A veces los citaba en la biblioteca, pero en otras ocasiones aprovechaba la hora y usaba una mesa en la cafetería para recibir a uno o dos alumnos y desayunar antes, o después si es que no le arruinaban el apetito. Sobre todo, cuando era un estudiante que daba mucha lata. Como Juan, que ahora mismo llegaba para revisar su examen final. Era de esos tipos que, aunque tuviera diez empezaba a envolverte para que le subieras a once, aunque fuera imposible. Como la vez que no había entregado todas las tareas y la nota apenas rozaba el aprobatorio. Y estaba seguro de que había hecho trampa de algún modo, pero no logró encontrar el truco. Inclusive le quitó el celular durante el examen final.

Por eso era importante que el encuentro fuera en la cafetería, para que hubiera gente: testigos por si el muchacho quería hacer alguna cosa.

—¡Buenos días maestro Gerardo!, digo, doctor Gerardo— A Gerardo el tono le sonaba un poco a burla, pero era tan disimulada que no podía decir nada.

Contestó el saludo y sacó el examen para que el chico lo revisara.

No logra el diez como siempre quiere, pero no deja de buscar una negociación, algo que Gerardo ha visto durante años en su actividad de profesor. Y Juan también tiene bastante carrera en esto de negociar con los maestros.

—Está bien — dice Juan, aceptaré la nota aprobatoria

—Eso suena como si me hicieras un favor

—No, maestro, digo, doctor. No se crea. Pero ya sabe que unas décimas me ayudarían en mi promedio.

Sonriendo y sin empacho puso una bolsa en la mesa.

—Y para que vea lo bien que me cae le voy a convidar una de las cemitas que me hizo mi abuelita para comer hoy.

Gerardo tiene poco de haber venido a Puebla, consiguió trabajo en esta universidad y la verdad es que la comida es una de sus debilidades. Ha comido tacos árabes, pero la han recomendado que coma las cemitas del Carmen y es uno de sus pendientes. Sin embargo, no está seguro de aceptar la ofrenda de paz.

—Deje le cuento. Mi abuelita tiene un puesto de cemitas en el mercado Piojito y es famosa por lo ricas que le quedan. Yo digo que son las mejores de Puebla. Usa un pan que le traen directamente de Atlixco y, aunque le cobran un poquito más, siempre traen una estrella dibujada con el ajonjolí en la tapa. El pápalo está recién cortado de una parcela de un amigo en las afueras de Cholula, lavadito con agua de garrafón y desinfectado con cuidado para que no arruine su sabor. El queso de cabra se lo trae de Chipilo una de sus mejores amigas, que lo hace con amor para ella. Los chipotles en vinagre los hace mi propia abuelita con la receta que le dio su mamá. El aceite de oliva es de una marca española, pero nunca me he fijado cual. Mire, aquí tiene una, me quedo con la otra porque no he desayunado.

—No creo que deba aceptarla, era para tu desayuno.

­­—No doctor, mi abuelita siempre me pone dos para que comparta con un amigo, no se preocupe. Y lo dejo para que coma tranquilo— Juan intenta retirarse.

—No, espera, te cambio esta por la que tienes ahí.

—Está bien maestro, son iguales.

Gerardo ha desconfiado un poco, pero retira un trozo de la servilleta de papel a la cemita y después de una ligera inspección le da una pequeña mordida.

El pan es crujiente, pero se corta fácilmente. El olor del pápalo se mezcla con el aceite de oliva y se hace presente desde que se abre la servilleta. Tiene la mezcla perfecta con el aguacate y el ajonjolí. El sabor se complementa con el chipotle. El efecto final se logra con el sabor y consistencia de la carne, muy peculiar.

Abre los ojos y nota una sonrisa maliciosa en Juan, el cual aprovecha para solicitar otra ayuda en su nota. Gerardo retira la cemita, pero entonces Juan le dice que no tiene que ver, que no se moleste, que la cemita es una muestra de su respeto como maestro duro de roer, que le ha puesto sabor al semestre. Le cuenta, como si hubieran sido otros, la forma en como hacen trampa, burlando a otros maestros, pero que con Gerardo no se podía, era muy difícil. Y se despide.

Han pasado un par de días y Gerardo está por llegar a casa. Una casa sencilla con un pequeño patio. Cuando recibe un mensaje de Juan que le pregunta: ¿doctor, cómo está su perrito? Su mascota está perdida desde antes de la cita de revisión, ha puesto mensajes en redes sociales y carteles en los alrededores.

Y recuerda de golpe que uno de los rumores del mercado Piojito es que tienen las cemitas mas ricas de la ciudad, pero que la carne es de perro.

Se siente desfallecer y está a punto de caer, cuando el chico le marca.

Se disculpa por la llamada, fue la regla de uso para el servicio de mensajería de la clase, pero ha encontrado un perrito como el suyo y quería decirle las señas para entregárselo si lo era.

Juan camina calles adelante sonriendo diabólicamente por el diez que acaba de prometerle el maestro en agradecimiento.

Acaba de nacer uno de nuestros políticos más siniestros.

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