Guillermo Fadanelli y yo (Dale click a la imagen si quieres escuchar completo el podcast)

No saben las ganas que tenía de trabajar este post. Hace ya un mes más o menos Guillermo Fadanelli estuvo en la librería de CCU dando una charla sobre filosofía. Tuve la oportunidad de entrevistarlo y leer su más reciente libro Meditaciones desde el subsuelo.

¿Qué vas a leer en este post?

  1. La entrevista con Fadanelli
  2. Fragmento del libro Meditaciones desde el subsuelo.
Yo en la vida no he dado un curso; espero que sea un fracaso rotundo y en lugar de que aprendan algo espero que olviden algunas cosas. Click To Tweet

Cartas: En tu más reciente libro te haces una serie de preguntas muy interesantes como esta: ¿Tiene sentido continuar escribiendo, reflexionando e imaginando mundos alternativos de convivencia y justicia a estas alturas del siglo XXI, donde todo parece haber sido ya decidido?

Fadanelli: Justamente esa es la pregunta que intenta construir o edificar en el libro.  Que tiene sentido en esta época de tan pocos lectores, telemática, en donde el ver es fundamental sobre leer.  ¿Tiene sentido escribir? ¿Qué clase de conocimiento produce la literatura?  Intento sin ser ni pedante ni incisivo sino a través del rodeo y del paseo literario y de las citas de las lecturas que ha tenido darme una respuesta a mí mismo. Y al darme una respuesta a mí mismo de alguna manera extenderla hacia el lector.  Estoy construyendo una pregunta; una buena pregunta no tiene porqué tener respuesta. Siempre hacemos preguntas  inacabadas, imperfectas y en realidad como lo plantea muy bien Heidegger en Ser y tiempo, construir una pregunta nos puede llevar toda la vida. Y me pregunta y que es todo el libro; esa pregunta que está engarzada en todo el libro es ¿tiene sentido sscribir en esta época en la que la profundidad se ha mudado a la superficie? Donde todo parece inmediato y frívolo. Dónde estamos de alguna manera automatizados o enredados, atrapados en redes como atunes y donde los seres singulares se han escindido y somos mera repetición del otro. Es decir, son preguntas y también críticas que se van dando en este libro.

Cartas: No olvidas tus intereses, tus obsesiones que se representan en otros libros. Por ejemplo, la literatura como un espacio especial en dónde se puede dar la crítica.

Fadanelli:  El lector completa el libro con su lectura. Un libro que tiene un mensaje preciso según desde mi punto de vista de literatura de ficción o de un ensayo literario, es decir que tenga un mensaje, es un mal libro. El libro también es oscuridad y misterio. Y uno vagando sus paginas lo va construyendo, lo va tratando de comprender. Comprender hoy en día lo que nos trata de decir un escritor, un libro, una página no es asunto sencillo. El lector tiene tiene su propio ritmo y en algún momento a lo largo de la lectura se encontrará de frente el escritor y el lector en una especie de momento inédito. Pero los libros de ficción no son libros que contengan mensajes directos, no son libros para expertos. Todos somos vagabundos inexpertos y amateurs en la lectura de una novela.

Cartas: Trato de buscar la cita en donde tú haces referencia a un escritor en donde dice que la literatura se trata de repartir el dolor entre los lectores

Doctorow dijo en alguna entrevista que la literatura  nos ayuda a comprender el mundo y a distribuir el sufrimiento.

Fadanelli: Aunque sea una ficción, no hay nunca una ficción por completo. La literatura como todas las artes, según yo,  nacen de la experiencia, entonces esa experiencia convertida en un testimonio nos habla del mundo en el que vivimos. Si tú leer hasta Flaubert hasta Bukowski nos dibujan sus circunstancias, su entorno y su mirada. Y podemos ahí intuir desde leyes económicas hasta normas sociales.

Cartas: Oye Guillermo, platícame sobre Moho. ¿Qué tanto has cambiado desde 1988 cuando publicaste por primera vez tu revista?

Fadanelli: Bueno ahora escuchando a los Dead  Kennedys, lo que había en ese entonces era una necesidad de ser rebelde a toda costa. A  poner en entredicho todas las verdades; de tratar de burlarnos de toda autoridad, de ir a contracorriente. Como diría André Gide, un escritor tiene que ir a contracorriente. No puede sumarse, más bien tiene que restarse.  Y su resta y su ausencia o sus gritos, de alguna manera, están diciendo algo. Había entusiasmo, deseo de rebeldía, inconformidad, pero también deseo de narrar historias. Era una revista particularmente urbana, éramos de ratas de coladera y no firmábamos al principio. Publicábamos lo que ninguna otra revista publicaba. No solamente lo incorrecto sino lo impublicable. Teníamos que pasar por encima de todas las reglas; de hecho no empezamos en el número 1 sino comenzamos en el 57. Con la idea de que siempre comienza uno en medio de las cosas; no hay principio ni final sino siempre estás en medio de algo o en medio del camino. Con el tiempo, en mi mente el tiempo sí existe, me fui haciendo más viejo, más gruñón; más lector que escritor, aunque soy escritor y tengo muchos libros publicados. Pero empecé a apreciar más la literatura que el gesto dadaísta o vanguardista o rebelde, sin abandonarlo porque siempre hay un tono de malestar. Lo decía Hobbes, la vida es breve cruel y desagradable. En aquellos tiempos queríamos hacerla más desagradable aún con nuestra revista y con nuestra editorial. Hoy he tendido hacia el ensayo literario, hacia la pregunta para qué continúo escribiendo. Siempre dije que mi vida se podría resumir como ese hombre que salió de su tumba a dar un paseo alrededor y ya ansía volver a ella.

Cartas: Sigue pensando en que tu epitafio será: Yo siempre me equivoco

Fadanelli: Sí mi epitafio será: se equivocó en todo.

Yo debí estudiar Filosofía y me fui a Ingeniería. También me equivoqué en mi primera novia. Debí de estar con su hermana en lugar de ella y también me equivoqué en el basquetbol, porque estuve en la selección de los Pumas como siete años cuando yo jugaba bien futbol. Me hubiera podido comprar un auto desde joven  y demás.

Para que usted pruebe un poco sobre Meditaciones desde el Subsuelo, aquí te dejo un fragmento de la Introducción

Editorial: Almadía

Colección: Ensayo

ISBN: 978-607-8486-43-4

Precio:  $149

Cuando era adolescente mucho menos alto que una palmera, concebí para mí la tarea de educarme en los libros y aprender de la ficción señales que me ayudarán a conducirme en los años futuros.

La escuela me hacía sentirme intranquilo y sospechaba que no sería suficiente para darme sosiego o ponerme en paz.

Si los golpes recibidos desde mis once años hasta cumplir los dieciocho no habían bastado para educarme, menos podría hacerlo una institución tan venerada como predecible. Sin embargo, quién piensa o pone demasiada atención en el futuro sufre porque tarde o temprano se verá transitado por caminos que antes ni siquiera podía haber imaginado. La preocupación por el futuro no es el único impedimento para ser feliz, y no obstante tal desasosiego resulta ser un continuo tormento en las personas que no somos libres; es decir, en aquellas que no poseemos margen amplio de elección orientar el gasto de nuestros días. El sueño de los niños es franco y carece de aristas, pero su inocencia, además de ser en ocasiones una cruel debilidad, se presenta también como pura incomodidad en potencia, disturbio en el horizonte y, sobre todo, como una muestra de que la paz absoluta nunca tendrá lugar: los sueños de un niño serán, en el mejor de los casos, la realidad de un adulto.

Cuando al pasar de los años el joven se va apagando y sus días se tornan segundos, las teorías comienzan a tener lugar en la amargura, y la búsqueda de acomodo en el mundo traer consigo muerte y desgracia para otros. ¿Qué teoría no se haya ligada al sufrimiento y al esfuerzo de quienes desean comprobarla? E incluso el sufrimiento de su realización. Ahora, desde un paraje de la soledad, me observó a la distancia y distingo al joven entusiasta que deseaba educarse en los libros y encontrar verdades en el horizonte; el adolescente que deseaba transformar su curiosidad en un hecho bello, feliz, o, al menos, tranquilizador. No experimento orgullo ni conmiseración acaso. No me siento un ser defraudado, nada tan alejado a ese sentimiento. Me gustaría creer realmente que uno aprende cuando no pone atención o ansiedad desmedida en lo que se nos quiere mostrar o enseñar deliberadamente. ¿No sospechan ustedes de quienes desean educarnos de una forma tan rotunda?

Aprender desde la distracción. Desconfiar de la tradición impuesta hasta donde sea posible: es decir antes de volver a caer en ella o en el seno de esa misma tradición modificada.

Es bueno mantener un pie dentro de la literatura, puesto que en las novelas, e incluso en los ensayos mundanos, uno no aprende más que a estar allí adentro, como quién mira hacia la calle en espera de que algo fuera de lo normal acontezca. Cuando no se marcha hacia un lugar específico o preciso es que uno ha tomado un camino certero o menos difuso: el camino del “yo no lo sé del todo”.  Si la anterior parece ser una trillada y cándida afirmación socrática nadie debe preocuparse: lo es ( es eso y un poco más: ya lo veremos).

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