La muerte del irlandés

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Las historias de los irlandeses siempre son trágicas, por lo menos las que conozco; pero nunca pensé que estuvieran tan cercana. El viernes pasado un amigo pintor me invitó a su nuevo estudio, lo montó en un departamento de ensueño en el centro de la ciudad. Llegué dos horas después y con un montón de cervezas. La noche avanzó y sin entender muy bien el por qué, de pronto alguien tocó el timbre del departamento.

Ni a mi amigo ni a mí nos molestaba su presencia. Así que el irlandés son su color rojo caminando por su cuello se sentó y destapó su cerveza. El tipo ya traía algo que apenas tomó el primer sorbo comenzó a platicar su vida, los viajes en motocicleta por Sudamérica hasta su llegada en México huyendo de las drogas que lo perseguían en su país. “Yo ya estoy limpio y estoy bien”, pero después la cara se le transformó en el reflejo de la pesadumbre. “Perdón, es que tuve un mal momento hace unos días. Hace unos días un amigo de Irlanda me escribió para ver si podía quedarse un tiempo aquí en México conmigo para tratar de limpiarse. Yo le dije que sí, que aquí podía superarlo. Yo lo logré y entonces cualquiera podría lograrlo. Mi amigo vino y se instaló en mi departamento y lo cuidaba para que se tomara todas sus pastillas, la mitad de pastilla, el cuarto de pastilla a sus horas por varios meses. Estaba convertida en su mamá; sin embargo un día lo dejé de ver, después fueron dos días. Toqué a su puerta y ya no había nadie. Mi amigo se había escapado. Sabía a dónde podía estar. Las drogas circulan por algunos hoteles, así que seguramente estaría en uno de esos. Fui y le pedí a las señoritas que estaban en la recepción que me dieran informes sobre mi amigo. La chica me dijo que sí estaba, pero que no podía dejarme pasar. Ok. Le dije y después me metí sin que se dieran cuenta. Le toqué a su puerta y después de mucho tiempo de estar tocando mi amigo me abrió completamente drogado. –Aquí estoy bien, la droga es muy buena y muy barata, me quiero morir haciendo esto-. Después llegó la seguridad y me sacó del hotel. Regresé al otro día, estaba muy preocupado por mi amigo y la gente de seguridad no me dejó entrar. Diario intentaba entrar, pero siempre me encontraba con alguien que me lo impedía. Mi amigo murió hace un par de días, se inyectó un veneno para perros y hoy hablé con sus padres para decirles la verdad. Mi amigo pudo haber tenido una vida mejor.”

            La historia nos sumergió en un silencio profundo y yo me paré para ver un cuadro que tenía mi amigo colgado, donde una mujer pelirroja encendía un cigarro mientras un autor estallaba. Ese cuadro me gusta, algún día lo tendré en mi casa.

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