E.T. y las bicicletas

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He de confesar que en pleno siglo XXI, después muchos años, tuve la oportunidad de ver E.T. (1984) de Steven Spielberg. Ya lo sé, soy un sinvergüenza, pero ni modo. Así que este post podrá tener todo, menos novedad. ¿Por qué no pude ver la película en su momento? Eso lo tendré que platicar muy seriamente con mis papás, pero lo trataré de responder desde el punto de vista de un chamaco marginado, que vivía lejos de la cultura pop, en una colonia bicicletera en donde E.T. no tenía la mayor importancia.

Sin embargo, después de ver la película, me doy cuenta de que hay una relación significativa entre ese (mi) mundo marginal y el film de Spielberg. Si miramos el contexto de la película, es decir, su atmósfera en la que se desarrolla, podemos entender que el E.T. es el extraño, el extranjero, el extraterrestre, el anormal, el feo, el chaparro, el que no habla bien, el amorfo que llega al lugar de los rubios, al lugar de la ciencia, de la razón, del completo orden, donde cada trazo de los barrios están cuidados a detalle.

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Sin embargo, E.T. no llega a refugiarse a cualquier casa, escoge la casa de Elliot, ya que dentro de todo ese mundo de orden y normalidad, la familia de este niño es disfuncional, ya que sus padres son divorciados y gracias a esa crisis la madre pierde el control de su familia. E.T. se refugia en un breve paréntesis de desorden.

En el transcurso de toda la película se observa una orgánica sociedad entre la policía y los científicos que andan detrás de E.T., lo subrayo, porque aunque nos parezca normal (dentro del historias de SF), la verdad es que eso no se ve mucho en la vida real (por lo menos no en México).

Dentro de ese espacio de desorden E.T. es acogido por los niños, con los más alejados del orden y la razón, son ellos los que creen, los que ayudan sin pensar, los que al final salvan a E.T. montados en sus bicicletas, retando a toda la maquinaria del Estado con su tecnología, científicos, policías, armas, autos, inteligencia; superándolos gracias a su juventud, a su voluntad, a la fuerza y agilidad de sus cuerpos y sobre todo en la confianza al otro.

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Una de las imágenes más recordadas de la película es cuando la policía está a punto de atraparlos y E.T. hace que las bicicletas vuelen, cruzando todo el espacio ordenado, cruzando por el cielo frente a la luna. Creo que es una de las imágenes más emblemáticas de la cinematografía porque representa una metáfora, una venganza de la imaginación contra el mundo de la razón.

E.T. y el niño marginado tienen algo en común, la bicicleta los hizo liberarse del mundo de la razón, del orden, del establishment-poblanishment

 No sé si valió la pena los años de espera, pero E.T. se hizo tan viva que se me hace que la voy a ver de nuevo. Si te gustó este post o no, escríbeme un comentario. Si no tienes nada qué decir puedes recomendarme alguna película ochentera para que me ponga al corriente de la cultura pop que me perdí.

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Escríbeme: yosoy@ricardocartas.com

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