La muerte de mi madre


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Aquí en esta cajita de ónix se encuentran la cenizas de mi madre. Murió el 14 de diciembre a las 12:28 hrs. después de haber pasado veintiséis días en coma. El último día que platiqué con ella fue el 16 de noviembre. Llegué por la noche a la casa de mis padres y Mimi me preparó unas enchiladas que hasta el momento recuerdo y extraño. Al siguiente día volví a la casa de mis padres casi a las 15 hrs., hora en que más o menos siempre llegaba para comer con ellos. Mi papá me recibió con una sonrisa nerviosa, diciéndome que hoy no habría comida porque mi mamá se sentía mal. ¿Mi mamá? -pensé, pero ella nunca se enferma, ella nunca descansa, ella nunca deja de estar. Fui corriendo a la recámara en donde estaba acostada. Nunca había visto a mi madre derrotada ¿derrotada?, quizá sólo cansada. Le hablé pero no recibí ningún tipo de respuesta. Mi papá me explicó que desde las 11 hrs. al momento en que mi mamá estaba a punto de meterse a bañar tuvo un fuerte dolor de cabeza que la tumbó. En ese momento una pequeña vena dentro del cerebro de mi mamá se había reventado. La sangre comenzaba a correr por toda la cabeza de mi madre. Comenzaba la historia.

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De inmediato me comuniqué con mis hermanas para avisarles sobre la situación, desde luego, nadie sabía sobre lo que estaba sucediendo en casa. Mi madre era tan obstinada que no quiso avisar a ninguno de sus hijos para no interrumpir nuestras actividades en el trabajo. Poco tiempo después llegó mi hermana Lupita y fuimos al doctor. Mi mamá en el camino vomitaba  de forma continua y estaba prácticamente  inconsciente. El médico en este momento no pudo detectar el derrame. Nadie de nosotros, ni el mismo doctor pudo sospechar sobre el derrame que mi madre estaba sufriendo en ese momento.

Al otro día, tenía planeado ir al Corona Capital. Dudaba sobre ir, algo me decía que las cosas no estaban muy bien. De hecho mi hermana Coty y Mayra me insistieron para que me fuera al festival; sin embargo, en el momento en que estaba esperando el auto para ir al festival recibí la llamada de mi hermana Coty para decirme que mamá estaba muy mal, que no reconocía a la gente y que alucinaba. Fui a la casa de mis papás y lo que vi fue algo de lo más triste. La mirada de mi madre era distinta, me reconoció después de mucho esfuerzo.

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Comenzó el peregrinar por los hospitales. La primera opción fue el ISSSTE que no hizo el menor caso (después de todo lo que hemos pasado, quizá esos “médicos” sabían que mi madre ya no tenía ningún tipo de esperanza y por eso se negaron a atenderla). Después fuimos al Betania. La orden de los médicos fue hacer de inmediato una tomografía. En resultado salió en poco tiempo. Un derrame cerebral. Nos dijo el médico que el caso era muy complicado, que primero había que operarla de la hidrocefalia y posteriormente del derrame. La primera era sencilla, pero la segunda era una operación de seis horas en donde había 50% de probabilidades de que sobreviviera.

Antes de entrar al quirófano, mi mamá tuvo unos minutos de lucidez. Hablamos, le agradecí por todo lo que había hecho por nosotros, le dije que la amaba y le di muchos besos. Ella sonrió y me advirtió: a ver si salgo de esta.

Después de las seis horas el rostro de los médicos nos decía más que cualquier explicación. Mi mamá había sufrido un infarto, la intervención en el cerebro había sido un “éxito” -dijeron-, pero al salir “su mami sufrió un ataque al corazón”. La familia entendió en ese momento que habíamos perdido para siempre a Mimi, nuestra mamá, el centro de nuestra vida familiar.

A partir de ese momento mi mamá no salió del estado de coma. Los médicos no nos dieron esperanza alguna de recuperación. Lo mejor es que “Dios se acuerde de ella y descanse”. ¿En cuánto tiempo doctor? “Esto es cosa de días, su cuerpo no puede soportar tanto”. Transcurrieron un par de días más en el Betania, la cuenta comenzaba a crecer a niveles inimaginables.

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El 21 de noviembre mi mamá ya estaba en terapia intensiva de San José en el IMSS. Los médicos seguían en la misma, salvo que nos comentaron que a mi mamá le había dado otro derrame y que si autorizábamos podían intervenirla otra vez. Todos decidimos que no era una buena opción, que mejor esperaríamos el momento. A los pocos días mi mamá fue trasladada a piso. Ahí se transcurrió la mayor cantidad de tiempo. Nos turnábamos para cuidarla en las mañanas, tardes y noches. La familia de Oaxaca comenzaba a llegar y las llamadas y muestras de solidaridad se hacían presentes.

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Los días transcurrían y por momentos recuperábamos la esperanza, después el tiempo nos ubicaba en la realidad. Cada día era una prueba dolorosa que íbamos saltando. No sé si mi mamá nos escuchaba, no sé si sentía las caricias, nuestros lamentos. Eso nunca lo podremos saber. Después llegaron los médicos a decirnos que era necesario que se hiciera traqueostomía. El 12 de diciembre por la tarde se llevó a cabo la operación que apenas duró treinta minutos. Mi mamá la había librado de nuevo. Y justo, cuando todos nos hacíamos a la idea de estar con mi mamá mucho tiempo en estado de coma, cuando empezábamos a planear un traslado a la casa, la nueva vida a la cual nos tendríamos que acostumbrar; dos días después Maura Simitria Figueroa Medina fallece de un paro cardiaco. Había llegado el momento y ahora había que enfrentarlo.

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Posdata:

Quiero agradecer a todos los amigos y familiares que nos hicieron sentir su amor y solidaridad. Yo quedé conmovido al ver tantas caras conocidas, tanta buena onda. Gracias a todos los que compartieron la noche con nosotros, a todas las tehuanas y paisanos que se vistieron de gala para despedir a mi mamá, a las que bailaron y cantaron los sones istmeños. Gracias por las palabras, por las miradas, por las sonrisas, por acompañarnos. La muerte de mi madre desde luego que nos pone muy tristes, pero toda muerte finalmente también es vida. Algo renace en nosotros, la muerte es una señal, es un recordatorio para transformarnos y ser más felices. Muchas gracias a todas y a todos. Mi mamá, yo sé, estuvo muy contenta de verlos. Fue una buena despedida.

Posdata 2: Tata, Flor, Daniel, Coty, Lupita, Rodolfo, Mayra, Luis, Nuria, Dani e Indira estamos contentos. Extrañamos a Mimi, pero entendemos que ella está feliz allá arriba con los que se nos han adelantado. Tarde o temprano también estaremos allá, con ella.

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