cemitas.

-Pues la neta que no sé, pero a veces me pongo a pensar que sí hay algo de coincidencia.

-Al llegar, con desesperación el nene se dirigió al puesto y con voz urgida ordenó; deme dos doña, de milanesa. La señora que estaba desmenuzando el quesillo se lo quedó mirando por unos segundos de manera un tanto hostil.

– Pero sin pápalo, se apresuró a corregir el chaflán. Ya ves que me pone bien mal de la panza.

-Ni que fueras alemán del Humboldt, le reprochó entre risas su amigo.

-Ahora se tiene que pagar primero, allá te cobran – le señaló de mala manera la muchacha que continuaba magistralmente deshilando el quesillo.

Chale, no más porque tengo más hambre que un músico, sino me iba a otro lado – amenazó el nene a la par de que su amigo apresuradamente apartó dos bancos de madera. Sin mirarlo justificó la frialdad de la muchacha, pues como le dices doña, guey, si no se ve tan grande.

Cuando su amigo pagó supo que durante estos años, cerca de cuatro, donde estratégicamente habían aprovechado el dinero- de la luz, de la cuota escolar, de la cooperación a la cruz roja, de ahorros de la semana- para compartir sus gustos culinarios marcaría una relación que serviría para recordar viejos tiempos, cuando el tiempo pasara.

Al estar degustando y saboreando la conjugación de pan, milanesa, aguacate, quesillo, cebolla y chipotle, el nene se preguntaba por qué sólo en Nueva York también se podía comer cemitas…o al menos eso le había dicho uno de sus vecinos que se habían ido a trabajar a la gran manzana… mmm los chilangos ya la hubieran echado a perder, fue lo primero que se le vino a la cabeza.

Pero puso un alto a la masticada y saboreó cuando se sorprendió que había iniciado para sí mismo una reflexión en un lugar donde había una sincronía con otros elementos que la hacían única; el estar allí sentado en un banquillo de madera, en el mercado, escuchando música grupera y bajo un enorme altar de la virgen de Guadalupe que le daba una sensación de folclore. Este ambiente sería imposible encontrarlo en un restaurante, será una comida pa´ todos o para unos cuantos seleccionados se preguntó, y en ese sentido sus pensamientos se tornaron filosóficos cuando empezó a cuestionar si esto reflejaba una condición de identidad, será una práctica clasista, se volvía a preguntar, sólo era para la raza, era otra de sus interrogantes.

No entendía por qué cuando a sus padres les pedía que fueran por cemitas le contestaban que no, que iban a comer comida de verdad, algo saludable, no comprendía esa limitación y falta de aprecio a ese suculento manjar, esos argumentos no tenía solidez ya que hasta este momento no conocía a nadie que dijera que no le gustaban la cemitas.

Pero su mayor sorpresa fue detectar esa reflexión que había tenido y que era un pensamiento que él identificaba como para alguien de mayor edad; chale, me estaré haciendo viejo como la doña del quesillo, admitió resignado. Continuó pensando si la comida define y muestra las intensidades de relaciones de amistad. Pero acaso no tenia buena amistad con sus padres que ni por asomo mencionaban algún día ver una cemita en la mesa de su casa.

Al levantar la cara vio que el chaflán también tenía la mirada enfocada en la virgen, y le preguntó en qué pensaba, si en el dinero de la luz o en Claudia, la compañera del salón que no le hacia caso. Nada de eso, le contestó. Él pensaba por qué la virgen estaba en los lugares donde mejor comía; en los tacos, las chanclas y ahora en las cemitas. Con un cierto aire de confesión pensó, será como un amuleto para los cocineros, o será una señal de que nos está vigilando…y cuidando. Fugazmente se acordó de sus días de catecismo, y vino a sus recuerdos la pregunta sobre los semitas, que minutos atrás le había hecho su camarada, y se acordó de aquellos antiguos pueblos oriundos de Babilonia, Siria y Canaán que eran mencionados en la Biblia – a lo mejor el nene sí tiene razón, aceptó.

Cuando se despidieron, el chaflán empezó a pensar no en el dinero con el que pegaría la luz, sino en esa mística cuasi religiosa en la que coincidentemente la virgen o algún santo siempre estaba presente en sus alimentos preferidos. Acaso el gusto por esa comida era una práctica religiosa.

Por su parte, el nene caminó y durante el trayecto a su casa no pensó en el dinero que tendría que reponer, sino que, como era su costumbre, recriminó y maldijo que ni en su escuela, ni en su casa, nunca hubiera comida de verdad.

 

 

 

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