Y es que todo fue culpa de los rusos, de Daniel y de Chris.

Los cachos de pollo, migajas de pan y aguacate, flotaban en microgravedad, con el riesgo mortal de dañar un control de consola o ensuciar alguna de las computadoras importantes.

(Y, cuando Claudia saliera de su saco de dormir, de seguro los iba a mandar a todos a EVA en calzones, sin el menor de los arrepentimientos. En caso de sorprenderlos)

Pero recapitulemos; Halbert había vivido por 3 meses en la ISS, con una nostalgia ridícula de bretzels y kaisermemels y la prohibición del Comando -todavía estaba Chris al frente- de ni siquiera intentar hacer un pan.

Y es que allá arriba, simplemente NO se puede luchar contra el migajero, las gotas de agua en la lechuga o hacer un horneado correcto.

Fue necesario que el equipo alemán se comprometiera -en su estación de ESA, en Tierra- a investigar la mejor forma de crear algo de rica costra dura y miga suave, para hacer un emparedado decente o por lo menos, un pan para el tubo de café diario, en el amanecer 03000.

La especie humana allá afuera necesita desesperadamente sus rutinas, máxime cuando el trabajo es extraordinario.

Y permanecer en órbita, pese al dolor de cabeza y las náuseas y la tripa hinchada, era algo glorioso y los astronautas literalmente se mataban por él.

¿Lo malo?  Cuando ya no se daba paso al buen humor, todos estaban atascados de trabajo y las fricciones entre navegantes comenzaban y, estadísticamente, cualquier comandante de la ISS sabía que la mejor forma de mantener feliz al cotarro -al crew- era buscar cuál era la rutina amada de cada quien y como a hamster en su bola, hacerla llegar al grupo de esforzados héroes en órbita baja.

Y aquí, se incluye la comida: café de Australia, té inglés, alfajores argentinos y burritos de Los Ángeles. Cualquier cosa -por bizarra que sonara- podía ser incluída en el menú de la Estación, con la etiqueta de ‘experimentación’.

Las rotaciones van y vienen y cuando Daniel llegó, Chris pensó de inmediato que el ambiente de bromas y risas que hacía dos períodos (cada uno de tres meses) se había perdido, tenía toda la mesa puesta para reaparecer.

Daniel venía de Los Feliz, en California; un suburbio de Los Ángeles, lleno de mercados, cines y galerías.

Y tenía encima toda la influencia de sus antecedentes poblanos, gracias a ‘El Arabic Inn’, el restaurante de su familia, en Marshall’s ave, cerca de la casa de Disney -sí, ese Disney.

Pero entendámonos; no me refiero a la grandiosidad del mole y otros platos de alcurnia. Sino a los tacos ‘árabes’ -así, entre comillas- y las fabulosas cemitas.

Todavía recordaban los habitantes del vecindario cuando los Men In Black del FBI habían llegado al Inn, a investigar si de veras había lazos de Al Qaeda, por allá del 9-11, cuando la madre de Danny apenas si tenía un mes de nacida.

El incidente valía la pena de recordarse porque doña Pera (Esperancita) dijo que uno de sus nietos, iba a ser astronauta porque así, la enterraría en la Luna, que lo que es ella, no se quedaba con sus huesos en esa tierra de malditos gringos ingratos…

De un modo u otro, Daniel había sido ese nieto y la herencia de la comida poblana venía aunada al carácter angelino que nunca se toma nada en serio y que por todo, sobreactúa.

Así que cuando Christóforos Kalonimos, SubComandante de la 124 Misión de la novísima ISS ( la anterior se había hundido en el mar en 2025) recibió la solicitud de entrenamiento…y recordando que este planeta es un vecindario de segunda en un suburbio de tercera -el brazo más alejado del centro de la Vía Láctea- firmó la autorización de inmediato.

Chris Kalonimos no era ajeno a las delicias mercadas por la familia de Danny; su tía Medea había sido clienta del local y los tacos árabes del Arabic habían llegado con una guarnición de avgolemono, en vez del ritual caldo de camarón…

Lo dicho, estamos hablando de un planeta-vecindario.

Total, para engordar el chisme; Halbert movió sus influencias para subir a Bernd, quien además de ser Físico, también tenía antecedentes panaderos y éste fue el osado que se trajo 50 gramos -5 tandas- de Saccharomyces cerevisai, 4 kilos carísimos de mezcla especial para hornear a 60 grados y 4 tubos de impresión para hacer káisermemels.

Mantequilla, leche y otras lindezas necesarias, había en la estación. Y rellenos para el pan alemán, también.

Pregúntenme entonces por qué la primera levada fracasó. Una diferencia sustancial de temperaturas entre inflar la masa, imprimirla y hornearla, consiguió una serie de balones duros que sirvieron para pasar al reciclador y darles de comer a las iguanas..

Christo sabía el sermón que debía aguantarse -de parte de Claudia- cada vez que los alemanes fracasaban.

La llegada de Daniel y su habilidad para reparar todo lo que tuviera tubos -no por nada, los astronautas son los plomeros mejor pagados de todo el Sistema Solar- sirvió para que el pan de la segunda levada tuviera una impresión decente, cero dorado y el mismo aspecto esférico.

Y entonces, llegaron Piotr y su esposo Yuri. Con medio litro de vodka de anís en su correspondiente bolsa sellada y la capacidad de violar todas las reglas que el Comando impusiera, rasgo heredado desde que las cucarachas flotaban en la MIR y se comían toda la basura y desperdicios que dejaban los héroes rusos.

Daniel decidió tomar al toro por los cuernos y se enfrentó a Bernd; los káiser nomás no iban a salir. Pero podrían intentarlo con un pan noble, a toda prueba; la receta de cemitas de la abuela Pera.

Una cucharada de vodka de anís, harina, levadura, azúcar, leche en polvo, mantequilla, agua, sal y mezcla a 20 grados. Levada en el refrigerador, muy lenta. Impresión en 3D, de 5 giros, con dos giros más para el copete y una galleta de ajonjolí -robada a Claudia- deshecha con cuidado infinito y pegado grano a grano…

Horneado bajo el sol…con el pánico de que el vodka pudiese incendiarse -que sí lo hizo, con tan poca flama que apenas si quemó el copete redondo de la cemita, dejándola de fotografía.

No conforme, Daniel recortó la base a media cocción con uno de los láseres industriales.

Pero claro, una cosa es la foto y otra, el trabajo del armado, y entre maldiciones en griego, ruso y español -porque Daniel, la verdad sea dicha, nunca los bajó de pendejos a todos…menos a Claudia- la primera cemita quedó hecha.

Que una cosa es darle gusto al gusto y otra, malograr la técnica y eso lo sabe desde el ingeniero hasta el chef de 5 estrellas.

Y la cemita, cual creación divina -o hecha en el mercado, por decir lo menos- resultó ser suave y crujiente, aunque un poco falta de aroma y no se dijo más.

Bernd preparó una mayonesa y Daniel imprimió las tiras de proteína de pollo, sazonadas con la receta de doña Pera. Yuri y Piotr se lucieron en el huerto, haciendo crecer cuatro tomates cherry hasta el límite y cebolla y lechuga con hidroponia. El aguacate era el único que había sobrevivido a la gravedad cero, la radiación, y todo el ambiente fuera de su medio.

No por ello se le perdonó.

Daniel fue el encargado de preparar la cemita, con su mayonesa, pollo asado a la perfección, tomates en rodajitas, cebolla y aguacate.

Gracias a Júpiter, Chandra había dejado suficientes chiles antes de bajar y ‘torearlos’ en el microondas y añadirlos a la cemita fue mero trámite.

 

Y tan atareados andaban en la gastronómica tarea fuera de órbita, que nadie vió la piedra de 10 centímetros en el radar, atravesando una hoja de las placas eléctricas solares.

Sonaron las cinco alarmas y cual Llorona saliendo de su tumba, apareció Claudia, los cabellos dispersos y el ceño fruncido.

-¿Qué carajos pasó ahora, Christo? ¡No puedo dejarlos solos ni medio turno!

La población masculina reaccionó aterrada frente a la voz de su tirana, digo, de la Comandante y salieron corriendo como pollos asustados.

La prueba del delito quedó flotando bajo la cúpula deshaciéndose en órbitas cerradas sobre sí misma, un elegante problema de los Tres Cuerpos.

Sólo Daniel tuvo el ánimo -o el descaro o el pánico- de juntar lo que pudo con las manos…y ofrecerlo humildemente a Claudia.

La diosa despeinada tomó la ofrenda, le dio un mordisco -mientras Piotr apagaba la sirena, Christo rezaba a sus dioses olímpicos y Bernd y Yuri trataban desesperadamente de recoger migajas flotantes y responder a Houston- y miró a Daniel, aplacada su ira.

Éste, descarado como su padre, su abuelo y todos los herederos poblanos del Arabic, le guiñó un ojo.

-Le gustó la cemita, güera?

No voy a platicarles las consecuencias porque yo soy una de ellas; así fue como se conocieron mis papás y hasta ese entonces, nadie sabía que las cemitas fueran afrodisíacas…

Descenderemos en Cydonia en tres horas, después de dos semanas de órbita.

Y estoy segura de que, en Marte, tendremos una gran, genial, deliciosa, producción de buen pan…

 

 

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