La noche de Karmatrón

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Para Othón, el luchador ultracostumbrista

 —Ajá, lunes… pero no llegues tarde… ¿te cae?… ¡ya, ni tan buena que estuviera!… no, pues es un trío… ¿Cómo se llama?… algo así como tritriqui-titraca o titraca-tritriqui, o algo así; la verdad ni me acuerdo… ¿y después a dónde?… pero le hablas al Loquillo, ¿no? ¿si?, es estelar, te lo dije desde el principio…

 Karmatrón es veterano de preliminares de la Arena Puebla, se ha hecho viejo abriendo telones para las estrellas del cuadrilátero. Porque en la lucha, como en cualquier otro espectáculo, existen las estrellas y los que se rajan el queso a favor de ellas. Cuando tenía edad moza, pensó que su oportunidad de saltar a la grande estaba cerca, y pasaban los años, y en lugar de acercarse al gran momento se alejaba. Sin embargo, la gente del lugar ya le había tomado cariño; Karmatrón estaba considerado como parte del paisaje chuntañero que enmarcaba la Arena Puebla.

 Por la mente de Karmatrón pasó la idea de colgar la máscara y hacerle caso a su amigo Jaime: “Cabrón, ya deja esa vida de payaso”. El mismo lunes que pensó dejar la lucha, se anunció un encuentro sorpresa entre los Trinitrones y el trío que comandaba Karmatrón. No fue precisamente un detalle de la empresa haberlos tomado en cuenta, sino que los luchadores de la ciudad se habían negado tajantemente a luchar contra ese trío de cavernícolas. Cuando le ofrecieron la lucha a Karmatrón él aceptó sin saber contra quién se iba a enfrentar. Ni siquiera puso atención en el nombre de aquel trío. A los cinco minutos marcó los teléfonos de sus compañeros: Ave de Fuego y Loquillo, quienes no pusieron ninguna excusa: “vamos, cómo chingaos que no”.

 Siete de la noche y los tres hombres aflojan los músculos. Las carnes tiemblan, grasa, grasa, la piel morena se estira junto con los músculos para llegar en su punto al cuadrilátero.

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 Karmatrón se quedó con las ganas de ser anunciado por esa voz romanticona del doctor Alfonso Morales, pero eso no era problema, mientras iba en camino hacia la lona imaginaba oír los ehhhhh y los chiflidos de los aficionados. Ese lunes no los imaginó más.

 —¡Mira, Loquillo, ve nomás cómo pusimos a la afición! —pon cara de malo, güey.

—No chingues, pero si somos técnicos.

—Oh, tú pon cara de malo y vas a ver.

 El trío saludó a la gente tomándose de las manos, simulando una gran hermandad entre ellos. Ave de Fuego estaba dando algunos autógrafos, cuando se oyó un cabalgar de bestias. Los Trinitrones hicieron acto de presencia rompiendo en cada uno de los técnicos sus respectivas sillas en el lomo. El líder del desalmado trío gritó: “ey, ey, ey… díganme quién es su padre”.

Ofendida, la gente comenzó el contraataque, primero con el ya sobado tú tututu tu y después, como estrellas fugaces, comenzaron a caer sobre el cuadrilátero botellas de cerveza, monedas, piedras y zapatillas de tacón de aguja. Ni un solo proyectil alcanzó su objetivo.

 Los rudos sonreían. Ésta iba a ser la victoria más rápida de su carrera. Las “Glorias locales” yacían semimuertas en los rincones del ring. Karmatrón abría los ojos.

—Mira, mira, ése ya se está levantando.

—Qué se va a levantar, ¿no viste cómo tronó la silla en su cabeza?

—Mamá, Karmatrón se está levantando.

—Es cierto, vive, vive. Ya vieron, don Karmatrón se está moviendo.

—Sí, mamá, y don Karmatrón va a hacer chorrillo a esos hijos de su pinche madre.

—¡Milagro!

—¡Karma-trón! ¡Karma-trón! ¡Karma-trón! —¡Karma-trón! ¡Karma-trón!

—¡Karma-trón!

 Karmatrón hizo lo que pudo por moverse; pero cuando los Trinitroneros se dieron cuenta de los intentos, terminaron de romper los sobrantes de las sillas en su humanidad. El réferi descalificó a los Trinitroneros, dijo: “esto se acabó”, al tiempo que alzaba el brazo flácido de nuestro héroe.

 Ya en los vestidores:

—Para puras vergüenzas, carajo; cómo es posible que en la primera caída nos hayan descontado así porque sí.

—Ya mi Karma, no hagas puchero, de todos modos ganamos.

—Pos es que son mamadas, por qué no nos dijeron que iban a llegar con sillas y toda la cosa.

—Ya, de veras, cálmate, ya no chilles; mejor apúrate que llegamos tarde.

—¿A dónde?

—Cómo que a dónde, recuerda que prometiste que cuando estuviéramos en la estelar…

—De veras, pos ya vámonos.

 Los tres hombres, con sus respectivas máscaras y aditamentos luchísticos, se encaminaron hacia la cueva clásica de los lunes, un lugar llamado el violentas. Karmatrón había jurado que el día en que estuviera programado en las preliminares, iría a las violentas por la mujer que le había quitado el sueño durante los últimos años.

 Al llegar Karmatrón gritó con aire de Pedro Infante:

—¿En dónde están las mujeres hambrientas de sexo, caramba?

 Ya era una tradición en el violentas tenerlos entre sus clientes los días lunes. Las putas más jóvenes salían a esperar el renault hecho convertible a fuerza de cortes improvisados por un aficionado que un buen día vio el coche de Karmatrón:

—Cómo está eso de que no tiene coche convertible. ¿A poco nunca vio al santo en esa nave chiquitita?

—Sí, pues cómo no.

—Pues todo aquel que se presuma de ser luchador debe andar en uno de esos, pa’ que su capa vuele, mientras le hunde el acelerador en todo el bulevar.

Prendió una sierra eléctrica y comenzó pum, pas, tras, a derribar la lámina del zapatito francés.

 A Karmatrón no le gustó del todo cómo había quedado su auto, pero bueno, el talachero tenía razón, el luchador sin convertible es como puta del violentas sin celulitis. La capa nunca voló como la del santo, pero de eso nadie tenía la culpa. El zapato no levantaba ni los 40 kilómetros por hora. A las gordas del lugar les encantaba la presencia de los luchadores, las más jóvenes hasta daban de brincos al verlos llegar en su renault hecho convertible, menos una: Chabelita.

 El verdadero nombre del establecimiento era violetas, pero los múltiples sillazos en cabezas de todo tipo, más las gotas de sangre embarradas en las paredes y la habladuría de los vecinos (dicen que cada noche, por lo menos, sale un cristiano con el coco ensangrentado), hicieron que entre los clientes bautizaran el antro con ese adjetivo más apropiado.

 Los luchadores se sentaron y pidieron su botella de ron (Cagüey). Ave de Fuego y Loquillo no se complicaron la vida y aceptaron la propuesta de las primeras damas:

 —Qué pasó mi científico, ¿no me invitas una copita?

En un dos por tres, excepto Karma, estaban risa y risa. Raspaban y raspaban el tacón con las cumbias que escupía la rocola.

Don Karma se paraba a cada rato al baño, disimulando su verdadero objetivo: encontrar a la Chabela. En realidad, todos los que estaban en la mesa sabían que Karma estaba a las vivas, pero nada. Una de las nenas sonrió y le dijo:

—No, mano, sabes qué, la Chabela se acaba de ir; pero ni media hora tiene que se fue.

—Si?, de verdad, así como lo oyes; vinieron tres hombres muy sabrositos por cierto, y sin más ni más se la llevaron. Se me hace que la Chabelita va a dormir bien calientita.

—Cállate, pinche vieja.

—Uy, pos qué delicado. Entonces qué, mi defensor del bien, ¿otra copita?

 Karmatrón pidió otra botella y programo? en la rocola más de quince canciones de las que llegan: Ya lo pasado, pasado, La ley del monte, Quiero ser tu amigo, nada más.

 Karma ya no tuvo más que llamar a una mujer para que le hiciera compañía. intento? olvidar los planes que había fraguado con respecto a Chabela: olvidar no es nada fácil.

 La noche siguió hasta que los clientes uno por uno alzaron el vuelo. Los luchadores, con sus respectivas damas, decidieron ir a un hotel para medir fuerzas: trío contra trío, a dos de tres caídas sin límite de tiempo: pura resistencia.

 Las muchachas, emocionadas, fueron por sus bolsas y suéteres, mientras que los luchadores se frotaban las manos: “ahora sí, mano, pura lucha a ras de lona”.

 Salieron del congal ya pasadas las tres de la mañana. Arrancaron el convertible y se fueron en dirección al latino (hotel sucursal de las violetas).

 Loquillo fue el encargado de pedir el cuarto. Las putitas esperaban mientras sus delgadas piernas tiritaban.

 —Calma, muchachas, ahorita van a agarrar calor, ustedes ni se preocupen —les decía Ave de Fuego.

 Loquillo les hizo una señal para que lo siguieran. Ni tardos ni mucho menos perezosos fueron tras él hacia el cuarto número 13. Por todo el corredor del hotel se oían gemidos y los clásicos wiqui-wiquis de las camas. Una de las muchachas abrió los ojos de manera sorpresiva cuando se acercó a oír a una puerta.

 —Oigan, se ve que está buena la fiesta aquí, ¿eh?

 Loquillo metió la llave y abrió. Las nenas dejaron sus bolsas sobre el tocador y comenzaron a desnudarse.

 —A ver, muchachos, ustedes recuéstense mientras nosotras les bailamos un ratito.

 Karma, Ave de Fuego y Loquillo se acostaron en la única cama a observar el show. las ropas fueron cayendo, mientras las putitas entonaban una canción muy romántica de Lucía Méndez. los cuerpos de las hembras lucían claros y tersos.

 Cuando cada quien atendía su negocio una gritadera de hembra hizo que las muchachas saltaran de la cama.

 —Chale, están golpeando a alguien, ¿no?

—Sí, pos vamos a ver.

—Cómo que a ver, ¿y lo nuestro? —reclamo? Ave de Fuego.

 Las muchachas se encaminaron a la puerta para ver que? era lo que sucedía. al abrir se dieron cuenta de que tres hombres golpeaban a una mujer. Una de ellas gritó.

 —No la chingues, pero si es Chabelita.

 Cuando Karmatrón escuchó el nombre, se paró rapidísimo de la cama y corrió en dirección hacia donde era el relajo.

 Cuando Karmatrón llegó, los hombres se retiraban. Pasmado observó el cuerpo de Chabela tirado en el piso, desnudo, amoratado. Borbotones de sangre le salían por la boca.

 Karmatrón se acercó al cuerpo de Chabela. Siempre deseó mirarla desnuda. Siempre deseó recorrer su cuerpo, centímetro a centímetro, poseerla. Y ahí estaba, desnuda, y a ras de lona, como siempre la había imaginado.

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Escríbeme: yosoy@ricardocartas.com

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