El último verano

chicas

Al Churromán

Aburrido, aburrido. no hay otra palabra que pueda describir mi lamentable estado de ánimo. No sé quién fue el babuchas, ingenuo provocador de esperanzas, que inventó que una vez estando dentro de la universidad lo que sobraba era sexo y mujeres. De lengua me como un taco, sí señor, como decía domingo cada vez que uno de los compañeros se acercaba a nuestra bola para invitarnos a una fiesta en donde se supone que iban a ir las compañeras más ponedoras de la facultad y que al fin de cuentas todo resultaba ser una puesta en escena del Club de Tobi; pero eso sí, ahogados en alcohol y cantando las más rancheras de las rancheras.

Así fue el primer año en la universidad, y para qué mentirles, yo era de los pocos que aún se conservaban vírgenes y estaba que se me quemaban las habas por perder ese estado; a estas alturas sin importar con quién; claro, descartemos a los perros y a los coetáneos sexuales, no vayan a pensar mal de este sensible y virginal narrador.

Observemos la línea progresiva de mis fracasos: Laura me gustó de agosto a septiembre, desde luego sólo crucé palabra con ella cuando le pedí unos apuntes prestados. Mireya de octubre a diciembre; salí un par de veces con ella hasta que me confesó que esa iba a ser la última vez que ella y yo nos veíamos, pues su novio ingeniero estaba muy enojado por estas saliditas cursis de compañeros de banca, ni hablar. De enero a marzo anduve tras Brenda pero naranjas dulces limón partido, la nena se daba más aires de pureza que la madre Teresa de Calcuta. Ya no quise intentarlo más, las mujeres en este momento podrían pasar al departamento de sal chichonería, sacar su ticket e irse a chingar a su madre. Mayo significa angustia, exámenes finales, temporada calurosa en donde todo el mundo consigue pareja y acuartelan en el nidito a hacer sus porquerías, pero lo peor de todo es que anuncia la entrada del verano.

Cada que llegan estas fechas mi madre siempre recuerda cuando le suplicaba que buscara una escuela en donde no hubiera vacaciones, y no porque la escuela fuera un paraíso, sino que era mucho mejor que verle la cara a mis estúpidos hermanos y sobre todo a mi madre. Hoy sigo pensando lo mismo, por suerte la universidad ofrece cursos de verano que desde luego muy pocos toman, sólo los desesperados por convertirse en aristócratas señores licenciados, los ñoños y los solitarios como yo que no tienen otra cosa mejor que hacer de sus vidas.

Domingo, con todo y su dicho “de lengua me como un taco”, hizo sus maletas para pasar las vacaciones en el pueblo de Andrés, en donde según las mujeres son súper cachondas y que al saz iban a lo que te truje Chencho.

Intentaron convencerme de que los acompañara pero no lo consiguieron, ya había escogido mis materias y la verdad lo último que quería era compartir mis frustraciones con tipos iguales. Así anduve las primeras semanas del verano, esperando que el tiempo lo consumiera y todo volviera a la normalidad. La ciudad está más muerta de lo que acostumbraba estar y la universidad era una caverna triste en espera de sus murciélagos.

Para acabar de joder, mi madre recibió la noticia de que su madre había muerto, la abuela Lourdesenojona, por fin había colgado los tenis, todo el mundo en mi casa se puso a chillar y ¡ay, caray!, con lo bueno que era. La familia de inmediato ordenó las cosas para hacer un viaje relámpago a Veracruz, desde luego, yo no podía ir con ellos, la asistencia era fundamental en los cursos de verano, así que con una bendición rapidísima la familia desapareció, ¡fum! como Batimóvil en Ciudad Gótica.

Hace algunos meses esto hubiera sido un regalo divino, tener la casa sola significaba invitar a los amigos junto con unas hembras y por fin despedirme de mi odiada virginidad pero ahora ya estaba resignado a estar solo, como dice la canción: con mi soledad y con mi sentimiento.

Alcé la bocina para comenzar a hacer las invitaciones, todos los hombres confirmaron su asistencia, el problema, como siempre, eran las mujeres; pero bueno, como dicen los botellos: no hay peor lucha que la lucha villa, ¿no creen? Todas quedaron por confirmar su asistencia.

La cita fue a las cinco de la tarde; ya eran las siete y nada, ni siquiera los más borrachos habían hecho acto de presencia. Comencé a abrir las botellas, uno, dos, tres tragos, acompañándolos con los discos de siempre. Sonó el timbre.

Al asomarme por el lente de la puerta sólo podía ver un brazo delgado recargado sobre la pared y un auto rojo estacionado frente a mi casa. era ella, estaba seguro de que era Laura, así que abrí la puerta con mucha gallardía mostrando la copa y el cigarro como si fuera el peor de los teporochos. Era Laura, cómo chingaos no, y dentro del coche venían Brenda, Mireya y otras hembras que nunca había visto en mi vida pero que según esto eran compañeras de la facultad. Discúlpanos, Fer, por la tardanza, pero tuve que pasar por cada una, tú crees, como si fuera su pinche chofer. No mujer, no te preocupes, lo bueno es que ya están aquí (je, je, je, je, ¡pancho, pancho!).

Serví, serví y serví, hasta que todas las muchachitas en su gran borrachera llegaron a la conclusión de que todos los hombres eran iguales, unos pinches sin huevos, que ninguno se ha atrevido a proponerles algo realmente emocionante. “Ay, sí, ¿quieres ser mi novia? es que eres el amor de mi vida”. Mi presencia estaba ignorada, sólo era el barman sacrificado y aún virginal que hacía el cumplido de poner hasta el requeque al equipo fémino y, claro, estar atento para oír las propuestas, que déjenme decirles eran de 24 quilates.

“Ah, cabrón, con que así son las cosas”, pensaba mientras me iban cayendo cada uno de los veintes: clin, clin. seguí sirviendo, y yo ahí en medio de todas, percibiendo su olor y rozando su piel.

No hubo tiempo para proponerles porquerías, algo así como “Quiubo, nena, apuntémonos a la barbacoa, usted pone el hoyo y yo el animal”, porque cuando por fin me había decidido las hembras ya estaban en calidad de bulto, ni modo, las palabras pueden esperar. Las fui llevando una a una hacia las recámaras; desde luego Laura, Mireya y Brenda se quedaron en la mía, les quité la ropa hasta dejar las completamente encueraditas, ¡uy! después de todo era verano.

Me despertó el tono del teléfono. era domingo que estaba hecho un energúmeno ya que por culpa de Andrés estuvieron a punto de lincharlos en el pueblo por haberse llevado a unas muchachas a tomar cerveza al río.

—Imagínate, Fer, ya hasta nos querían casar a esa hora, ¿y tú, cómo vas? aburriéndote de seguro, ¿verdad?

Miré los cuerpos desnudos a través del espejo del tocador.

No pude creerlo, había pasado la noche con las tres mejores hembras de la facultad.

—¿Estás ahí, Fer? Contesta, con un carajo —me reclamaba Domingo.

—Muchacho, sólo es cuestión de experiencia, las mujeres son algo serio, ahora que regreses verás el cambio —le contesté con aire de Casanova.

—¿Cambio? Tú con esas cosas. ahora resulta que ya eres todo un putarraco, ¿no? oye, no me digas que ya mojaste tu brochita…

—Fer, cuelga el teléfono —ordenó Laura, mientras Mireya y Brenda comenzaban a despertarse tímidas y frágiles esperando el viento de la próxima estación.

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